Compartir

Despreciable señor presidente de los United States of America (se escribe así ¿verdad?), sé que al recibo de la presente misiva, que deseo sea lo más irreverente  posible, usted ya no será inquilino de esa cueva de víboras que llaman Casa Blanca, responsable, desde su inauguración en 1800 hasta nuestros días, de numerosas masacres, confabulaciones, agresiones, invasiones y bloqueos económicos y comerciales. Sin embargo, y aún así, quiero dejar constancia de mi profunda repugnancia hacia su petulante persona, y hacia las decisiones políticas y económicas que, como jefe de Estado y del Gobierno del mayor imperio del planeta, usted ha tomado en nombre del capitalismo más abyecto durante su insufrible mandato. Es decir, en nombre de quien lo aupó al poder gracias, entre otras estafas, a un sistema electoral tan antidemocrático y embrollado que le permitió ser elegido, en 2016, con menos votos (y en aquella ocasión sin atisbo de duda) que su colega Hillary Clinton.

Representante del imperio

Todas las resoluciones que usted y sus ministros fascistas han tomado a nivel nacional e internacional durante casi un lustro presidencial patético, arrogante y homicida han ido encaminadas a tratar de impedir que el  liderazgo mundial se les escape de las manos. Con el lema imperialista de America First (“América primero”), aclamado por multimillonarios como usted y por pobres gentes que piensan poder serlo algún día, usted ha perpetrado los más grandes desmanes contra su propio pueblo. Ha bajado los impuestos y las cotizaciones de familias ricas y de poderosas multinacionales de su solemnizado país, ha vapuleado derechos sociales y laborales de una clase obrera desencantada del quimérico “sueño americano” que usted y sus perros falderos del mundo entero nos venden cada día, usted ha aumentado altaneramente los aranceles comerciales para que la República Popular de China no llegue a engullirles en pepitoria.

A nivel internacional, durante esos cuatro años de comandante en jefe, usted se ha mostrado como lo que es: xenófobo (recuerde el horrible asesinato de George Floyd a manos de su policía racista, o la construcción del muro, éste sí de la vergüenza, para repeler la miseria migrante), machista, también ha quedado demostrado, y por supuesto, digno representante del imperio más criminalmente sofisticado y beligerante que jamás haya existido. Usted y su ralea de ruines asesores no han parado de meter sus sucias narices en los asuntos internos de Cuba y Venezuela, burlándose impunemente del derecho internacional. En la patria de Fidel, desde 1961, manteniendo y agravando el bloqueo como ya lo hicieron los once colegas que le precedieron, a excepción de Barack Obama; y en Venezuela, intentando derrocar a Nicolás Maduro, presidente legítimo de la República Bolivariana, con los métodos más rastreros que imaginarse puedan: sanguinarios atentados terroristas, fallidas invasiones y fracasados golpes de Estado, todo ello financiado con sus nauseabundos dólares. Pero nada ha funcionado, ni en Cuba ni en Venezuela, y ahora le toca a usted coger los bártulos y largarse con el rabo entre sus inmundas patas. Tampoco se anduvo usted con chiquitas ordenando asesinar el año pasado, en plena calle y con total impunidad, al general iraní Qasem Soleimani y al científico nuclear de la misma nacionalidad, Mohsen Fakhrizadeh. Al parecer con la ayuda inestimable del Mossad israelí. Pero el broche de oro de su criminal gestión se lo llevan los más de 400.000 muertos de Covid-19 por su política de privacidad de la sanidad y de negación de la pandemia; así como el grotesco intento de golpe de Estado que, con la complicidad sin duda de “gente muy importante” usted ha instigado. Demostrándose así la vanagloriada ejemplaridad de su “democracia más antigua del mundo”. 

En consecuencia, por tanto escarnio, crimen y dolor, no le deseo un futuro feliz ni venturoso pues cuanto peor le vaya a usted mejor nos irá a los humanos.

Hasta nunca Mr. Trump

José L. Quirante