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El año pasado se estrenó una miniserie francesa, El Colapso, que, con la pandemia, parece haber sido todo un vaticinio de lo que se nos venía encima. La serie es brillante en muchísimos aspectos. El Colapso cuenta distintas situaciones en un mundo urbano que, sin que sepamos la causa, se ha ido por el desagüe: no hay alimentos en los supermercados, no hay gasolina y todo  apunta a que se reducirá a una lucha darwiniana por la existencia.

Su forma, episodios de 20 minutos rodados en plano secuencia, consigue que la sensación de angustia sea tan intensa en el espectador como para los personajes. El hecho de que cada episodio cuente un acontecimiento distinto, con personajes diferentes, contribuye a la certeza de pérdida de la vida normal e impide, para mí un acierto de la serie, la identificación con una historia o personaje en particular.

Pero también las nociones ideológicas sobre las que se asienta son brillantes. El Colapso tiene todos los mimbres para ser cualquier serie de zombies sin zombies: un regreso a un estado de naturaleza en el que, tras caer el Estado, se desata una guerra de todos contra todos por la propiedad. Podría haber celebrado el pillaje y el saqueo, la especulación, pero ha optado por una solución fraterna, solidaria; aunque sin caer en la ñoñería o el infantilismo de la bondad natural.

Hay pillaje pero tiene un carácter de clase; hay especulación: el dueño de una gasolinera especula con los últimos litros de combustible, pero pagará las consecuencias. Hay egoísmo y lucha hobbesiana pero siempre en contraste con la abnegación solidaria de quien cuida de los demás. Hay una isla a salvo de la hecatombe, pero reservada a los extremadamente ricos. La amenaza, tantas veces repetida, de The walking dead de un mundo en guerra se contrarresta con una humanidad compleja y dubitativa pero presta al encuentro con el igual.

Quiero fijarme en dos de los episodios principalmente: «El supermercado» (el primero de los ocho) y «La aldea» (el cuarto). El primer episodio cuenta el enfrentamiento en una pareja: el novio, de clase obrera, trabaja en el supermercado, mientras que su novia, quien tiene una vida acomodada, le exige que abandone su vida, saquee con ellos y se marche a una residencia de campo. Los 20 minutos del episodio es la contraposición del sacrificio que supondría para el obrero el abandono de su vida (necesita el salario para poder pagar sus estudios universitarios) frente a la seguridad de quien huye de todo con los riñones cubiertos por la propiedad y el dinero. Os dejo sin desvelar cómo se resuelve la lucha de clases dentro de la pareja.

En «La aldea», quizá el mejor episodio de toda la serie, un grupo de huidos de la ciudad llegan andando a una comuna rural, como si refugiados fueran. El conflicto del episodio ocurre mientras en la asamblea de la comuna se decide si aceptan al grupo por completo o solo a las manos útiles. El debate no es baladí porque supondría una merma en la calidad de vida de los comuneros la aceptación de los extranjeros. Varios de los llegados, asumiendo las tesis hobbesianas piensan que van a ser arrojados a su suerte, de nuevo a los caminos. El individualismo ciego de estos personajes desencadenará una serie de acciones que desembocan incluso en el asesinato entre ellos, mientras que la asamblea... (No desvelo nada).

El Colapso no niega ingenuamente la malicia que aparecería en un momento de crisis, pero, y esto es fundamental, afirma que no es la única opción por la que optaría el hombre ni que fuera la más común.

Jesús Ruiz