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No escribo esta crónica para iniciados/as. Nosotras y nosotros conocemos ya el grotesco espectáculo que son las elecciones presidenciales yanquis, eso que los enajenantes medios de desinformación burgueses llaman con cinismo la “especificidad de la democracia norteamericana”. Escribo por tanto esta terapéutica y fogosa invectiva, primero para arrojar de mí las nocivas dosis de banalidades y memeces recibidas de la televisión hispana (pública y privada) durante la campaña electoral en casa del Tío Sam, y a continuación y sobre todo, para agitar las conciencias de quienes aún enarbolan la presunta ejemplaridad de los comicios “made in USA”.

Ceremonia esperpéntica

¿Cómo se puede seguir creyendo en el paradigma electoral yanqui después de lo que hemos visto antes, durante y después del pasado 3 de noviembre? Una campaña electoral basada en la representación hollywoodiense, y en la que sólo dos partidos políticos, el demócrata y el republicano, que se parecen como dos gotas de agua, acaparan la atención de los  y las electoras. Unos candidatos multimillonarios, fatuos representantes de la oligarquía yanqui, dispuestos, si se tercia, a pulsar el botón nuclear (ya lo hicieron en 1945) para defender el capitalismo más feroz y el imperialismo más abyecto.

Un sistema electoral antidemocrático, enrevesado y torticero que esquiva la elección directa del presidente norteamericano y otorga poderes excepcionales a determinados estados, posibilitando la increíble paradoja de que el candidato ganador pueda ser el perdedor (como ocurrió con Hillary Clinton en 2016). Un presidente saliente, el fascista Donald Trump, que se autoproclama presidente electo por segunda vez consecutiva antes de concluir el recuento de los votos, al tiempo que azuza a sus esbirros para que, armados como mercenarios, asalten los colegios electorales y detengan el – por otra parte – interminable conteo de los sufragios legalmente expresados, etc., etc. Y toda esa ceremonia esperpéntica, envuelta en una mortífera pandemia que ha causado ya la muerte de más de 250.000 personas mientras la sangre de los George Floyd fluye impunemente todavía por las calles y plazas. Y todo ese dislate como si nada insólito hubiera ocurrido: los medios burgueses y el mundo capitalista que representan lisonjeando al que, ignorado por Trump, anuncian como el presidente electo, el carcamal Joe Biden; y todos alborozados, prestos a aceptar el cambio para que todo siga igual.

El amigo americano

¡Qué no habrían largado por estos lares los piquitos de oro de la mafia mediática, o escrito las plumas selectas de las secuaces voces de sus amos, de haber sucedido sólo un tantico así de todo eso en algún otro lugar del planeta! Por ejemplo… en Venezuela. Se habrían subido por las paredes. Habrían considerado fraudulentas las elecciones. Los observadores internacionales (por cierto, ¿dónde carajo estaban esta vez?) se habrían extenuado buscando entuertos y muchos líderes europeos, imitando al inefable Pedro Sánchez, habrían fijado plazos máximos de hasta 8 días – ni uno más ni uno menos – para que el usurpador postergara la idea de ocupar la poltrona presidencial. Y todos y todas más alegres que unas Pascuas. Pero con el amigo americano “las cosas” no funcionan así. ¡Qué va! Con él, los temas escabrosos se solventan rindiéndole pleitesía. Es decir, requebrando sus ocurrencias y, como fieles lacayos, arrastrando el carromato capitalista dirigido por el imperio. Así, ahora en aguas más templadas, el paciente y sufrido Joe Biden, con casi 80 tacos a cuestas, desea sin demora ordenar el rebaño. Por ejemplo, el flamante presidente norteamericano requiere para nuestro país aumentar la presencia de sus soldados, así como que España se pringue más en la OTAN. A lo que el ejecutivo español, tachado de “social-comunista” por los fachas que ven rojo hasta el bicarbonato, ha respondido con el silencio. Y ya saben, quien calla… Sí, eso mismo.

José L. Quirante

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