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Las trabajadoras llevamos bastante tiempo en una situación de precariedad laboral y encadenando contratos temporales, bajos salarios, pensiones que no alcanzan para sobrevivir, altas tasas de paro y un largo etcétera de condiciones laborales de sobreexplotación, que a veces ocupan un espacio anecdótico en los medios de propaganda del sistema.  La mayoría femenina alcanza una proporción de siete a tres en los contratos que conjugan parcialidad y temporalidad y se acerca al tres por dos tanto en el paro de larga duración como entre quienes buscan su primer empleo, dos datos que ilustran las mayores dificultades que tenemos las mujeres tanto para acceder al empleo, como para recuperarlo tras haberlo perdido.

Tampoco es preciso que las estadísticas vengan a contarnos algo que sobradamente sabemos porque lo vivimos cada día, todos los días. Cuando toca elegir entre pagar el alquiler o acudir al dentista, cuando la elección está entre sacar el bono del transporte público o tener que acudir a las colas del hambre para completar un menú mínimamente nutritivo, o cuando toca elegir entre medicinas o pagar la matrícula escolar o tantas elecciones que hacemos cada vez que nos desesperamos pues no nos alcanza para llegar a fin de mes. Sabemos cuáles son las condiciones materiales que tenemos, y sabemos que van empeorando.

Ni tampoco es necesario que nos vengan a vender la mona del empoderamiento, porque empoderadas estamos. Lo que realmente no estamos es, ni recibiendo salarios que permitan vivir y satisfacer necesidades básicas, ni recuperando poder adquisitivo, ni recibiendo subsidios ni prestaciones cuando nuestros trabajos informales y sin dar de alta en seguridad social se fueron al garete, ni encontrando servicios sanitarios públicos que nos atiendan debidamente cuando enfermamos, ni tenemos acceso a servicios públicos que permitan descargar de nuestras molidas espaldas toda la carga de trabajo reproductivo gratuito que soportamos. Sabemos cómo estamos.

Todas nuestras condiciones laborales y de vida han ido empeorando, ola tras ola de cada reforma laboral. Tras cada acometida y dentellada que los gestores  del bloque oligárquico burgués han venido realizando a los servicios públicos esenciales, a las pensiones o a las prestaciones de paro. Hoy, tras un año de la COVID-19 no se trata ya de una ola, sino de un tsunami que nos arroja a mayor pobreza y a situaciones de extrema vulnerabilidad.

Para quienes gustan del dato que corrobore la afirmación, ahí les van. La tasa de  “inactividad” femenina supera a la masculina en diez puntos y 2,5 millones de personas. La Encuesta de Población Activa muestra que hay más desempleadas y según datos del SEPE las mujeres trabajadoras superaban en más de un 15 % a los hombres en las listas del paro a finales de 2020. Los datos de los ERTE también indican una mayor presencia femenina, superando a lo largo de la pandemia entre un 1 % y un 3,5 % a la de los hombres, cuando la de estos es superior en más de cuatro puntos en las plantillas (fuente Mº de Inclusión). Algunos de los sectores más afectados por la crisis, como hostelería y comercio, que también ostentan records de pésimas condiciones laborales y precariedad, están ampliamente feminizados y eso ha significado la pérdida de todo ingreso en muchos hogares. La brecha salarial que las mujeres padecemos durante nuestra etapa laboral, se duplica a la hora de cobrar una  pensión y la mayoría de ellas se encuentran por debajo o rozando el umbral de la pobreza; la subida del 1,8 % en las pensiones no contributivas que plantea el gobierno de coalición PSOE-UP es irrisoria y una tomadura de pelo a las mujeres pensionistas. La pobreza severa según algunas estimaciones ha aumentado en el reino borbónico en casi 800.000 personas y puede alcanzar a 5,1 millones por la COVID-19, muchas de ellas tienen nombre de mujer.

Pero a la pandemia sanitaria se une la pandemia del capitalismo, por eso la situación de las trabajadoras es igualmente de explotación y miseria en bastantes partes del mundo. Los últimos informes publicados hablan de que 23 millones de mujeres de América latina y el Caribe han caído en la pobreza. Y frente a esta situación que vivimos las mujeres del pueblo trabajador, no importa el país capitalista que habitemos,  se levanta otra situación, obscena y provocadora, como es que las personas y empresas más ricas del mundo siguen enriqueciéndose y aumentando sus fortunas.

Vivimos y sabemos, por eso cuando escuchemos hablar de luchar por la igualdad, nosotras mujeres trabajadoras, diremos que se trata de organizarnos y de luchar contra el capitalismo y sus pandemias.

Lola Jiménez.

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