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Editorial Abril 2014

La crisis general, que inunda al sistema capitalista internacional, está provocando profundas convulsiones, que cambian -de manera acelerada- las formas de dominación del capital, en esta su última fase imperialista; y que se concretan en nuevas expresiones de la lucha de clases, en las que se agigantan las profundas contradicciones internas del sistema.

Las clases dominantes -el bloque oligárquico-burgués. en cuanto que bloque histórico en el poder-, realizan cambios radicales para adaptar su superestructura a las nuevas condiciones, que se desarrollan con fuerza imparable y con enorme dinamismo; estos cambios afectan tanto a la forma que toman las fuertes pugnas interimperialistas, como a los aspectos más inmediatos de la contradicción capital-trabajo.

La internacionalización del capital, como tendencia histórica determinada, se desarrolla en progresión geométrica, de forma acelerada e imparable. El proceso de concentración y centralización de ese capital internacional, empuja a que cada vez sea más reducido el número de monopolios que controla los distintos sectores de la producción y de los servicios. Día a día es más pequeña la cantidad de corporaciones transnacionales que imponen, dictatorialmente, sus intereses en la economía mundial capitalista; así como determinan férreamente las condiciones de vida a miles de millones de personas. Por ejemplo, el control de los alimentos está en manos de un muy reducido número de oligopolios mundiales, y sus precios y comercialización, subordinados a los intereses del capital financiero monopolista transnacional. Esa misma lógica interna lleva asociado un proceso suicida de agotamiento de los caladeros, de destrucción irreversible de las tierras de cultivo, y de contaminación química del suelo y la atmósfera.

La teoría de la multipolaridad -presentada por muchos sectores idealistas como una ventaja, y un avance, frente a la supuesta unipolaridad yanky-, se muestra como un potente factor de tensiones internacionales y de conflictos. La disputa por el control de los recursos, los mercados y las áreas geoeconómicas, provoca tensiones que -como en el caso de Ucrania- suenan, por momentos, a tambores de guerra.

La tendencia que sí confirma la práctica diaria -de una forma incuestionable- es la enunciada por Marx; que afirmaba que el capitalismo, en su desarrollo, tiende a la reacción como sistema y al empobrecimiento mayor de la clase obrera.

Estas tendencias se producen hoy en el contexto de un impresionante desarrollo científico-técnico, en todos los terrenos; que ha llevado a un altísimo desarrollo de las fuerzas productivas. Desarrollo que, lejos de traducirse hoy en beneficio para la mayoría, provoca una enorme desigualdad social y deterioro de las condiciones de vida de las grandes masas. Esta incapacidad intrínseca del sistema, lleva a la burguesía internacional -para tratar de garantizarse su posición hegemónica- a impulsar profundas modificaciones de los mecanismos de dominación y al aumento de la violencia sistémica.

Los movimientos de capitales, con carácter instantáneo a nivel planetario aprovechando las más avanzadas tecnologías, han generado un mecanismo endiablado de altísimo riesgo, que solo se mantiene si garantiza de forma permanente su velocidad de vértigo; objetivo imposible de conseguir en términos reales. Pero es esa misma velocidad -irrenunciable-, el mayor factor que lo empuja al colapso. Un colapso de tales dimensiones que supondría la quiebra total del sistema, de todos sus recursos y estrategias.

Los grandes poderes mundiales del capitalismo tienen sus planes de contingencia para este hipotético, y nada desdeñable, escenario. Unos planes -sustentados en una violencia brutal y desesperada-, que solo la clase obrera podrá impedir que se lleguen a aplicar, luchando por el poder político, organizando y dirigiendo la lucha revolucionaria de las más amplias masas.

Cuando estamos viendo los intentos desesperados de saltar las alambradas de Ceuta y Melilla, presenciamos la situación real del escenario dantesco al que nos está llevando el capitalismo. La lógica interna del imperialismo construye día a día -en Washington, Berlín, Tokio, Moscú, Israel, etc.-, el camino del terror más absoluto para amplios sectores de la clase obrera internacional.

