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Mientras los países imperialistas preparaban la Guerra Mundial (1914-1918) y el problema nacional adquiría gran importancia, Lenin defendió la unidad internacional de la clase obrera, al tiempo que comprobaba que el movimiento revolucionario ruso, en pleno desastre bélico, crecía en medio de importantes huelgas económicas y políticas. Igualmente, desde su exilio en Suiza donde permaneció hasta el 27 de marzo de 1917, el dirigente bolchevique criticó el posicionamiento de la socialdemocracia internacional, que tras desistir de la necesidad de alzar a la clase obrera contra la guerra y por el derrocamiento del capitalismo, pidió su participación en la contienda. Lenin, sin embargo, le proponía votar contra los créditos de guerra, retirar a sus representantes de los gobiernos burgueses y apoyar las acciones revolucionarias obreras y la fraternización de los soldados en el frente. 

Revolución de Febrero y los Soviets

En esa línea Lenin escribió el libro El socialismo y la guerra. Sus palabras llegaron a los obreros de vanguardia superando todos los obstáculos. “El trabajo de nuestro Partido es ahora cien veces más difícil. ¡Sin embargo, lo seguiremos realizando!”, afirmaba incansable Vladimir Ilich mientras exhortaba la creación de la III Internacional Comunista, y en su libro, El imperialismo, fase superior del capitalismo, exponía la evolución del capitalismo en los albores del siglo XX. Un capitalismo dominado por gigantescos monopolios que controlan la vida económica y política de los Estados burgueses. Deduciendo de ello dos cosas: que el imperialismo conduce a la revolución socialista y que su triunfo podía darse en un sólo país. Análisis que indicaba a los obreros del mundo la vía revolucionaria para salir de la guerra imperialista, y que en la Rusia zarista se concretaba combatiendo el hambre galopante, el sufrimiento de los soldados en los frentes y los efectos del desastre económico reinante. Los primeros en levantarse contra el zarismo fueron los obreros de Petrogrado, a los que siguieron los de Moscú, Bakú, Nizhni, Nóvgorod y otras ciudades, el 9 de enero de 1917. Después las manifestaciones y protestas gritando “¡Abajo el zar!” y “¡Abajo la guerra!” se extendieron por toda Rusia, enfrentándose a una feroz y sangrienta represión. Pero la Historia es imparable, y en febrero de 1917, el régimen que había oprimido siglos y siglos a los pueblos de Rusia, cayó derrocado. Era el triunfo de la revolución democrático-burguesa, la llamada “Revolución de Febrero”, pero también el surgimiento de los Soviets de diputados obreros y soldados.

