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En un famoso escrito, Lenin recordaba aquello de libertad, ¿para qué clase?, apuntando directamente al carácter socio-histórico de los conceptos y las categorías que con frecuencia manejamos. La burguesía, y en realidad todas las clases dominantes que la han antecedido en los precedentes modos de producción, han buscado con denuedo la reificación de sus conceptos ideológicos fundamentales, convirtiéndolos, de socialmente concretos que son, en entidades situadas por encima de la realidad social que les dio nacimiento. Así, conceptos como “democracia”, “libertad”, “Estado”, “ciudadano” dejan de tener un sentido histórico-concreto para convertirse en abstracciones situadas por encima de la lucha de clases.

Con el concepto de “República” pasa exactamente lo mismo. Desde los tiempos en que el derecho romano fijó las características esenciales de lo que “había que entender” por República, pasando por su exaltación de la mano de la Ilustración europea y llegando hasta las nuevas (¿?) definiciones en el seno del capitalismo actual, el concepto “República” fue siempre despojado de sus características histórico-concretas, ocultando la lucha de clases siempre presente en su seno pues, no en vano, la estructura republicana es una forma más de la dictadura de clase.

El marxismo-leninismo, por el contrario, fiel a la premisa del análisis concreto de la realidad concreta, centra su atención no en las meras palabras, sino en el contenido de clase que hay tras ellas. Al fin y al cabo, como también decía Lenin, la realidad nunca se presenta abstracta.

La I y II República, experiencias concretas, alianzas concretas.

Entrando en detalle, tanto la I (1873) como la II Republica (1931) fueron las aspiraciones de aquellas clases sociales ascendentes. En ambos casos, las formas republicanas del Estado iban acompañadas de algo más que la eliminación de la Monarquía. Así, la Primera República nace con la ambición de liquidar las estructuras de carácter feudal que aun pervivían en España. De la mano del proceso industrializador se va conformando en España una burguesía necesitada de acabar con las trabas al desarrollo del sistema capitalista en el país.

La Segunda República, por su parte, ve cómo las masas obreras y populares adquieren un papel protagonista en el desarrollo político del país, situación que, salvo excepciones, no había sido la norma en el panorama político español hasta entonces. Sobre la mesa estaba culminar las tareas democrático-burguesas de eliminar los últimos residuos de feudalismo que quedaban en el país. Tanto los restos de las relaciones feudales de producción, que aun pervivían de forma generalizada en el campo español, como la falta de una multitud de derechos civiles colocaban a España muy por detrás de las restantes democracias burguesas europeas. 

Una parte de la burguesía española (fundamentalmente la mediana y pequeña)  estaba objetivamente interesada en realizar esa modernización pendiente en España. De igual manera, a la clase obrera y al campesinado también les convenía tanto la obtención derechos políticos y civiles como la liquidación de estructuras feudales que les colocaban en una situación de explotación aún mayor.

  En esa situación, una alianza entre el sector progresista de la burguesía y el conjunto de la clase obrera y el campesinado tenía un objetivo concreto: llevar hasta el fin la revolución democrático-burguesa, que en España no se había culminado.  

¿Qué República queremos?

Pero el desarrollo de la lucha de clases no se para nunca generando nuevas situaciones que exigen análisis concretos y, así, aquella alianza entre la clase obrera, el campesinado con una parte de la burguesía pudo ser acertado en aquel momento, hoy, en una situación diferente, ya no lo es.

Por eso, cuando cada año se acercan estas fechas y vuelven a proliferar los llamados a exigir la III República, desde el PCPE decimos, en las tesis del IX Congreso, que no vale cualquier República:

“Ante una dura intensificación de la lucha de clases, que conlleve la amenaza de un cambio revolucionario de poder, la república planteada como reivindicación democrática general puede ser asumida por el bloque de poder, junto a concesiones políticas, económicas, sociales y culturales de carácter temporal”.

Como lo fue siempre, la cuestión del poder es la clave de bóveda de la situación. Lo que algunos representantes de “izquierdas” o incluso “comunistas” (¿?) olvidan es que la forma que adquiere la dictadura del capital está mediatizada por el desarrollo de la lucha de clases y las capacidades que tenga la clase obrera (y su Partido de vanguardia) de poner en riesgo el propio sistema capitalista. En función de esa correlación de fuerzas, la oligarquía puede adoptar la decisión de demoler la estructura monárquica del Estado sin que eso cuestione en nada las bases de su poder como clase dominante, sin que altere, en otras palabras, las relaciones sociales de producción capitalistas.

Ese es el punto esencial en el que debemos incidir las y los comunistas. Esa República de carácter burgués, supuestamente garante de derechos civiles y políticos ¿es lo que la clase obrera, el campesinado y los sectores populares necesitan a día de hoy? O dicho de otra manera, ¿hay sectores de la burguesía interesados objetivamente en profundizar la democracia burguesa? O aún más importante ¿es posible profundizar la democracia burguesa en cualquier dirección? 

A las tres preguntas el PCPE responde claramente: No. Hoy ya no quedan tareas pendientes propias de la revolución democrático-burguesa por llevar a cabo. El capitalismo está plenamente instalado en la formación socioeconómica española, no quedan residuos feudales significativos que liquidar. La oligarquía española, aun perdiendo posiciones, ocupa un lugar medio en la cadena imperialista, está integrada en estructuras imperialistas como la Unión Europea, compite, a su nivel, con el resto de oligarquías mundiales. 

Los elementos democrático-burgueses no dependen hoy de ninguna fracción de la clase dominante, pues ninguna de ellas está interesada en desarrollarlos. Son la clase obrera y los sectores populares quienes con su lucha mantienen hoy esos derechos civiles y políticos.

Hoy el progreso de las fuerzas productivas, el desarrollo de la lucha de clase, en una palabra, la acentuación de la contradicción capital-trabajo demuestra que no es factible ningún poder intermedio entre el capitalismo y el socialismo: o se mantiene la burguesía como clase dominante, sea cuál sea la forma que adquiera la dictadura del capital, o la clase obrera, en alianza con el campesinado, conquista el poder político y comienza la construcción del socialismo.

Por eso, para el PCPE no hay lugar para reivindicaciones abstractas acerca de la República, sino una muy concreta: la República Socialista. Estar al margen de esa realidad es colocar a la clase obrera detrás de la burguesía, olvidar el carácter de clase de la República es pretender gestionar el capitalismo, perfeccionarlo. Volvamos al IX Congreso:

“la cuestión republicana debe desligarse del debate abstracto en términos democrático-burgueses, de grados de democracia entendida en abstracto, de manera idealista, sin tener en cuenta la lucha de clases, de las contradicciones materiales y de las leyes que explican el desenvolvimiento de la formación socioeconómica (…) Por tanto, para el PCPE, hablar de república es hablar de república socialista”.

No subamos a la clase obrera a barcos que no llevan a ninguna parte. 

Armiche Carrillo