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Decía Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón que en el socialismo también requeriremos la policía debido a que la expropiación de los expropiadores (como lo definía Marx) no eliminaría a los locos, los psicópatas, las perversiones sexuales delictivas; entre otros problemas que la justicia social no elimina por sí misma. Muchas veces se nos olvida esta simple evidencia, no sólo lógica sino histórica. Por eso, las críticas a la serie de Sorogoyen Antidisturbios porque no presenta a los policías haciendo el saludo fascista, besando la bandera del pollo o alabando cada diez minutos la unidad sagrada de la madre patria son equivocadas. Ante todo: no es un documental, es decir, no muestra, representa. Y representar significa también construir una imagen ideológica de lo representado. Antidisturbios, sin caer en una imagen amable de la policía, permite un punto de partida para que se pueda intervenir en ella y no caer en la mera condena.

La serie comienza con una unidad de antidisturbios ejecutando un lanzamiento; durante él, ellos asesinan a un inmigrante que apoya a los manifestantes de Stop Desahucios. No son los soldados de El acorazado Potemkin. Pero los presenta como los ejecutores últimos de las decisiones que se toman en otro lugar, por otros motivos. Dejaré la reconstrucción argumentativa para un segundo artículo. En este me centraré en la unidad de antidisturbios.

En grupo su relación es compleja: la solidaridad aflora en distintas escenas clave de la serie -si la serie contara una huelga en la minería asturiana, aplaudiríamos esta demostración de conciencia de clase; no obstante, las relaciones internas son extremadamente conflictivas y se cierran en falso con conatos, narrados magistralmente, de peleas entre ellos. Los seis siempre están entre el abrazo fraternal y molerse a palos por pequeñas diferencias. La violencia de su trabajo inunda también las vidas íntimas de cada uno de ellos: los divorcios, los actos de ira hacia la pareja, la incomunicación, el acoso a la mujer son el pan nuestro en su intimidad. El ejercicio laboral de la violencia, su monopolio estatal, no puede dejarse en la taquilla de la comisaría e impregna el resto de la vida.

Individualmente, cada uno de ellos podría tranquilamente ser nuestro compañero de trabajo. Encontramos al niñato violento sin paciencia siempre a punto de usar las defensas (curioso nombre para un arma) contra quien sea. El resto no son descerebrados con adrenalina por conciencia. La mayoría están en el cuerpo por un trabajo, no se identifican completamente con el cuerpo. Salva, el jefe de la unidad en el primer capítulo, tiene que tomar analgésicos potentes para poder resistir el horario de trabajo y sueña con un destino de oficina. Úbeda cae en una depresión que conlleva ataques de ansiedad y le impiden desempeñar su trabajo y destroza su vida familiar. Álex sigue la tradición familiar de pertenecer al cuerpo, no parece que le motive nada más que la lealtad a la familia y los compañeros, entre las que tendrá que elegir. Elías llega a la sección desplazado de otra unidad, se supone que por acoso a una compañera. Por último, López está en el cuerpo por una cuestión ética, por un deber moral de colaborar socialmente con mejorar un poco las cosas (llega a decir en un interrogatorio). Compromiso que le llevará finalmente a tener que abandonar el cuerpo.

La serie no requiere el abuso grandilocuente de convertir a los policías en meros fascistas sedientos de sangre. Lo agradezco puesto que permite ver que no hay que serlo para asesinar a alguien. Y así podamos preguntarnos cómo puede llegar a ejercerse la violencia extrema sobre las clases populares sin maniqueísmos.

Jesús Ruiz