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La lucha canaria está considerada una práctica, incluso un deporte, arraigado a la identidad popular canaria. No se tiene constancia cierta de cuánto tiempo hacía que los aborígenes lo practicaban cuando llegaron los primeros europeos, a principios del siglo XV; pero perdura hasta hoy como disciplina vernácula que ha bebido del desarrollo histórico del actual pueblo canario. En ese sentido resulta peculiar la reproducción cultural de la lucha canaria original por la sociedad rural canaria castellanizada; entonces no sólo entre aborígenes esclavos o colonizados, sino también entre labriegos colonos europeos y esclavos africanos, que a pesar de la completa evangelización social impuesta, la censura inquisidora y los flujos migratorios intercontinentales, consigue hacerse un hueco como pasatiempo popular entre la gente más humilde.

Con todo ello, y no sin haber sufrido transformaciones, lo que hoy se entiende por lucha canaria suponía, para la sociedad aborigen y posteriores, un acto de confrontación entre comarcas y pueblos por un reconocimiento social, en ocasiones de combate y se cree que también de celebración; pero en todo caso regida por un principio moral denominado comúnmente como nobleza (entendida como honestidad, integridad u honradez), de respeto mutuo al contendiente antes y después de la brega, que conforma parte de una seña cultural con la que la canariedad se vincula al periodo de los aborígenes del Archipiélago.

El reglamento y la federación que pretendían homogeneizarla en las siete islas es algo relativamente nuevo en la historia de la lucha canaria. Sus promotores calcaron la idea popular original de los dos bandos enfrentados, con la figura del “pollo” (o luchador más destacado) como referente del bando de luchadores. No podemos hablar de clubes de lucha hasta el siglo XX; pues generalmente se luchaba por grupos de comarcas o pueblos: norte contra sur, o el alto contra el bajo; en espacios abiertos y de entrada libre, como fue el caso documentado de la Luchada de Media Montaña (1834), donde se llegaron a reunir 1.000 personas en torno a un terrero de lucha que acogía a bregadores de toda la isla de Tenerife. A raíz del apoyo popular masivo a este evento, y en un contexto de gran desarrollo de las fuerzas productivas que empezaba a desplazar al Antiguo Régimen de Europa, a finales del s. XIX se rompe esa tónica abierta y popular de entender la lucha con un fin netamente lúdico, sustituyéndose por otra en la que se “agarraban” por una mercantilización forzosa de entender el acto como un show. Con la introducción por parte de Salvador Cuyás del concepto “lucha-espectáculo”, el luchador se convierte en empresario con quien la Compañía contactaba para que atrajese al circo Cuyás a otros luchadores-empresarios (incluso de otras islas) , a fin de crear un lucrativo negocio que llenara los bolsillos de la compañía y de los luchadores. A Así, la tradición de ofrecer bienes (generalmente comida) a los luchadores que bregaban con “nobleza” se convierte en un pago que convertiría el ocio comunal y desinteresado en negocio, y el valor en alza el dinero en detrimento de la nobleza. Cuyás se dedicaba a llenar el teatro encendiendo a la afición en panfletos, vallas publicitarias, periódicos y radios, y los luchadores por su parte participaban no sólo por el premio de una “bolsa” en juego para el campeón, sino también por su parte de la recaudación o lo recibido desde la grada en el teatro. El buen funcionamiento de esta moderna modalidad llevó incluso a que otras compañías americanas imitasen las luchadas del circo Cuyas allá donde hubiera migración canaria (Cuba, Venezuela y Argentina, sobre todo), que además mantuvo muy bien el acervo folklórico más allá de sus islas, compartiéndolo en los sitios de destino.

La aparición del cine hizo que Cuyás dejara el negocio del circo para dedicarlo al teatro. Ello, sumado a la universalización del fútbol, haría que la lucha canaria perdiera peso social como deporte nacional, y que paradójicamente haya quedado relegado a los ámbitos rurales donde surgió, perdurando como tradición popular de gran trayectoria y reconocimiento social que brega por mantener un legado de valores que no mercantilice cada espacio que pertenece al pueblo trabajador en la defensa de su identidad.

Pie de foto: “La luchada de Media Montaña, 29 de julio de 1834 en Candelaria, Tenerife

Manuel Gómez