El tren sellado

Fue igualmente la vuelta de muchos bolcheviques del destierro y de las cárceles. También la del Partido bolchevique que abandonó la clandestinidad.  Por su parte, Lenin, en sus Cartas desde lejos, mostraba la postura política a adoptar frente al Gobierno provisional de Kerenski, a la guerra y al desafío revolucionario; instando a la clase obrera a “nuevos prodigios de heroísmo proletario para derrocar el Poder de los terratenientes y los capitalistas”. El camino, por tanto, estaba señalado. Sólo había que emprenderlo convenciendo a las masas de la ineficiencia del Gobierno provisional y de que únicamente el Poder de los trabajadores conseguiría la Paz. Mientras tanto, desde Suiza, Vladimir Ilich y 31 revolucionarios preparaban la vuelta a la patria. La locomotora que halló los vagones en los que viajó Lenin hacia Rusia salió de la estación de Zúrich en dirección a la frontera alemana la tarde del 9 de abril de 1917. Se trataba de un tren sellado con garantía de extraterritorialidad previamente acordado con el káiser Guillermo II. El viaje fue largo y extenuante a través de una Europa devastada por la guerra. Un recorrido preparado cuidadosamente para que tanto el deseo del káiser de acabar con el esfuerzo bélico en el frente oriental, como el de Lenin de acelerar el estallido de la revolución socialista, se viesen satisfechos sin contrariedad ninguna. La llegada del líder bolchevique a la Estación Finlandia de Petrogrado fue apoteósica. Miles de obreros, blandiendo banderas rojas, recibieron a Lenin que, desde el andén, trazó la hoja de ruta de la Revolución de Octubre. “El pueblo necesita paz, el pueblo necesita pan, el pueblo necesita tierra. (…) Debemos luchar por la revolución social, luchar hasta el final,  hasta la victoria completa del proletariado, por el Poder de los Soviets”. Propósitos recogidos después en las famosas Tesis de Abril. Un plan de lucha para pasar de la revolución democrático-burguesa a la revolución socialista. La actividad de Lenin en Petrogrado fue intensa. Se trataba de realizar una labor tenaz y perseverante entre los trabajadores, ganarse a las masas de obreros, soldados y campesinos y lograr la mayoría en los Soviets; transformarlos en bolcheviques. ¡Ningún apoyo al Gobierno provisional! y ¡Todo el poder a los Soviets!, fueron las consignas que marcaron la actividad del Partido, del propio Lenin y de los bolcheviques que, junto a nutridas masas de obreros y soldados, se enfrentaron, el 3 de julio, a los ataques contrarrevolucionarios del Gobierno provisional. La represión fue brutal. Las calles se anegaron de sangre de obreros y soldados revolucionarios. El Gobierno provisional suprimió el poder de los Soviets, y con él el periodo  pacífico de la revolución. Tras esos acontecimientos, la cuestión de la insurrección armada y el derrocamiento del Poder burgués se impuso. Lenin desarrolló entonces en El Estado y la revolución, libro escrito en otoño de 1917, qué Estado debía construirse tras la toma del Poder por el proletariado. Una toma de poder que se aceleraba después de que las masas populares y el Partido bolchevique sofocaran, el 25 de agosto, una sublevación contrarrevolucionaria comandada por el general Kornilov. Los trabajadores se volcaron entonces hacia los bolcheviques, y en septiembre de 1917, los Soviets de Petrogrado y Moscú ya eran bolcheviques. En ese momento Lenin consideró que las condiciones para una victoriosa insurrección armada estaban reunidas. Exigió el envío de comunistas a las fábricas, a los cuarteles y a todos los lugares donde hubiese trabajadores, porque “allí está el nervio de la vida y la fuente de la salvación de la revolución”.

Estremecer el mundo

Los preparativos fueron minuciosos: en las fábricas, en el frente, entre el campesinado. El 7 de octubre Lenin dejó la clandestinidad y se trasladó ilegalmente a Petrogrado. Era consciente de la capacidad del Partido para conducir a las masas a la revolución. Por eso, el 10 de octubre, en una reunión del Comité Central, Vladimir Ilich estimó llegado el momento de que el proletariado y los campesinos pobres tomaran el Poder. El Comité Central lo ratificó, y el 16 de octubre eligió al Centro Militar Revolucionario dirigente de la insurrección, constituido por A. Búbnov, F. Dzerzhinski, Y. Sverdlov, J. Stalin y M. Uritski. Lenin requirió que se iniciara la insurrección antes de la apertura del II Congreso de los Soviets convocado para el 25 de octubre. Había que anticiparse a las pretensiones contrarrevolucionarias de aplastar la revolución. En consecuencia, la insurrección empezó el 24 de octubre. Lenin llegó al Instituto Smolny, Estado Mayor de la revolución, entrada la noche. Los destacamentos de la Guardia Roja comenzaron a ocupar los lugares estratégicos señalados por Lenin. El 25 de octubre por la mañana, las centrales de Teléfonos y Telégrafos, la emisora de radio, los puentes del Neva, las estaciones ferroviarias y las instituciones más importantes de la capital estaban en manos de los obreros, soldados y marinos levantados en armas. En la noche de aquel día las unidades revolucionarias tomaron al asalto el Palacio de Invierno deteniendo a los miembros del Gobierno provisional. El Poder de los terratenientes y capitalistas había caído. La Revolución de Octubre, que en diez días estremeció el mundo, había triunfado. Empezaba así un nuevo capítulo en la historia de la humanidad.

José L. Quirante

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