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Estos días se recuerda a las víctimas de los atentados perpetrados el 11 de marzo del 2004 en Madrid por terroristas islamistas. Los damnificados en aquella desgracia se cuentan por centenares, ascendiendo a 191 el número de muertos y a 1858 el de heridos. Todos ellos eran trabajadores y estudiantes que se dirigían a sus centros de trabajo y de estudios como una mañana cualquiera, desplazándose en transporte público.

Ninguno de ellos podía imaginarse que en aquella fatídica jornada pasarían a elevar la ya de por sí abultada cifra de vidas arruinadas o destruidas que el imperialismo, directa o indirectamente, que éste ha dejado en el planeta en el presente siglo y el precedente.

Y es que, en efecto, si bien los autores materiales del cruel ataque fueron terroristas islamistas, los sucesivos gobiernos que se han instalado en la Moncloa en el Estado español desde la Transición y la burguesía cuyos intereses defienden son corresponsables de la masacre. Los monopolios, ávidos de riquezas, hacen y deshacen gobiernos y Estados, invaden países, saquean territorios y asesinan civiles a lo largo y ancho del globo para asegurarse el control de vías de comunicación, mercados y recursos naturales. Esta tendencia a la injerencia en los asuntos de terceras naciones se ha acrecentado en las últimas décadas, de manera paralela a la agudización de la crisis estructural del sistema capitalista: cuanto más ven las grandes empresas amenazadas sus inmensas fortunas, mayores esfuerzos invierten en sus trágicas cruzadas contra la soberanía de los pueblos.

Esta escalada belicista del imperialismo se ha traducido en los últimos años en el surgimiento de numerosos movimientos y grupos que responden por la vía política y/o armada a las agresiones de las potencias extranjeras. Estas organizaciones son en algunos casos reaccionarias y en otras progresistas, pero todas ellas tienen en común el ser fruto de la intervención foránea en los asuntos internos de numerosos países en zonas tan distantes como América Latina, África o Asia.

En el mundo musulmán, el odio lógico que ha suscitado el imperialismo con sus matanzas en diversos territorios se ha canalizado en muchas ocasiones a través de grupos de fanáticos religiosos. No está de más recordar que muchos de estos grupos han sido en el pasado financiados por los propios capitalistas -como en el notorio caso de los talibanes y su relación con Estados Unidos en la guerra contra el Afganistán socialista y la Unión Soviética en los ochenta- o aún reciben a día de hoy apoyo imperialista -caso de Síria, Líbia-.

La actuación criminal de los representantes de los monopolios, azuzados por éstos, ha sido pues el detonante de la actividad terrorista de numerosas células islamistas repartidas por la Tierra. Entre ellas las que atentaron en Madrid, cercenando la vida de numerosos trabajadores y estudiantes inocentes que pasaron a ser “daños colaterales” en los turbios y sangrientos negocios de las grandes empresas españolas. Sus lacayunos representantes políticos deben ser señalados con el dedo de los obreros del Estado español tanto como ellas y tanto como los islamistas: el Partido Popular de la guerra en Afganistán e Irak, el Partido Socialista de la intervención en Libia, la Izquierda Unida que reclama mayor presupuesto militar para seguir asesinando civiles en países ajenos o que reconoce a la UE como elemento válido para estructurar una relación justa con otras regiones del mundo.

La clase obrera tampoco puede dejarse engañar por las triquiñuelas y la manipulación de la burguesía, que utiliza cualquier elemento a su alcance como justificación para incrementar su arsenal represivo o para engañar a los trabajadores. En las semanas y los meses posteriores a los atentados vimos cómo los medios de comunicación se hacían eco de diversas teorías de la conspiración en relación con la autoría de los ataques, a cada cual más inverosímil que la anterior, con el objetivo de desviar la atención de los obreros hacia la culpabilidad de los monopolios pero también para generar entre la población un estado de ánimo que permitiese la intensificación de la represión contra el movimiento obrero y popular.

Y es que, en efecto, para el Estado burgués se hacía más fácil reprimir en un momento en el que la clase trabajadora, conmocionada por las escenas dramáticas de los trenes reducidos a escombros y por el abrumador dolor de las familias de los obreros asesinados, se sentía amenazada por un enemigo invisible cuya existencia no dejaban de proclamar los medios de comunicación. Los nombres casi daban igual, pero la táctica es muy antigua. No obstante, y muy a pesar de la burguesía, los trabajadores tienen cada vez más claro quién es su enemigo...y es precisamente la misma clase social que sentó las bases para el atentado y que posteriormente buscó aprovecharse de sus nefastas consecuencias para seguir en su desenfrenada carrera en la búsqueda del máximo beneficio.

Domenec Merino