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El capitalismo agoniza, se centraliza más y más en su actual fase imperialista –iniciada en los albores del siglo XX– en manos de una ínfima oligarquía financiera que, precisamente por poseer esta posición de supremacía económica, controla toda la superestructura social, desde el edificio estatal al complejo aparato de producción y subyugación ideológica que bombardea las conciencias de la clase obrera y los sectores populares todas las horas de todos los días. Esto es una realidad incontrovertible.

Que las ideas de una sociedad dada son las ideas en interés de la clase dominante de dicha sociedad es otra realidad incontrovertible, en este caso, que el marxismo ha legado. Precisamente Marx, unas líneas a continuación de su famoso axioma sobre la clase dominante y la conciencia dominante, incidía en el hecho de que, por la lógica del propio progreso histórico, toda clase que conquista el poder lo hace imponiendo una base de dominación obligatoriamente superior que la de la clase apartada de éste. Es sencillo comprobar en la realidad del hoy cómo esta tendencia nos presenta una situación en la que la clase dominante de nuestra época –la oligarquía financiera– requiere de una vastísima planicie de explotación y dominación político-ideológica para mantener su poder.

La naturaleza y complejidad de un determinado tipo de enormes empresas, los llamados monopolios de la comunicación, es un ejemplo muy gráfico del grado de instauración de un poder verdaderamente dictatorial que lucha por todos los medios para mantener su posición dominante sobre las amplias masas trabajadoras.

Si indagamos sobre la composición y propiedad de los principales grupos mediáticos españoles, comprobaremos el alcance y capacidad de generación de amplias subjetividades que consiguen controlar los grandes monopolios capitalistas. Once grandes grupos empresariales controlan en España todos los canales de televisión y radio, prensa escrita, grandes editoriales, así como la producción y distribución cinematográfica, más una infinidad de portales de internet. PRISA, VOCENTO, UNIDAD EDITORIAL, COPE, PLANETA, IMAGINA MEDIA AUDIOVISUAL, GODÓ, ZETA, MOLL, JOLY y HACHETTE FILIPACCHI. Son once grandes grupos, desde los gigantes PRISA y VOCENTO a los algo menores, como GODÓ o JOLY, señores absolutos de los medios de comunidades y regiones enteras del país. Son once, casualmente como los once principios básicos de propaganda de Goebbels.

El organigrama de su propiedad particular es complejo –socialmente es simplísimo, una misma clase extremadamente reducida– y cambia de forma constante, estando todos ellos ampliamente interrelacionados. Unos pocos datos sirven para vislumbrar en manos de quién está este enorme imperio de construcción ideológica y a qué intereses responde.

PRISA, el más poderoso y conocido de los grupos en España, que edita el periódico generalista más leído –El País–, y sintoniza la emisora de radio más escuchada –Cadena SER–. Actualmente, PRISA pertenece en un 51% al grupo de inversiones “Liberty Acquisition Holdings”, compuesto por entidades como Goldmans Sachs, Deutsche Bank o el Bank of America; los bancos Santander, HSBC y La Caixa controlan un 20% de PRISA, Telefónica aproximadamente un 7%, otros grandes capitalistas industriales, de la construcción o las energías, como el mexicano Carlos Slim, se reparten el resto del porcentaje de acciones de PRISA. ¿Cabría preguntarse entonces por qué El País arremete burdamente contra, por ejemplo, la Venezuela bolivariana o Cuba, de una manera sistemática? Es fácil comprender que la clase desalojada del poder en Cuba y despojada de gran parte de sus riquezas en Venezuela no se mostrará favorable, desde sus medios de expresión, hacia estos gobiernos, e irá más allá, tratando, a través de la falsificación y manipulación de la realidad, de acosarlos y desestabilizarlos con el enorme poder de sus órganos de propaganda, a fin de hacerlos caer.

El segundo gran grupo monopolístico de la comunicación en España es VOCENTO, que edita ABC y gran número de portadas provinciales, donde coinciden los grandes capitales industriales vascos –familia Ybarra–, con participaciones, por ejemplo, como las de Bycomels SL, empresa de Santiago Bergareche, vicepresidente primero, a su vez, de Ferrovial.

UNIDAD EDITORIAL, grupo que dirige el periódico El Mundo, es dirigido a su vez –en un 96%– por RCS Mediagroup, monopolio italiano propiedad de FIAT, PIRELLI y BENETTON, entre otras empresas. El Grupo COPE, uno de los más conocidos de España, propiedad de la Conferencia Episcopal Española en un 51%, se ve reforzado por los capitales de la Compañía de Jesús, CajaSur, o la ONCE, fundación ésta que a través del Grupo Fundosa maneja el monopolio y privatización de amplios servicios sobre la sanidad pública española.

