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¿Por qué el lenguaje importa?, porque lo que no se nombra no existe. Esto, trasladado al género, significa que el hecho de que las mujeres no tengan una representación simbólica en la lengua contribuye a su dominación e invisibilidad, y si no lo cambiamos perpetuamos la opresión. 

El lenguaje que usamos para describir la realidad, las cosas y las personas, organizan nuestra estructura interpretativa de las mismas. Los grandes poderes conscientes del poder del lenguaje para influir en nuestra conceptualización del mundo, de lo que es real, correcto y cómo deben ser las cosas y especialmente, quiénes son las personas que merecen respeto o admiración, o  no, definen la realidad conforme a sus intereses. La relación entre mujeres y hombres está inmersa en estos mecanismos de dominación.

Dado que el lenguaje es el medio por el cual se transmite y comunica el pensamiento, al estar la sociedad construida sobre estructuras de carácter patriarcal, es inevitable que el lenguaje transmita y comunique, la invisibilidad, la exclusión del género femenino y el afán de que el género femenino esté implícito, a la hora de hablar y escribir, en el género masculino. Lo peor es que a través de las generaciones, esto ha ido infiltrándose en el lenguaje y se ha transmitido por esta vía, y lo más grave, hasta hacer que las propias mujeres nos mimeticemos y hablemos de nosotras mismas en masculino: “nosotros”, “uno cree”, “todos”. 

La sociedad patriarcal se constituyó en parte gracias al control del orden simbólico por parte del grupo masculino, a través de dos mecanismos: el sexismo verbal (cómo las mujeres emergen en el discurso, las formas de su presencia) y  el  androcentrismo (su ausencia del discurso) se considera, a nivel inconsciente, que el varón es el patrón, la norma de todo comportamiento humano.   

Así en el discurso del Partido no es suficiente con decir trabajadores/as de forma retórica o jerárquica, sino incorporar la experiencia diferenciada de esas trabajadoras en el proceso de explotación que estemos analizando o mostrando. Si aspiramos a la igualdad, debemos  representar a mujeres y hombres y nombrar sus experiencias de forma equilibrada huyendo de representaciones estereotipadas de la desigualdad: como vincular siempre a las mujeres y los niños, a dependientes o como pasivas pobres. 

Si presentamos un acto, y en la presentación reconocemos a los y las camaradas que fundaron el partido y en el desarrollo del discurso solo nombramos a hombres, estaremos reproduciendo un lenguaje en el que la aportación protagonista de las mujeres a la construcción del partido es negada y el referente de militante seguirá siendo masculino. 

Si diseñamos carteles, donde  solo aparece un obrero, bajo el lema “no seremos vuestros esclavos” estaremos por un lado marginando y excluyendo el trabajo revolucionario de las mujeres trabajadoras y por otro  subordinándolas a la imagen homogeneizada del hombre como referente universal, adoptando un discurso visual de sometimiento de las mujeres. 

Estas prácticas son reflejo y consecuencia. Tal como sucede, con el resto de la clase obrera, el discurso conformará la concepción que las personas tengan de sí mismas, de su realidad y de su capacidad para cambiarla. Si recreamos y perpetuamos una perspectiva sexista de ésta, nos llevará a prácticas sexistas en el uso de la lengua, lo que propiciará el mantenimiento de la opresión actual de la mujer. Una historia que contemple a las mujeres no debe ser realizada a partir de una lógica sumatoria, es decir, por inclusión de la mujer en la historia tradicional, implica asumir el género como una problematización de la historia enlazado junto al análisis de clase, con el que crear realidades alternativas con símbolos propios de identidad y lucha.

En el PCPE debemos avanzar en un lenguaje  no sexista, que no oculte, subordine, infravalore, ni excluya  la experiencia de las mujeres y su papel protagonista como sujeto revolucionario. 

Tatiana Delgado