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Al igual que la primera restauración, que acabó con el bisabuelo del monarca actual (Alfonso XIII) en el exilio, esta “restauración” apadrinada por el dictador Francisco Franco en la persona de Juan Carlos I (el mata-elefantes graciosamente titulado como rey emérito) se hunde en un marasmo de escándalos personales y familiares, corruptelas generalizadas y escándalos económicos (robos y fraudes incluidos). Felipe VI es el epítome de una saga acostumbrada a realizar este tipo de “dignas” corruptelas, como veremos a continuación, pues algunos apuntes históricos son sabrosísimos.

En los últimos 200 años la historia de la rama española de los Borbones ha estado repleta de negocios oscuros y escándalos de corrupción entre los que se incluye la participación en el mercado de esclavos.

Ya Fernando VII (1814-1833) amparó a los esclavistas españoles, cuyo negocio fue dificultado por la prohibición de la esclavitud tras la Revolución Francesa en diferentes países europeos, dándoles cobertura legal a cambio de recibir importantes cantidades de dinero. A su muerte la viuda -y regente- María Cristina de Borbón (1833-1840) estableció una cuota por cada esclavo que llegaba a Cuba y que percibía directamente, negocio mantenido por su hija Isabel II (1833-1866) cuyo reinado es considerado uno de los más corruptos de la Historia de España, lo que ya es decir mucho por lo alto del listón.

Por cierto el ínclito Fernando VII ante los levantamientos e insurrecciones en las colonias americanas negoció con Rusia la compra de parte de su flota, operación multimillonaria que fue un auténtico fiasco pues los barcos que llegaron a Cádiz estaban para el desguace, pero Rusia no devolvió el dinero y Fernando VII se quedó con sus comisiones (¿creían ustedes que estos “negocios” los había inventado el emérito?)

Si adelantamos un poquito el reloj de la historia, ya en la primera restauración borbónica nos encontramos con Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I que tuvo intereses en empresas que gestionaban servicios públicos como el Metro y Transmediterránea. También participó en el sistema de apuestas de las carreras de galgos. Y sin su participación la guerra de Marruecos sería difícilmente explicable, pues fue quien se empeñó en la construcción de una línea de ferrocarril para explotar las minas del Rif, provocando una guerra que dejó a España más de 20.000 soldados muertos y costó más de 5.000 millones de pesetas, y una parte de dicho dinero fue a las cuentas en Suiza de Alfonso XIII.

Así cuando en las elecciones municipales de 1931 ganaron en las capitales de provincia (salvo en dos) los candidatos republicanos y comprobar que ni la guardia real estaba por la labor de defenderlo tuvo que exiliarse. Como dijo Valle Inclán: “Los españoles han echado al último de los borbones no por Rey sino por ladrón”.

Durante el exilio Alfonso XIII disfrutó de 11 residencias diferentes, coches, hoteles de lujo, safaris en Sudán, temporadas en Suiza (¿les suena todo esto?).... aparte de sus correrías por la Costa Azul. Y es que el 14 de abril de 1931 disponía en bancos de París y Londres de valores extranjeros por un importe equivalente a casi cincuenta millones de euros de hoy. Una muestra de su tren de vida es que en los diez años escasos transcurridos hasta su muerte se fundió dos terceras partes del dinero evadido. Quedaron poco más de 18 millones de euros (lo que tampoco está tan mal) a repartir entre sus herederos, de los que fue el conde de Barcelona quien sacó más tajada (sí, nos referimos a Juan de Borbón, el padre de Juan Carlos y que su cohorte de aduladores no cansaba de pregonar su frugalidad y falta de dinero).

Hablando de Juan de Borbón, entre lo que le legó directamente su padre y lo que le correspondió a la muerte de la reina Victoria Eugenia recibió lo que hoy serían unos siete millones de euros, engordados con la venta posteriormente de los palacios de La Magdalena (Santander) y de Miramar (San Sebastián), de la isla de la Cortegada (Pontevedra) y de otras propiedades inmobiliarias. Dejó un patrimonio de 1.100 millones de pesetas de 1993, de los que 728 millones permanecieron custodiados por la banca suiza incluso después de su regreso a España. La mitad, aproximadamente, recayó en su primogénito, Juan Carlos, que nunca repatrió ese dinero, como tuvo que reconocer la Casa Real en 2013.

Y que nadie crea que estas fortunas se concentraban únicamente en la rama directa de los Borbones. Por ejemplo -y antes de continuar con el nietito de Alfonso XIII- podemos señalar que Alfonso de Borbón -uno de los catorce nietos legítimos de Alfonso XII- murió en 1964 dejando una herencia de 90 millones de pesetas de la época (el equivalente hoy a 17 millones de euros). Alicia de Borbón Parma, esposa de Alfonso de Borbón, y su hijo Carlos de Borbón-Dos Sicilias y dos primos de Felipe VI -Pedro de Borbón-Dos Sicilias y su hermana Cristina- regularizaron, gracias a la amnistía fiscal del gobierno de Mariano Rajoy en 2012, 4.000.816 euros pagando en total 73.437 euros en impuestos: ¡el 1'84% de los fondos que guardaban en esas cuentas secretas! (¡a que usted querría que le aplicaran ese porcentaje de su sueldo en el IRPF! Pero se siente, usted no es un Borbón).

