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Vídeo grabado por la Comisión española de ayuda al refugiado CEAR

Sucedió una madrugada de invierno de 2014 en Ceuta. De una parte, un grupo de migrantes subsaharianos fuertemente decidido a cruzar a nado la frontera marroquí para entrar en el estado español. Sus pertrechos: flotadores y un ímpetu basado en el convencimiento de que si lo conseguían tendrían posibilidades de una vida alejada de la guerra, la miseria y la desesperación.

De otra parte, un grupo de la Guardia Civil fuertemente decidido a impedir el paso de migrantes al sacralizado territorio patrio. Sus pertrechos: fusiles, balas de goma y botes de gas lacrimógeno junto a la rancia convicción de que son la primera línea de defensa para impedir la invasión de extranjeros. Pero no extranjeros cualesquiera, para ellos estos son negros, pobres y delincuentes que tratan de romper la legalidad fronteriza. Si cualquiera de ellos tuviera un jet privado y una buena montaña de euros gastaderos nadie se quejaría de una entrada ilegal en el territorio. A nadie importaría el color de su piel, su procedencia, su religión y sus trapicheos financieros si a cada paso fuese dejando dinero en manos españolas.

El lugar de la confrontación era, y sigue siendo, un simple espigón de una playa dividida por una valla. A un lado la población marroquí y al otro la española enfrascados en sus quehaceres diarios. Desde la arena, apenas a unas decenas de metros, se puede ver una parada de autobús con gente esperando, una calle transitada por vecinos que se dirigen a sus trabajos, unas aceras con coches aparcados, edificios, un bar... normalidad absoluta. No estamos hablando de un territorio fronterizo solitario, alejado y olvidado de la civilización que es la imagen mental que suele formarse en los espectadores de los noticiarios cuando reciben información sobre los saltos de las vallas divisorias. Ya se encargan los editores de los informativos de mostrar imágenes lo más aisladas posible de la normalidad.

Los subsaharianos están a punto de culminar el viaje desde sus lejanos países dejando atrás sus ciudades, sus aldeas, sus familias y también los horrores de las guerras eternas de una África descolonizada formalmente en el siglo XX para, inmediatamente a continuación, ser recolonizada en el presente siglo a sangre y fuego por las grandes corporaciones de los estados capitalistas occidentales con la cobertura de sus gobiernos al margen del color político de los gobernantes. Un viaje lleno de dificultades en el que tienen que sufrir abusos, humillaciones, chantajes, violaciones y toda clase de horrores hasta la prueba final que es cruzar el Mediterráneo, ya sea en cayucos hasta la península, ya sea con flotadores hasta Ceuta o Melilla.

Desde los campamentos improvisados que sufren el hostigamiento continuo de la policía marroquí bajan unas 600 personas hacia la playa. Aún es noche cerrada y ya empiezan a caer detenidos por los representantes de la autoridad alauita. A los detenidos no les espera nada bueno, el Reino de Marruecos es conocido por ser profundamente racista y xenófobo con los negros subsaharianos aunque muchos profesan la misma religión musulmana.

El sol permanece oculto pero unos tenues rayos de luz asoman macilentos por el lejano horizonte robando una fina franja a la oscuridad nocturna. Algo más de 200 consiguen llegar a la orilla. Una primera oleada de unas 30 o 40 se adentra en el agua oscura antes del amanecer. La Guardia Civil patrulla por el espigón sin perder de vista los movimientos al otro lado de la valla. Se cruzan las miradas, hay tensión, ambos grupos saben que va a haber enfrentamiento. La primera reacción del instituto armado es lanzar botes de gas lacrimógeno desde lo alto de un mirador a territorio marroquí. Empieza a formarse una densa niebla de gas tóxico sobre los que ya están nadando. Apenas pueden respirar pero continúan como pueden. La segunda oleada se lanza al mar a sabiendas de que la corta travesía, apenas dos o tres decenas de metros, va a ser muy complicada. Empiezan los gritos de horror, los de verde se arremolinan en el extremo del espigón disparando balas de goma a bocajarro a los que están en el agua. En la base de la escollera los tienen apenas a unos metros de distancia, incluso estirando los brazos podrían sacar a más de uno del agua, pero lo que dan es odio y muerte. Se acerca una embarcación gubernamental desde territorio español. Los más agotados creen que llega la salvación pero no, es un bote de la misma Guardia Civil. Sus ocupantes aporrean a cuantos encuentran a su alcance. Algunos empiezan a desaparecer bajo la superficie, unos pocos consiguen llegar a la costa española, la mayoría desisten entre lágrimas y gritos de desesperación y vuelven a la costa marroquí para salvar la vida. Otros quedan flotando inermes.

