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Cuando el hastío, la desesperación y la propaganda de los aparatos burgueses de comunicación hacen creer, a un amplio porcentaje de trabajadores y trabajadoras, en la posibilidad de una pronta corrección o giro inminente en las políticas que generan la situación de miseria y precariedad en la que viven aterradas millones de personas sin presente ni futuro en esta sociedad capitalista,

se hace necesario que, desde las filas comunistas, volvamos al rigor analítico y lo reivindiquemos para desmontar este falso espejismo que, sin base material alguna (y en contra incluso de los datos económicos objetivos y demandas de organismos internacionales como el FMI reclamando en su último informe para España una bajada más drástica de los salarios) se ha instalado últimamente en el discurso del gobierno Rajoy y en los programas “mágicos” del PSOE e IU que, sin pudor alguno, ofrecen a los cuatro vientos la creación de millones de puestos de trabajo con la sola aplicación de un programa keynesiano fundamentando en el cambio de las políticas fiscales y el estímulo a la producción mediante el crédito (por cierto ¿De qué banco y con qué moneda?¿Con el €, con el BCE?). Todos mienten y, voluntaria o involuntariamente, adecúan su discurso a las necesidades de la oligarquía. ¿Por qué decimos esto?

Veamos el carácter de nuestro tiempo

Definimos la etapa histórica actual como la de capitalismo monopolista de estado, que no significa otra cosa que los grandes monopolios son los que rigen la economía y tienen a su servicio los aparatos del estado. Imperialismo, capitalismo en descomposición tendente a la concentración, a la agudización de la división internacional del trabajo y profundamente violento.

Decimos que la crisis que padecemos es una crisis estructural del sistema, generada por la dificultad de los capitalistas para reproducir el capital y mantener la tasa de ganancia; una crisis provocada, en lo inmediato, por una crisis clásica de superproducción.

Medidas de la oligarquía y los monopolios para sobrevivir

Todo lo que están haciendo las grandes corporaciones financieras (banca e industria), lo realizan porque no tienen otra posibilidad. O hacen eso o desaparecen, colapsa su economía por la incapacidad de reproducir el capital. Sólo tienen dos opciones para salir favorablemente del actual ciclo de crisis estructural: 1) disminuir los salarios y el coste de las materias primas mediante una mayor explotación de los trabajadores y trabajadoras y el expolio de los recursos naturales. Es lo que están haciendo sin temblarles el pulso (guerras y pérdida constante de salario directo e indirecto); y 2) destrucción de fuerzas productivas y concentración de capitales (cierre de empresas y paro) para tratar de iniciar un, aún muy incierto, nuevo ciclo expansivo del capital.

¿Cabe el optimismo entre nuestra clase y los sectores populares?

Sólo si es revolucionario y fundamentado en la convicción de que es posible destruir esta sociedad basada en la explotación de las personas y la división clasista; rompiendo y resolviendo definitivamente la contradicción social fundamental entre capital y trabajo, entre el cada vez mayor carácter social de la producción y la apropiación particular de los beneficios. Cualquier otro optimismo es idealismo o estupidez fundamentada en cuentos infantiles o, lo que normalmente es, entre los núcleos dirigentes de las organizaciones políticas, sindicales y sociales llamadas de izquierdas o progresistas, incapacidad teórica y práctica para concebir que sí es posible construir una sociedad distinta basada en el poder obrero de los medios de producción y el estado. Su renuncia a la lucha y a la construcción del Socialismo-Comunismo les lleva a hacerse cómplices necesarios de la más brutal agresión genocida que un capitalismo desesperado, en su última fase de desarrollo, está llevando a cabo contra la Humanidad y el Planeta

Julio Díaz