En los medios de los países occidentales, cuando se habla (que no informa) sobre Nicaragua, solo aparecen noticias negativas. Cualquier lector que desconozca la historia y realidad del país centroamericano pensará que es un Estado fallido, que desde el 2006 es gobernado con mano de hierro por un dictadorzuelo.

En las últimas semanas la noticia es que Nicaragua, por mandato de su Asamblea Nacional, ha abandonado la OEA, una especie de ministerio de las colonias de los Estados Unidos. Expertos, politólogos, opinadores y otros juntaletras han mostrado su preocupación por el “aislamiento” internacional de Nicaragua. Obviando que Nicaragua pertenece a la CELAC, una organización regional que agrupa a la inmensa mayoría de países del continente, y sin la tutela de los Estados Unidos. Vamos, que Nicaragua se ha aislado de los yankees y sus primos canadienses, algo nada sorprendente después del prontuario de crímenes, agresiones e injerencias del Tío Sam en tierras nicas. Pero según la psique de periodistas y opinadores del stablishment, aislarse de los Estados Unidos es aislarse del mundo.

Con anterioridad a esta decisión, los titulares periodísticos se centraron en las elecciones generales del pasado 7 de noviembre, en las que se elegía presidente, y diputados al Parlamento Centroamericano y a la Asamblea Nacional. Todo el argumentario periodístico iba dirigido a deslegitimar las elecciones y abrir el paso a su no reconocimiento por parte de las grandes potencias imperialistas y sus aliados. El argumento principal ha sido que algunos de los precandidatos estaban encarcelados, así sin más.

Lo que no cuentan los medios es que los precandidatos encarcelados lo estaban por haber participado en el sangriento intento de golpe de Estado de 2018 y por haberse demostrado que estaban siendo financiados por una potencia extranjera. Que fueran responsables de un golpe en el que se quemaron vivos, se torturaron y se asesinaron a decenas de sandinistas no era una buena carta presentación para estos “demócratas de toda la vida”, mejor presentarlos como simples opositores reprimidos por régimen cruel.

Los resultados electorales fueron claros, con un 65 % de participación, Daniel Ortega fue reelegido con 76 % de los votos. El FSLN obtuvo 75 de los 90 escaños de la Asamblea Nacional y 15 de los 20 escaños del Parlamento Centroamericano. Pero el inefable Josep Borrell, en nombre de la Unión Europea, calificó el proceso electoral como un fake (qué manía le estoy cogiendo a esta palabreja) y el gobierno más progresista de la historia las calificó de “burla”.

En los medios de comunicación occidentales nunca se hablará de que Nicaragua es el país con un mayor índice de equidad de género de América Latina, ni que según el PNUD es el país más seguro de Centroamérica y uno de los más seguros de América Latina y el Caribe, ni de la gigantesca tarea de alfabetización que ha realizado históricamente el FSLN.

El trato informativo que dan los medios occidentales a Nicaragua se enmarca en lo que se conoce como “guerra híbrida” o “guerra de cuarta generación”, en la que la generación de opinión es una parte fundamental de la estrategia general de desestabilización y justificación de lo que los teóricos imperialistas califican como una guerra justa. Ejemplos de este tipo de guerra la hemos visto en Ucrania, Siria, Venezuela o Belarús.

Ferran N.

 

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