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La producción capitalista de mercancías tiende, por su misma naturaleza, a ser una producción para el mercado mundial, mientras que los capitales que organizan esa producción de mercancías de forma competitiva están estructurados en naciones-Estado burguesas. La producción generalizada de mercancías presupone la existencia de un valor de cambio independiente (dinero) separado y aparte de las mercancías producidas. Pero el dinero está estructurado en monedas nacionales. El impulso a expandir constantemente la acumulación de capital, a incrementar permanentemente la realización de plusvalor, junto con la necesidad de economizar el uso de la mercancía especial que sirve de equivalente universal, han conducido a una situación donde el oro por sí solo no puede cumplir su función de moneda mundial. Sólo es “moneda mundial en última instancia”.  

Aunque no existe ningún “Estado mundial” burgués y por tanto un “papel-moneda internacional”, el papel-moneda de un Estado burgués hegemónico específico normalmente puede sustituir al oro y hacer las veces de moneda mundial (puede servir de instrumento para saldar las cuentas corrientes entre las empresas y naciones del mercado mundial y también puede servir de divisa de reserva para otras monedas) con tal de que sea “tan bueno como el oro”. Durante el siglo XIX, fue el papel de la libra esterlina y después de la II Guerra Mundial el del dólar.

Si en los países imperialistas se da hoy en día una creciente huida del dólar es porque la industria norteamericana se ha vuelto menos productiva que la de muchos de sus principales competidores en una serie de ramas de la industria que ocupan la mayor parte del espacio de las exportaciones mundiales de bienes manufacturados. El déficit crónico de la balanza comercial de EE. UU. tiene sus raíces en una productividad más baja.

La hegemonía de la libra esterlina como moneda dominante del mundo venía a ser algo más que la simple expresión de la supremacía del capitalismo inglés. Era también la manifestación de un sistema capitalista mundial en auge, expansivo, confiado en sus propias fuerzas y relativamente estable en el plano social.

Tras la I Guerra Mundial, y en especial tras la gran crisis de 1929-32, la situación cambió radicalmente. La crisis de 1929-32 no sólo fue la más aguda de las que había tenido que afrontar el sistema capitalista, o una manifestación de que las contradicciones internas del sistema habían alcanzado unas cotas explosivas; sino que vino también acompañada de retos sociales y políticos que, después del triunfo de la Revolución de Octubre, eran inconmensurablemente más peligrosos para el sistema que los existentes antes de 1914.

Resulta interesante recordar que el boom de la “inflación crediticia” empezó en EE. UU. durante la Gran Guerra Europea, es decir, que sostuvo los efímeros “felices” años 20, interrumpidos por el crac de 1929, para recobrar sus señas de identidad a partir de la II Guerra Mundial.

La inflación del crédito ha desempeñado una doble función para estimular el largo auge de la posguerra. Ha creado un mercado de amplia extensión que, en el caso de EE. UU., absorbe una proporción significativa de las ventas totales de dos sectores clave de la producción: automóviles y viviendas. Simultáneamente, la inflación de crédito ha permitido a las firmas comerciales expandirse por encima de la cantidad de plusvalor de la que se habían apropiado. Después de la II Guerra Mundial, el capitalismo internacional ha navegado hacia la expansión sobre un mar de deudas. La revista Business Week no dudó en describir  toda la economía americana como una economía de deudas. Este fenómeno no es privativo de EE. UU., aunque ciertamente sea más acusado allí que en otros polos imperialistas.

¿Por qué fue la inflación incapaz de remontar indefinidamente las contradicciones internas de la expansión capitalista? ¿Cuáles fueron exactamente las contradicciones económicas que determinaron el final de la onda larga expansiva de 1940/48-1968?