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Plantilla de la tienda ZARA en el centro comercial Gran Plaza 2, durmiendo
sobre cartones. (Fuente: Twitter/@Oprimide)

En 2019 todos los pasquines del capital se partían en elogios hacia el benefactor del país: Don Amancio le llamaban entonces. Había donado 309 millones de euros (entonces era el sexto hombre más rico del mundo) para sufragar la adquisición de equipos de radioterapia.

Bienvenida fuera, pero si pagara impuestos en este su país de su alma (perdón que me estoy riendo) igual no hacía falta tanto espectáculo.

Aquí podemos ver cómo explotando a los trabajadores de los países donde tienen menos derechos se puede hacer fortuna. No es nuevo, ya lo hicieron otros españoles en las américas, o los ingleses y franceses en sus colonias, o que decir de los belgas con aquel sátrapa llamado Leopoldo II que cortaba manos de niños, mujeres, hombres, ancianos para presionar la producción.

El señor Ortega no es Leopoldo II, él no manda mutilar a nadie (al menos que se sepa) pero se aprovecha de mano de obra esclava en los países adonde se ha llevado sus fábricas, y suponemos que parte de sus tributos.

Ocurre que en la otrora metrópolis que es Españistán, se están volviendo las tornas, las condiciones aún no son como en las colonias, pero ante la falta de éstas, hay que obtener plusvalías de los de aquí, sea como sea.

La noticia saltaba a los diarios: “Trabajadores de ZARA durmiendo entre cartones porque no les permitieron cerrar antes pese al temporal”. Lo jodido son las comparativas, puesto que otras tiendas sí que cerraron antes para permitir a los trabajadores volver a sus casas.

Tampoco vamos a echarle la culpa al benefactor de Don Amancio, que por cierto, donó a través de una Fundación, una de las triquiñuelas más frecuentes para evadir impuestos. No, posiblemente, la culpa sea del responsable de la tienda, pero la culpa in vigilando la tienen los directivos de la empresa, ellos son quienes dictan las circulares de funcionamiento y quienes eligen a sus perros para que ataquen a los obreros.

Esa cadena de mandos intermedios que llegan a ser peores que el amo. Así es el desclasado que se cree clase media, el perro que duerme en la calle defendiendo el cortijo del amo, el Paco de los Santos Inocentes, y tanto otro ejemplo que la cultura española nos deja.

Supongo que quien cortaba las manos en el Congo tampoco era Leopoldo II; él se lavaría las manos, las suyas, claro, pero sus instrucciones eran obtener beneficio de cualquier manera. Y sus mandos intermedios aplicaban las normas que estimaban oportunas para cumplir el objetivo o para llenarse sus propios bolsillos, nunca se sabe.

Lo que está claro es que quien produce plusvalía es el que trabaja, a la vista está que cerrar un par de horas antes debía provocar un déficit inaceptable para el lacayo de Don Amancio. ¿Qué habría ocurrido si esos obreros, debidamente organizados, hubiesen antepuesto su integridad física a las órdenes de un mindundi? Posiblemente se habrían ahorrado la penuria de dormir entre cartones una noche, penuria que desgraciadamente mucha gente vive a diario. Pero no creo que en la tienda de Zara haya siquiera un sindicato de clase, a lo sumo, tendrán a alguno desclasado, de esos que pactan con la patronal continuamente, nadie que los forme y los ayude a luchar, nadie que cree conciencia de clase (cuánta falta nos hacen los CUO). Somos clase obrera y el dolor de ella es el nuestro. Las grandes multinacionales pactan con los grandes sindicatos (Inditex pactó en diciembre pasado con CCOO) y a los trabajadores se les dan migajas, porque en la tienda donde se produjo, seguro no había ningún delegado sindical ni nada parecido.

Ya vemos que no es oro todo lo que reluce y que sólo el pueblo organizado salva al pueblo.

Juan Luís Corbacho