El sol, ajeno al devenir humano, ilumina por igual bandos, territorios, lados fronterizos, aguas nacionales e internacionales. Decenas de policías marroquíes han llegado hasta la playa con los detenidos en la incursión nocturna. A la vista del espectáculo dantesco que presencian, a pesar de su desprecio al África negra, ayudan a los migrantes a salir del mar. Empapados y extenuados se sientan en la arena junto a sus compañeros detenidos para recuperar el fuelle y la templanza. Empiezan a surgir cuerpos a la superficie. Los que conservan el chaleco se quedan flotando. De entre los migrantes, los mejores nadadores vuelven al agua a recuperar los cuerpos de sus amigos. Como ellos mismos dicen, no son solo compañeros de viaje. La odisea conjunta que comparten desde que dejan su países crea lazos muy fuertes, al final del recorrido son familia. En este penúltimo tramo han perdido a 15. La versión oficial dirá que se ahogaron ellos solos en oleadas que se amontonaban unas sobre otras. La versión popular se acerca mucho más a la verdad, han sido asesinados por fuerzas policiales. Sobre la arena depositan cuidadosamente los cadáveres y un respetuoso silencio se impone durante unos minutos dando paso a cánticos de dolor, rabia e impotencia.

El entonces Ministro de Interior del gobierno del PP, Jorge Fernández Díaz, chantajista demostrado según el informe de la comisión de investigación del Congreso sobre el uso político de la Policía emitido en 2017, miembro del Opus Dei y condecorador de Vírgenes por sus indudables méritos policiales (sic), se dedicó a soltar perlas por la boca. En una comparecencia en el Congreso de los Diputados, tan solo una semana después de los luctuosos hechos, dijo: “El lanzamiento de esos medios de dotación fue acorde a los principios de congruencia, oportunidad y proporcionalidad. Están recogidos, como sus señorías saben, en la vigente Ley orgánica 2/1986 de fuerzas y cuerpos de seguridad. No hay que perder de vista que en esos momentos los inmigrantes estaban enfrentando a los marroquíes con palos y lanzándoles piedras. El principio de congruencia fue debido a que la respuesta de los agentes fue provocada por la actitud beligerante de los atacantes. La oportunidad por la necesidad de respuesta inmediata y la proporcionalidad puesto que se usó la fuerza estrictamente imprescindible”.

Bastan menos de 5 minutos de visionado de los vídeos disponibles en internet de las grabaciones del suceso para dejar a Fernández Díaz por mentiroso. Queda a la misma altura Arsenio Fernández de Mesa, entonces Director general de la Guardia Civil, fascista reconocido en su juventud y hoy consejero de Red Eléctrica de España, que hizo una defensa cerrada de la actuación tanto de los mandos como de los agentes rasos implicados. Encontramos la misma actitud en todos los altos mandos de la Guardia Civil, en el entonces Delegado del Gobierno en Ceuta, Francisco Antonio González, y en cada político, alto funcionario, periodista y tertuliano adepto al gobierno que tuvo la ocasión de comentar el caso en los medios de comunicación. La apelación constante a la legalidad, a una actuación acorde a ella y al honor y humanismo del cuerpo y agentes de la Guardia Civil que, según los salvapatrias mencionados, nunca harían daño a nadie que se encontrara en situación de peligro, se hundieron rápidamente. Aún así no hubo ni una sola dimisión, ni una sola disculpa, ni el más mínimo reconocimiento del exceso cometido.