Otra prima de Juan Carlos, Inés de Borbón, también cobró en bancos suizos dos herencias valoradas en seis millones de euros. Por cierto que imputada por blanqueo en la trama Púnica no se cortó ante el juez: “En casa nos enseñaron a no hablar de dinero”.

Volviendo atrás un poquito, el general que dirigió el exterminio de demócratas en España imponiendo una dictadura sanguinaria no era un general monárquico cualquiera. Desarrolló su carrera militar masacrando independentistas marroquíes al frente de la Legión. El padrino de bodas de Franco fue el propio Alfonso XIII.

Las cuatro décadas que duró la dictadura se debió fundamentalmente a los intereses económicos y militares de los EEUU que cobraron su apoyo a la dictadura de Franco en forma de bases militares en España.

Antes de narrar algunas de las aventuras económicas del emérito Juan Carlos I no me resisto a recordar el suceso ocurrido el Jueves Santo 29 de marzo de 1956, cuando el joven Juan Carlos (18 años) mató a su hermano Alfonso de 15 años al disparar con una pistola de calibre 22 por “accidente”. El suceso desprendía tal tufillo, que su padre Juan recogió el cuerpo sin vida de su hijo, lo envolvió en una bandera española y exigió que Juan Carlos le jurara “que no lo hiciste a propósito”. No hay que olvidar que Alfonsito (apodado cariñosamente “el senequita” por la familia) era el predilecto, pues Juan de Borbón había preferido mandarle a Franco al “hijo tonto” y se rumoreaba que pensaba hacer heredero dinástico a su hijo Alfonso a pesar de que no era el primogénito. Años después Bernardo Arnoso, un amigo íntimo de Juan de Borbón, explicó que unos años después del suceso el Rey Emérito le confesó “que él había apuntado a su hermano pensando que la pistola no estaba cargada y apretó el gatillo”. En fin, ustedes mismos.

Volviendo con las andanzas económicas de Juan Carlos, el cepillo comenzó a funcionar, que se sepa, en 1962, cuando el presidente del Banco Popular Luis Valls Taberner organizó una suscripción popular encabezada por la duquesa de Alba que aportaría a los recién casados Juan Carlos y Sofía, 200 millones de pesetas de la época.

Durante el primer choque petrolero de 1973-74, el entonces príncipe de España se apuntó un tanto al dirigirse al monarca saudita quien le garantizó que España dispondría de todo el dinero necesario. No en vano, la familia real con la que ha mantenido una relación más larga y fructífera es la saudita y en concreto a su rey Fahd bin Abdelaziz al-Saud al que debía multitud de favores contantes y sonantes, como los 100 millones de dólares que le prestó durante la Transición y que el Borbón nunca entendió que debía devolver (todavía se recuerda con gracejo en la zona marbellí que cuando el rey Fahd iba a veranear se corría el dicho “hay viene el moro cabreado por sus millones queriendo cobrarlos”), o el regalo del segundo yate “Fortuna” en 1979 (por cierto, el primero también fue un “regalo” de millonarios y empresas españolas).

Por cierto, esos 100 millones de dólares iban, en teoría, destinados a fortalecer el liderazgo de Adolfo Suárez y crear la UCD, aunque buena parte se sospecha que fue para engrosar las cuentas en Suiza. También le pidió dinero (10 millones de dólares en este caso) para lo mismo al Sha de Persia. Justifica su petición en el peligro socialista “que supone una seria amenaza para la seguridad del país y para la estabilidad de la Monarquía, ya que me han informado fuentes fidedignas de que su partido es marxista. Por esta razón es imperativo que Adolfo Suárez reestructure y consolide la Coalición Política Centrista, para crear un partido para él que servirá de sostén de la monarquía y para la estabilidad de España”. Pobre Felipe González, nuestro querido multimillonario que tanto hizo por acabar incluso de nombre con el marxismo en el PSOE y su ímprobo trabajo con los GAL ¡acusarlo de marxista! Y todavía hay gente de izquierdas que lo defiende como uno de los suyos. Ah, por cierto, el sha no picó.

Como Andrés Gil cita Juan Carlos “podría haber pasado a la historia como el perjuro, pero el harakiri de las Cortes franquistas en 1976 vino a absolverle del juramento a los Principios Fundamentales del Régimen que hizo en 1969 y de la promesa de mantener el legado que pronunció tras la muerte del dictador. En lo último lamento disentir pues, en un ejemplo inigualable de gatopardismo, la tan cacareada Transición fue un proyecto político guiado por las fuerzas franquistas, supervisado por la CIA, con auténticos desastres como el abandono del pueblo saharaui, con la pervivencia hasta el día de hoy en las cercanías y satélites de la Casa Real de una manera de operar y funcionar, una cultura política que tiene la corrupción, el cobro de comisiones y mordidas como parte fundamental del mantenimiento de sus privilegios y muy vinculada a cómo se desarrollaron las élites en la dictadura franquista. Transición que supuso una mutación del franquismo basado en un pacto entre las élites político-económicas del franquismo y las élites políticas de la oposición que a cambio de su cuota de poder y participación desactivaron las enormes luchas de los trabajadores y en vez de propiciar una auténtica democracia y haber echado al heredero político de Franco adaptaron las estructuras político-económicas de la dictadura a una nueva correlación de fuerzas. ¡Que todo cambie para que todo siga siendo igual! Cuarenta años después tenemos los resultados devastadores con un régimen intrínsecamente inestable sumido en una crisis aparentemente irreversible.

