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T.C.*, una mujer palestina del campamento de refugiados Bureij, unos de los más pobres y hacinados ubicado en el centro de la Franja de Gaza, había sido víctima de maltratos físicos y verbales por parte de su marido durante mucho tiempo. Con la pandemia, la situación se agravó y el abuso se convirtió en algo cotidiano.

"A veces siento que todo esto es una pesadilla y que tarde o temprano me despertaré, pero la pesadilla nunca termina y no sé cuánto tiempo más podré aguantar", se encuentra entre los cientos de millones de víctimas de la violencia contra las mujeres y las niñas, que se ha intensificado desde el brote de COVID-19. Anita Bhatia subdirectora ejecutiva de ONU Mujeres considera que debe ser tratada como “una pandemia en la sombra, un problema de salud pública como la malaria”.

Año tras año, cuando llega el 25 de Noviembre, se recaban datos que muestran lo dramática que es la realidad de la violencia contra las mujeres y cuan honda y profunda es la brecha entre géneros. Leemos que la preocupación es universal, con cifras vergonzantes: una de cada cinco mujeres sufrieron agresiones físicas o sexuales por parte de sus parejas en el último año, unas cifras que el confinamiento ha empeorado por la convivencia obligada de víctimas y agresores, según distintos organismos.

Pero parece que para esta pandemia no hay urgencia por encontrar vacuna, no se destinan ingentes sumas de dinero para atacar sus causas, no hay prisa por disponer medidas urgentes para atajar sus consecuencias y por parte de los estados y a nivel mundial mas allá de protocolos reiteradamente incumplidos, no se destinan apenas recursos, ni personales ni monetarios, que acabe con la violencia contra las mujeres.

La violencia es un problema social y político, una manifestación del poder y dominación, que nos coloca a todas y todos en situación de violencia. La agresividad y crueldad que atenta contra nuestras vidas no las provoca la criminalidad organizada, la provoca el sistema capitalista. La violencia es parte consustancial al mismo, basado en el patrón de acumulación, es un verdadero depredador y un riesgo explícito para la sostenibilidad de la vida. Sus procesos de apropiación de recursos y cuerpos, provoca una vida llena de violencias para toda la clase trabajadora.

A este primer factor de violencia generalizada se suma el orden patriarcal, que establece relaciones jerárquicas, colocando a las mujeres a una situación de subordinación. El Patriarcado no obedece sólo a la diferenciación de género, pues la situación de dominación y sus prácticas afectan incluso a los hombres e identidades fuera de la norma, pero establece una violencia específica contra las mujeres que se usa para mantenernos oprimidas y crea condiciones de mayor vulnerabilidad.

En este marco de violencia y crisis estructural llega la Covid y con las medidas de confinamiento crea la "tormenta perfecta", según Mlambo-Ngcuka (ONU), exacerba las tensiones acerca de la seguridad, la salud y el dinero. "Para muchas mujeres y niñas, la amenaza es mayor precisamente allí donde deberían estar más seguras. En sus propios hogares... Sabemos que los confinamientos y las cuarentenas son esenciales para reducir el COVID-19. Pero pueden hacer que las mujeres se vean atrapadas con parejas abusivas."

Los datos sobre la pandemia que importa, la del Coronavirus, inundan los medios y ocultan otras realidades, múltiples historias de explotación, opresión y violencia. En los últimos 12 meses, 243 millones de mujeres y niñas (entre 15 y 49 años) en el mundo han sufrido violencia sexual o física por parte de un compañero sentimental (ONU). El insuficiente número de denuncias, por las dificultades de movilidad además de que menos del 40% de las mujeres que sufren violencia buscan ayuda o denuncian hacen que los datos recopilados no sean fieles a la realidad.

Es probable que esta cifra crezca con múltiples efectos en el bienestar de las mujeres, su economía, su salud mental, sexual y reproductiva y su capacidad de participación y liderazgo. Esto no es portada, lo único que importa es la crisis sanitaria y económica provocada por el coronavirus.

Sin embargo, los primeros datos muestran que los teléfonos de asistencia en Singapur y Chipre registraron un incremento de más del 30%. En Nueva Gales del Sur (Australia), el personal de primera línea comunicó un 40% más de solicitudes de casos de violencia. En Francia, los casos de maltrato aumentaron un 30% y en Argentina, las llamadas de auxilio crecieron un 35% desde el inicio de la cuarentena.

En España, las llamadas al 016 subieron un 60% los primeros 15 días, en la segunda quincena se registraron 548 llamadas más que en la primera. Se habilitó un chat para apoyo psicológico inmediato a las mujeres que estuvieran sufriendo violencia física o psicológica y solo en abril se atendieron 1.283 consultas.

En el Reino Unido, las llamadas, los correos electrónicos y las visitas a la web de Respect, una organización que lucha contra la violencia de género, han aumentado un 97%, un 185% y un 581% respectivamente. En las tres primeras semanas de confinamiento, catorce mujeres y dos niños fueron asesinados en ese país.

La foto global resulta dispar y no es positiva: no es igual hablar de derechos reproductivos en Polonia que en Suecia, ni son iguales los niveles de violencia: por ejemplo, en Cuenca, Ecuador, el 90% de las mujeres sufrieron algún tipo de acoso sexual en los últimos 12 meses. La situación es extremadamente grave y los riesgos no son iguales para una mujer racializada, precaria, migrante o discapacitada que para una europea de clase media.

Solo si subvertimos “el orden natural” del capital y el patriarcado podremos mediante la lucha acabar con toda la violencia y desterrarla de la vida de las personas.

Tatiana Delgado