Ante la pasividad del Ministerio Fiscal que alegó que las muertes se dieron en terreno marroquí y que por tanto no tenía competencia para investigar, un grupo de ONGs se organizaron y presentaron una denuncia contra los 16 guardias civiles que conformaban el dispositivo de guardia fronteriza en la fatídica noche del 6 de febrero de 2014 para esclarecer los hechos, determinar responsabilidades y obtener justicia y reparación para las víctimas y sus familiares. Y por encima de todo que algo así no vuelva a suceder. Tras seis años de periplo judicial y el archivo de la causa hasta en tres ocasiones, nada menos, han recibido un duro varapalo al ver que el último recurso de apelación ha sido desestimado por la Audiencia Provincial de Cádiz con sede en Ceuta porque considera que "no hay prueba indiciaria que contradiga la afirmación de que la actuación policial se ajustó a los principios básicos exigibles para estas intervenciones". No es tarea fácil encajar semejante afirmación con lo que se ve en los vídeos y lo que afirman los testigos, tanto los subsaharianos que son directamente ignorados, como los ceutíes que vieron lo que pasaba desde la parada de autobús, desde la acera, desde la cotidianidad del conflicto fronterizo y se sintieron horrorizados.

 

 

 

Así pues, pareciera que Jorge Fernández Díaz y sus acólitos decían la verdad en todo momento. El discurso es calcado al ofrecido cuando salen a la luz los habituales abusos policiales que se dan contra la clase trabajadora del estado español en manifestaciones, huelgas y concentraciones: uso legítimo de la fuerza, actuaciones proporcionadas, efecto disuasorio y actitud beligerante de la parte que recibe los palos. Según el imperio de la ley no ha habido ningún exceso, todo se hizo correctamente y en todo caso la actuación reprochable es la de los migrantes que se saltaron la legalidad a sabiendas para entrar en un estado que no es el suyo. Todo ello a pesar de que los convenios internacionales ratificados por el Reino de España, lo cual significa que son ley en territorio del estado español, establecen que toda persona que sea interceptada entrando de forma irregular debe recibir una resolución administrativa sobre su situación tras un proceso que incluye identificación, asistencia legal de un abogado de oficio, intérprete en caso necesario y el hecho de determinar si necesita protección internacional como refugiado político o de guerra o cualquier otra circunstancia reconocida legalmente. Pero ya sabemos cómo terminan estas intercepciones, siempre que pueden los cuerpos y fuerzas de seguridad vernáculos hacen “devoluciones en caliente”. Los 23 migrantes supervivientes que consiguieron llegar a suelo español fueron inmediatamente detenidos y devueltos a Marruecos allí mismo, al momento, pasando por una puerta de la valla preparada a tal efecto.

 

 

 

Para rematar la jugada, en febrero del presente año 2020, la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) avaló por unanimidad las mencionadas "devoluciones en caliente" y revocó la condena inicial a España dictada unos meses atrás por una de las Salas del propio tribunal. La sentencia se refiere al caso de dos subsaharianos que saltaron la valla de Melilla y fueron devueltos a Marruecos de inmediato. En ella podemos leer lindezas como que “se pusieron ellos mismos en una situación de ilegalidad" al acceder “a lugares no autorizados” y “recurriendo a la fuerza” y al “efecto masa” producido por la concurrencia de decenas de personas en el salto. A continuación afirma que los subsaharianos “decidieron no utilizar las vías legales existentes” y accedieron “de forma irregular” a territorio español. Los magistrados consideran que la “ausencia de una decisión individualizada” sobre la devolución de cada uno de ellos se puede atribuir al hecho de que no utilizaran los cauces oficiales y, por tanto, es consecuencia “de su propio comportamiento”. Luego nos parece que el sistema de legal español es rancio y obsoleto. Quien confíe en las instituciones europeas como ejemplo de democracia solo tiene que ver cómo se las gastan los magistrados expertos en Derechos Humanos de la Unión Europea. Parece que lo hayan debatido primero con nuestra tristemente famosa Audiencia Nacional. El sesgo está claro, derechos humanos para los europeos ricos, palos para los extranjeros pobres.

