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El hecho de que se cumplan 103 años desde que triunfó la Revolución Socialista de Octubre en Rusia es un buen motivo para continuar reflexionando sobre ella y a la vez, sacar las mejores conclusiones y análisis que nos permitan, en la actualidad y en el capitalismo del siglo XXI, seguir con el compromiso de organizar otra revolución socialista.

Mucho se ha escrito y reflexionado en los materiales formativo y de propaganda del partido acerca de este episodio histórico de gran relevancia para los revolucionarios y revolucionarias del mundo. Recordemos que estos materiales sobre el análisis de la Revolución Rusa sirvieron como detonante de un enfrentamiento de interpretaciones en el seno del movimiento comunista internacional que dio origen a (o más bien, fue la expresión de) una profunda división en torno a cuestiones no sólo ideológicas, sino también a cuestiones organizativas, políticas, tácticas y hasta morales en el seno del movimiento comunista. Por tanto, no estamos hablando tan solo de un hecho histórico, datado en el pasado y sin influencia en el presente; estamos ante un problema, una interpretación que tiene que ver con la lucha de clases del presente.

La revolución socialista en Rusia se puede analizar desde muchas perspectivas y puntos de enfoque, ya que fue un fenómeno histórico con innumerables factores que intervinieron o tuvieron influencia en el mismo. A modo de síntesis podemos señalar los que nos parecen más relevantes en función de la capacidad que pueden tener para intervenir en el presente como organizadores de la revolución:

En primer lugar (no por ello el factor más importante), la Revolución de Octubre fue la plasmación práctica, histórica, de la interpretación por parte de una formación política e ideológica, de un marxismo adaptado a la realidad concreta y que partía de esa misma realidad: el bolchevismo fue, sin duda, el movimiento revolucionario que supo realizar una adaptación plenamente viva, eficaz y científica del marxismo del momento, que permitió a los bolcheviques ruso situarse en la vanguardia práctica del movimiento obrero y popular en Rusia. Y esto fue posible a través de una concepción crítica del marxismo hegemónico en ese momento: finales del siglo XIX, principios del XX. El marxismo interpretado por la II Internacional se había convertido en una concepción mecanicista y estereotipada de la realidad social y económica del momento. De la mano del partido obrero en Alemania, el enorme desarrollo del proyecto socialdemócrata en Alemania había transformado en la práctica al partido revolucionario del proletariado en un partido de reformas, adaptado plenamente al orden social y que realizaba una retórica discursiva que era justamente la contraria a la realidad práctica de su quehacer político en la sociedad alemana. Lenin percibió esa contradicción y apoyándose en el vigor del movimiento obrero ruso, un movimiento joven, incipiente y rupturista por sus propias condiciones sociales y políticas, desarrolló una interpretación crítica de ese marxismo hegemónico, la cual puso al bolchevismo en condiciones de situarse en una vanguardia teórica capaz de proporcionar elementos tácticos y estratégicos correctos y válidos al movimiento obrero y popular ruso. Y esto Lenin lo consiguió a través de un estudio muy concienzudo y pormenorizado de la formación socio-económica rusa del momento. Distinguió las diferentes clases y fracciones de la misma que se enfrentaban en la sociedad rusa, cuáles eran sus intereses y necesidades sociales esenciales, las que definían su existencia social e histórica. Cuál era la correlación de fuerzas, las potencialidades para la creación de bloques sociales y alianzas, así como la conformación de fuerzas sociales que dinamizaran la lucha de clases. Cuál era el desarrollo de las fuerzas productivas, los distintos elementos económicos que convivían en la formación rusa, y cuáles de estas fuerzas productivas y relaciones de producción aparejadas determinaban la dinamización y hegemonía en dicha formación socio-económica.

Eso Lenin lo realizó tras un análisis objetivo de dicha realidad social, alejado del sectarismo, señalando las determinaciones potenciales de los principales elementos que confluían en dicha realidad histórica. A partir de ese análisis determinó los sujetos sociales principales y los instrumentos organizativos para activarlos y proyectarlos. Determinó también que la incipiente clase obrera rusa, focalizada en regiones industriales concretas, era el sujeto revolucionario principal: la fuerza de choque de la revolución, el elemento principal a organizar y dotar de conciencia propia y revolucionaria.

Pero junto a este sujeto revolucionario se encontraba otro tan importante o más, toda vez que este sujeto era el principal elemento o fuerza sobre el que gravitaban las más apremiantes y determinantes contradicciones sociales que permitirían impulsar la revolución en Rusia. Ese sujeto era el campesinado. En él confluían las contradicciones más flagrantes, más claras y evidentes, que lo convertían en el elemento más dinámico de la situación social. El problema de la tierra, del poder de los terratenientes como elemento retrógrado en el desarrollo de las fuerzas productivas, colocaba la contradicción campesinos-terratenientes como un elemento a resolver de manera revolucionaria. Y convertía al campesinado, o a parte de sus elementos, en potenciales aliados de la clase obrera rusa.

Aquí Lenin sitúa su gran capacidad de análisis de lo concreto y del momento histórico como el elemento teórico que permitió al bolchevismo ubicarse casi siempre en la vanguardia ideológica del movimiento revolucionario. Planteó como esencial para el desarrollo revolucionario la alianza con los jornaleros y el campesinado pobre y proletarizado, así como la neutralización, desde el punto de vista de las alianzas, del campesinado medio y pequeño burgués. Lenin estableció la necesidad urgente de conformar un bloque social, una fuerza social conformada por la alianza entre la clase obrera y el campesinado asalariado, como el principal elemento del dinamismo de la revolución. Y en función de ese bloque determinar que la revolución futura en Rusia debía tener un carácter democrático: de satisfacción de las demandas más sentidas por los campesinos y que, por tanto, esta revolución rusa adquiría las características definidas por Marx de revolución permanente.