En un verdadero laberinto de intereses compartidos nos encontramos bien unidos a grupos y sonados capitalistas de todos los colores, el más claro ejemplo lo tenemos en el GRUPO PLANETA y en IMAGINA MEDIA AUDIOVISUAL, donde coinciden en perfecta unidad de acción el periódico La Razón (PLANETA) con la cadena televisiva La Sexta (IMAGINA), por mencionar el caso más llamativo, partícipes mayoritarias ambas de Atresmedia Corporación, el antiguo Grupo Antena3. En el entramado de nombres propios que son propietarios de uno y otro grupo figuran J.M. Lara (Planeta, Banco Sabadell), A. Koplowitz (FCC) o F. del Pino (Ferrovial), junto a algunas de las mayores fortunas del mundo, tales como Georges Soros, Carlos Slim o Bill Gates. Pero también, junto a estos mundialmente famosos nombres, aparecen aportando su granito de capital otros con menos poder y fama internacional, pero sobradamente conocidos e influyentes por estos lares, como Andreu Buenafuente o Jordi Évole (a través de la productora El Terrat) o el afamado trotskista Jaume Roures, fundador tanto del diario Público como de la productora Mediapro, dueña y señora de los derechos televisivos del negocio del fútbol en España. De esta manera nos topamos con grandes capitalistas y con quienes, deseando convertirse en eso mismo, comparten y sostienen la mesa de juego dentro de sus actuales capacidades.

En cualquier caso, estos son solo algunos de los ejemplos más gráficos sobre quién tiene el poder de los llamados medios de comunicación, y que deja en evidencia la ridícula farsa de la pluralidad mediática y la innegable funcionalidad de estos medios como aparatos de propaganda de la oligarquía financiera. Por supuesto, la herramienta es compleja, y no es ésta su única utilidad; en el imperialismo, los monopolios desarrollan también el fenómeno de la combinación, a fin de asegurar una mayor estabilidad de sus negocios se hacen con un amplio control de todas las ramas vinculadas a una determinada industria, controlando no solo la producción, sino también la distribución y comercio de sus productos, para lo que resultan tremendamente útiles los escaparates mediáticos.

Hay que pecar de una candidez enfermiza para creer en la supuesta independencia de los medios. Los grandes capitalistas de hoy y de siempre los crearon como órganos de expresión de su poder, basado en el monopolio empresarial. Silvio Berlusconi cuenta con Tele5 y Cuatro, unidas por Mediaset. Y la tenebrosa sombra de Walt Disney, uno de los siete mayores grupos del planeta, ha mantenido estos años, ni más ni menos, que Intereconomía.

Cuando la información que nos llega viene directamente producida por Goldman Sachs, FCC, Banco Santander o Ferrovial, en qué tipo de “objetividad periodística” o de “libertad de prensa” se puede creer. Lenin, en el I Congreso de la Internacional Comunista, explicaba que “la libertad de imprenta era la libertad de soborno de la prensa por los ricos, la libertad de utilizar la riqueza para fabricar y falsear la llamada opinión pública”, desde luego, no se equivocaba. Hoy podríamos decir, incluso, que “soborno” no alcanza a definir la espesa red de influencias que el aparato de subyugación ideológica del capitalismo ha constituido a imagen, semejanza y consustancialmente a la centralización monopolística.

¿Existe en esta España de la Unión Europea algo que se asemeje a la libertad de prensa? Si es libertad de mentir y manipular para los ricos, sí, entonces existe algo parecido. Pero la realidad es que hablar de la independencia de ciertos medios de comunicación de masas es de una ingenuidad insoportable. No puede existir independencia ni pluralidad cuando detrás de todos ellos está una misma clase social: la oligarquía financiera (que también maneja los mínimos entes públicos de radio y televisión, a través del aparato del Estado).

Los monopolios de la comunicación son el ejército que el capital utiliza en la guerra ideológica contra la clase obrera, para destruir la conciencia clasista de ésta e inocularle la suya propia, para conseguir que entre los obreros y obreras explotados reine el desánimo y la confusión, para conseguir que los obreros no piensen como obreros, no actúen en defensa de sus intereses, sino que piensen como burgueses y que actúen en favor de los intereses de éstos, pensando que son los suyos propios… fatal trampa.

Para hacer caer tal estado de cosas, no tiene la clase obrera y el pueblo en su conjunto otra solución que romper radicalmente con el poder de los monopolios, dar la batalla política e ideológica. Los monopolios de nuestro país se organizan fundamentalmente en una alianza interestatal imperialista, que es la Unión Europea. Habrá que romper con ella si queremos que sea nuestra clase la que se informe a sí misma y haga masiva una visión del mundo ajustada a la realidad y a sus intereses.

Eduardo Corrales