El actual Ministro de Interior del gobierno del PSOE-Unidas Podemos, Fernando Grande-Marlaska, ha mantenido intacta, sin ningún rubor, la política de devoluciones en caliente desde el momento que tomó su cargo. Ahora, tras la sentencia del TEDH, con mayor legitimidad. En el juego que nos tienen acostumbrados estos supuestos socialdemócratas, presentándose como diferentes, mejores y más progresistas frente a las políticas del PP, plantean rebajar algunas medidas por su dureza. Por ejemplo, van a reformar las vallas de Ceuta y Melilla quitando las concertinas (alambres de púas en forma de espiral con cuchillas de varios centímetros que ocasionan gravísimas heridas a los que saltan por encima de ellos) y subiendo la altura un 30%. Antes de la pandemia estaba previsto que las obras estuvieran listas antes de terminar 2020. Gran noticia que llenó titulares en 2019 y que forma parte de una enorme campaña de manipulación de la opinión pública junto con la acogida en junio de 2018 en el puerto de Valencia de 630 migrantes rescatados por la flotilla del Aquarius en aguas del Mediterráneo. Lo que no nos dicen es que Marruecos, que no tiene concertinas en su lado de la frontera, ha anunciado que va a instalarlas próximamente. En la práctica lo que vamos a tener es muros más altos e igualmente coronados por concertinas pero desplazadas unos metros dentro del territorio marroquí. Como se suele decir, en política las cosas no suceden por casualidad.

Somos testimonios de dos realidades paralelas: la realidad legal y la realidad, a secas. Un segundo visionado de las grabaciones de aquella madrugada pueden hacernos pensar que algunas personas caminamos, respiramos y vivimos en este mundo mientras que los jueces, políticos, fuerzas policiales y demás representantes de la burguesía crean una realidad, más bien un discurso, ajustado a su ideología, independiente de lo que todos vemos y oímos. Ellos hablan de separación de poderes con el absoluto respeto al imperio de la ley como garantía de democracia. El más leve análisis marxista muestra la connivencia de poderes para defender los intereses del capital. El final de la tragedia de El Tarajal se cierra, no de forma casual, alineando poder ejecutivo, poder judicial y poder legislativo en un todo que defiende unos intereses de clase que se ven reflejados con toda claridad en lo que dicen y hacen los representantes de los cuerpos legislativo, judicial, político, militar y policial.

Bajo una gruesa capa de racismo y xenofobia, lo que encontramos es una encarnizada lucha de clases aunque algunos de sus protagonistas no sean conscientes de ello. Los ciudadanos (nótese la ironía del uso del término) del África subsahariana vienen a sobrevivir dejando atrás una pesadilla que mezcla relaciones sociales, políticas, laborales y económicas propias del medievo combinadas con la tecnología que les llega en forma de escasos coches, móviles, ordenadores y mucho armamento casi de ciencia-ficción para el entorno en el que viven. No veremos desarrollo de infraestructuras que no sean al servicio del capital. No hay apenas hospitales, universidades, escuelas, fábricas, etc. pero sí grandes puertos, centros logísticos, minas y cultivos latifundistas que sirven para transportar las valiosas materias primas que se extraen pisoteando a sus pobladores. ¿Donde están los Tribunales Internacionales de Derechos Humanos? ¿Acaso no saben, como sabemos sin ser expertos, que los abusos, atropellos y humillaciones son la norma? Tras la sentencia del TEDH podemos confirmar que cuando miran de frente estos problemas su desprecio por la vida es absoluto. Los ricos hacen difícil y dramática su llegada a Europa con la simple intención de que sean mano de obra todavía más barata que la autóctona, sometida a trabajos extenuantes como las peonadas del campo y a una violencia física, económica y sexual, con la prostitución como actividad habitual para las mujeres, que se da en países que gustan calificarse de civilizados y defensores de los derechos humanos. Derechos humanos en la frontera europea: no encuentro mejor definición para el concepto de hipocresía.

El miedo, las lágrimas y los gritos de auxilio ante la muerte inminente no impidieron que en El Tarajal se diera una actuación criminal propia de un régimen fascista. Así es la política fronteriza europea, así es la Europa fortaleza que se está construyendo día a día, así es el estado español que desde hace dos décadas, gobierne quien gobierne, no ha cambiado ni una coma de sus leyes, no lo olvidemos.

Aitor Manero