En el terreno militar, el avanzado desarrollo tecnológico también está cambiando las estrategias de guerra y violencia de las actuales clases dominantes, al calor de la agudización de la crisis general del sistema.

El uso de las tecnologías de la información, el espionaje y la modernización de armas sofisticadas, van desplazando el recurso a la intervención de los ejércitos más tradicionales, para ser sustituidos por una red de comandos criminales, FOE, (Fuerzas Operativas Especiales, 70.000 efectivos aproximadamente, con presencia en ochenta países) de los EE UU, decenas de miles de drones de alto poder destructivo, y un sistema mundial de espionaje universal en tiempo real, capaz de procesar una ilimitada cantidad de información.

La ubicación de una Brigada de tanques en la isla canaria de Fuerteventura -donde, desde hace poco tiempo, existe ya una base de comandos de intervención rápida en el Sahel, que puede ser desplazada a esa zona de forma inmediata mediante el uso de helicópteros- es una prueba de que esa nueva lógica militar no es exclusiva de EE UU, Israel y otras potencias imperialistas, sino que el gobierno Rajoy la implementa de forma acelerada en nuestro país. La autorización a Obama, para el uso de la base de Rota como parte del escudo antimisiles de EE UU, va en esa misma dirección.

La operación de Rusia, desplegando decenas de miles de soldados sin identificar en la península de Crimea, también es un nuevo elemento que responde a estos cambios estratégicos en el terreno militar.

Estas tendencias, y cambios estructurales profundos, se proyectan implacablemente en la relación directa entre capital y trabajo. El capitalismo incrementa la explotación de la fuerza de trabajo, no la disminuye como pretendían -y pretenden- argumentar las posiciones reformistas.

La férula de la caída tendencial de la tasa de ganancia, empuja al capitalismo -a nivel mundial- a incrementar la tasa de explotación, y a desarrollar todo tipo de estrategias para la obtención de un margen de plusvalía relativa, aunque sea de una forma transitoria y breve. La sobreexplotación -como la explica Marx: salarios inferiores al coste de reposición de la fuerza de trabajo- se extiende, no ya en las economías más dependientes, sino en las economías centrales capitalistas.

Este capitalismo del siglo XXI es una máquina que produce clase obrera de forma imparable, proletariza a todas las sociedades sin distinción, y unifica a miles de millones de obreros y obreras que -progresivamente- van adquiriendo conciencia de ser una sola y única clase.

El Movimiento Comunista Internacional ha de colocarse a la vanguardia, en el combate que se da en estas nuevas y cambiantes condiciones. Avanzar en la coordinación internacional, es una responsabilidad ineludible. Impulsar la lucha consecuente de las masas obreras por Venezuela, Palestina, RASD o Cuba socialista, ….., es una responsabilidad de primer orden del MCI. Internacionalismo proletario práctico, todos los días y en toda ocasión, y con movilización de masas como elemento central.

El Partido Comunista, en cada país, tiene la responsabilidad de aplicar los principios del comunismo científico, el marxismo-leninismo, para ganar el compromiso de la clase obrera más consciente y desarrollar una política de masas necesaria, en la que el factor organizativo clasista, aleje al movimiento obrero de intentos estériles (marchas, plazas, redes, etc.) de avanzar hacia su emancipación. El programa de la clase obrera, en este contexto histórico, no puede ser otro que el poder obrero y la revolución socialista.

Sólo el Partido Comunista, organizado bajo los principios del comunismo científico, el centralismo democrático y el internacionalismo proletario, tendrá la capacidad suficiente para organizar la lucha por la derrota del capitalismo y por la victoria de la clase obrera, en cada país y en todo el planeta. El futuro sólo lo construirá la revolución proletaria.