En segundo lugar, en el análisis de las aportaciones del bolchevismo en el proceso revolucionario ruso, hay que situar lo que podríamos definir como el elemento más trascendental de la formación teórica leninista: el partido. Aquí sí podemos colocar al elemento histórico que superó toda interpretación marxista previa , el instrumento organizador y dinamizador de la revolución. El partido y más allá, la organización, fueron para Lenin el elemento principal, prioritario, que permitió el triunfo revolucionario en Rusia. Y lo fue en base a la enorme capacidad que tuvo el partido bolchevique para percibir en todo momento el estado de ánimo, la percepción subjetiva del sujeto revolucionario. Su contacto estrecho con la clase obrera, en base a su inserción en la lucha cotidiana y permanente de ésta por sus condiciones concretas de vida, permitió al bolchevismo compenetrarse de tal manera con las masas obreras y populares que supo disponer de esa capacidad de interpretación de la disposición de la clase obrera para captar las consignas y pasos tácticos del partido bolchevique.

Por poner un ejemplo histórico concreto del proceso revolucionario ruso: en julio de 1917, las contradicciones sociales en las principales ciudades industriales rusas estaban en su momento más álgido y agudo. El proletariado ruso estaba con un estado de ánimo revolucionario. El gobierno provisional menchevique y eserista no sólo había defraudado a la clase obrera, sino que había intensificado sus grados de explotación. La paz no se había firmado y el gobierno de Kerenski planteaba iniciar una gran ofensiva militar en todo el frente ruso-alemán. Las demandas políticas y sociales de la clase obrera se veían atacadas continuamente por las medidas gubernamentales y el clima social era enormemente propicio para el estallido de una revolución obrera. Así las cosas se produce una gran movilización de masas: manifestaciones y huelgas activan a un proletariado que exigía el derrocamiento del Gobierno Provisional y todo el poder para los soviets. En ese panorama, Lenin da instrucciones al partido bolchevique para que no potencie esas manifestaciones y se produce un gran debate en el seno del partido: colocarse a la vanguardia de ese movimiento de masas, o bien recomendarle prudencia y serenidad.El elemento que Lenin tuvo en cuenta en esta situación fue el campesinado ruso, como elemento principal en las contradicciones de la sociedad. Los campesinos, y sobre todo los obreros campesinos, eran el sujeto principal movilizador en este proceso y Lenin determinó que este sujeto aún no estaba plenamente movilizado ni concienciado de sus propios intereses sociales. El sector proletario campesino no estaba participando activa y masivamente en las grandes movilizaciones del momento. Por tanto había que esperar, había que acompasar el estado de ánimo de la clase obrera con la inmensa mayoría de campesinos sin tierras. Porque si el proletariado se lanzaba a la conquista del poder en estas condiciones sería derrotado y su vanguardia aniquilada. Lo acertado de este análisis leninista se demostró cuatro meses más tarde, cuando el 7 de noviembre, un día antes de iniciar sus sesiones el Congreso de Soviets de toda Rusia, Lenin planeó una insurrección que a través de la fuerza de choque armada del partido -la Guardia Roja-, consiguiera neutralizar las fuerzas enemigas en un golpe de mano. En ese momento todas las contradicciones principales estaban en su punto más álgido y caliente. El campesinado había iniciado un profundo movimiento de ocupación de tierras y de organización de soviets campesinos, y la clase obrera se recuperaba de la represión acontecida tras las jornadas de julio y volvía a ser protagonista de grandes movilizaciones sociales. El bloque popular y revolucionario estaba plenamente activo y movilizado. En esas condiciones, el golpe de mano del partido bolchevique a través de la Guardia Roja colocó ante ese bloque social el hecho consumado de tener el poder en sus manos, por mediación del Congreso de Soviets. Esa fue la gran significación histórica del 7 de noviembre: la insurrección armada de ese día puso enteramente el poder en los soviets, formas previas de organización de masas, lo que colocó a éstas en la disposición de ejercer por mismas y por sus propios medios la dictadura del proletariado. No hubo una usurpación de papeles, no hubo una visión simplista de la realidad y de los sujetos sociales por parte del partido bolchevique. Todo lo contrario, su potencial marxista, fraguado en años de lucha crítica y autocrítica con el marxismo “oficial” y mecanicista de la II Internacional, le permitieron situar al instrumento organizativo como elemento dinamizador del proceso revolucionario, pero nunca como el único elemento de dicho proceso, ni confundió el partido con la clase. En la medida en que las masas se constituyeron como sujetos con sus medios organizativos propios (los soviets, los comités de campesinos pobres, los comités de empresas y los comités de barrios), se pudo crear la fuerza social que permitió la transformación revolucionaria.

El partido dotó a esa fuerza social de objetivos inmediatos y a largo plazo, de consignas tácticas que le permitieron atacar en el momento preciso y retroceder en el momento oportuno. Y que supo dar el golpe demoledor justo en el momento exacto: el 7 de noviembre de 1917.

Alexis Dorta.