Volviendo a los negocios Roberto Centeno, exconsejero delegado de CAMPSA, denunció que Juan Carlos I se estuvo embolsando un sobreprecio que oscilaba entre 1 y 2 dólares por cada barril de petróleo importado. Sabiendo que importamos en torno a 1 millón de barriles diarios, ustedes mismos echen cuentas.

El rey emérito, aprovechando su posición privilegiada ha participado, presuntamente, en diversos negocios tapados por la clase empresarial y la mayoría de los partidos políticos de la Transición. De ahí la importancia de que la Constitución lo amparese y blindase con su famoso artículo 56 que determina que la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Artículo que complicó un poco la admisión de España en la Unión Europea, pues ni siquiera formalmente respetaba la supuesta igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. ¡Menos mal que las tragaderas de los neoconservadores liberales de Bruselas para estos apaños es lo suficientemente grande! No pasan que se desvíe un euro para socorrer a los pobres desahuciados que producen, pero sí aguantan esto y mucho más.

Ya Javier Aroca narra cómo se fraguó el que se colocara este artículo y se estableciera un pacto por el que ningún medio informaría sobre las tropelías reales: “La Monarquía era la institución a proteger y blindar, en tanto que garantía de continuidad en los intereses de los que han ejercido el poder real en España en todos los regímenes.”

Ante todo lo anterior parece “pecata minuta” que en The Telegraph y El País se haya publicado recientemente que el Rey emérito figure como tercer beneficiario de una fundación en Liechtenstein que le pagó durante 11 años varios millones en vuelos privados y que el rey Felipe VI sea el segundo beneficiario de una fundación panameña que recibió 100 millones de dólares en 2008 de la casa real saudí, ingresado en la Fundación panameña Lucum, a lo que parece como comisiones por la construcción del AVE del desierto a La Meca (y que, una vez estalló el escándalo y no antes, el reyecito se apresurara a declarar que no quería un euro de esas cuentas).

Por cierto, la corona de España dispone, pagado a expensas del erario público y asentado en la relación de gastos de la Casa Real (por eso se conoce) de tres cajas fuertes y una máquina para contar dinero en sus dependencias palaciegas. ¿No me diga que usted no necesita de una máquina para contar dinero cuando revisa su salario?¿Y se atreve a acusar al pobre Felipe VI y antes a su padre a utilizar lo que TODOS tenemos?

Cuando la corrupción hace insostenible la situación para uno de los Borbones históricamente han ido pasando la pelota tratando de limpiar la imagen de toda la familia y de la institución monárquica con alguien nuevo que todavía “presuntamente” esté limpio. En su momento se habló de Juan Carlos I como modelo de comportamiento (lo deben estudiar con ahínco en Alcalá Meco y otras instituciones de igual solera): el famoso juancarlismo. Ahora toca hablar de Felipe VI como referente de regeneración. La clave, por supuesto, es desviar la atención de que la monarquía en sí misma es el hecho corrupto.

Pero no se preocupen: aunque a los que detentan el auténtico poder (financieros, multimillonarios y multinacionales) preferirían dejar la institución monárquica como escudo y realizar una nueva “modélica transición” no les temblaría el pulso si los beneficios superaran a las pérdidas en proclamar una nueva república, eso sí, burguesa, capitalista. Así han intentado cambiar a la derecha utilizando su partido Ciudadanos como recambio al PP, aunque éste no parece dispuesto a dejarse morir y por la izquierda han cooptado -como hicieron a la muerte del dictador- a los supuestos dirigentes de izquierda -universitarios y pequeñoburgueses preparados- que estaban fuera del sistema y pedían desde sus tiendas de acampada “un lugar bajo el sol”. Y también obligaron a Juan Carlos I (que había declarado anteriormente que sería rey hasta su muerte) a que dimitiera a favor de su hijito (curiosamente es cuando los medios se “sueltan el pelo” y empiezan a dar informaciones negativas sobre el ilustre monarca).

Es por esto por lo que, si no queremos que nos vuelvan a dar gato por liebre, tenemos que dejar claro que un simple cambio cosmético nos dejaría como estamos, siendo los paganos del negocio. Y que, por supuesto, queremos república y luchamos por abolir la institución monárquica, pero dicha república tiene que ser de trabajadores, socialista, con una gestión racional del medio ambiente, defensora de los derechos de todos y todas para que ¡por fin! se cumpla el refrán, la tortilla se vuelva , los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda.

Marcos