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Gestado a lo largo de las últimas décadas del siglo XIX, los albores del siglo XX alumbraron el que es el supremo, en tanto que último, estadio del modo de producción capitalista, conocido como imperialismo. El rasgo central del mismo es la formación de monopolios junto con el auge y consumación del poder hegemónico del capital financiero, resultado de la unión de los capitales industrial y bancario. La expansión y penetración hasta el último rincón del planeta de los monopolios y del capital financiero en general es una cuestión de supervivencia para el capital y no una opción más. Esto explica en buena medida la repartición/colonización del mundo por parte de las potencias capitalistas más avanzadas, es decir, imperialistas (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Holanda, etc.), culminada a comienzos del siglo XX. Debe destacarse que Alemania llegó tarde al reparto del mundo.

A principios del siglo XX, el Estado centroeuropeo experimentaba, como ningún otro, un pujante desarrollo tanto de sus fuerzas productivas como de su productividad (términos que no han de confundirse). La creciente concentración de capital alemana no encontraba salida en unas prácticamente inexistentes colonias o esferas de influencia, lo que llevó, simplificando, a la Primera Guerra Mundial. No habiendo quedado resuelta (sino más bien empeorada) la cuestión alemana tras este cruento conflicto, la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar.

La formación de monopolios —inevitable tras haber alcanzado un cierto grado de desarrollo capitalista— se ve especialmente estimulada y acelerada durante y tras los períodos de crisis económica a resultas de la centralización del capital derivada de la destrucción de los capitales menos competitivos. A modo de muestra, recuérdese cómo, tras la Gran Recesión de 2008, se pasó de 62 bancos y cajas de ahorro a tan sólo 11 en el sector financiero español, siendo los bancos Santander y BBVA los mayores beneficiados con un extraordinario crecimiento. Asimismo, resulta evidente que los monopolios son contradictorios con la continuidad de la competencia y el libre mercado (¡las recurrentes políticas proteccionistas actuales no son por gusto!) tan preconizados por los liberales y cuyo máximo esplendor o máxima pureza se dio durante el estadio del capitalismo ascendente anterior al siglo XX. «Googles» aparte, podemos encontrar un ejemplo paradigmático de monopolio «sin salir de nuestro país»: Inditex. El grupo financiero-textil de Amancio Ortega que incluye marcas como Zara, Massimo Dutti, Pull & Bear, Bershka o Stradivarius tiene la magnitud suficiente como para suprimir del mercado a la práctica totalidad de la «competencia», en parte, gracias a la deslocalización de los centros de producción en países (no por casualidad) periféricos como Bangladesh e India (antiguas colonias británicas). A su vez, tal deslocalización, que permite bajos costes laborales vinculados a salarios irrisorios, no sería posible sin la concentración de una magnitud suficientemente elevada de capital. Así las cosas, ante la incapacidad para competir, es posible comprender por qué vemos más y más pequeños y medianos comercios de nuestros barrios echar la persiana, reforzando aún más con ello la concentración y centralización de los capitales en favor de los monopolios en un proceso retroalimentado.

El ejemplo inmediatamente anterior no persigue hacer un juicio moral de una tendencia que, como hemos dicho, es inevitable tras haber alcanzado un cierto grado de desarrollo del modo de producción capitalista. Además, plantear únicamente la posibilidad de aplicar políticas de regulación económica que ataquen los monopolios y el capital financiero para lograr una suerte de desarrollo sostenible a nivel global cae, en el mejor de los casos, en la mayor de las ingenuidades, y, en el peor, en el más execrable de los oportunismos. ¿De qué clase de políticas estaríamos hablando? ¿De políticas para volver atrás en la historia, a un sucedáneo de estadio primitivo caracterizado por la libre competencia? Y de ser eso posible, ¿luego qué? ¡Si la intervención estatal cesara, de nuevo se tendería a la concentración y centralización del capital con la consiguiente formación de los monopolios! Esta es la dinámica intrínseca del capital (véase el anterior párrafo). De otro modo, ¡el mantenimiento de la intervención estatal para evitar la «progresión» histórica hacia el imperialismo sería, contradictoriamente, negar la propia libre competencia! Así, se llega a una dicotomía carente de todo sentido, pues el desarrollo de la libre competencia conduce naturalmente a su autodestrucción. En conclusión, la superación del imperialismo y de sus negativas consecuencias (desigualdad y pobreza crecientes, guerras de rapiña, explotación y parasitismo de Estados periféricos, etc.) se encuentra indisolublemente ligada a la superación del propio capitalismo en tanto que el imperialismo no es más que su forma o fase definitiva.

La explotación en los Estados periféricos, principalmente ubicados en Latinoamérica, África y Asia, por parte de las potencias imperialistas/centrales ha permitido y permite la obtención de superganancias al capital monopolista internacional. El parasitismo de los primeros por parte de las segundas mediante la exportación de capitales, y, más concretamente, mediante mecanismos como el de la institucionalización de la deuda comandado por el Fondo Monetario Internacional, también contribuye al enriquecimiento de la oligarquía financiera en el mundo. Sin temor a equivocarnos, afirmamos que tales Estados periféricos podrán no ser más colonias de iure de las potencias imperialistas, pero lo son de facto a día de hoy. Por cierto, cabe asimismo decir que la expresión países en vías de desarrollo para referirse a la mayoría de estos Estados periféricos es de un cinismo atroz: el desarrollo de las potencias centrales es inseparable del subdesarrollo necesario de las regiones del planeta explotadas en beneficio del gran capital de las primeras. En otras palabras, bajo este modo de producción nunca asistiremos a unos niveles de desarrollo socioeconómico relativamente homogéneos a escala global.

Durante décadas de imperialismo, la obtención de superganancias resultado de la explotación y el parasitismo de las regiones subalternas del planeta ha posibilitado la concesión de migajas (esto es, ciertos derechos sociales y mejoras materiales) a la clase trabajadora en las potencias centrales, concesión que experimentó un nuevo impulso ya hace décadas agotado con la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial y la presión del bloque soviético. En general, tales concesiones derivadas de dichas relaciones de sometimiento y dependencia han buscado favorecer y han favorecido, como ya observara Engels en sus comunicaciones epistolares con Marx y Kautsky, el «aburguesamiento» de ciertas capas obreras y la desactivación del movimiento emancipatorio de la clase trabajadora. Sin embargo, la realidad es tozuda: el descenso tendencial pero inexorable de la rentabilidad o tasa de ganancia en el conjunto de la economía, intrínseco del modo de producción capitalista en tanto que es una de sus leyes más fundamentales, cada vez es más difícil de compensar a través de la acción explotadora y parasitaria del capital monopolista y financiero en los Estados periféricos. Es por esto que, desde hace unas pocas décadas, y cada vez más de un modo crecientemente acelerado, asistimos no sólo a la degradación de las condiciones de vida de la mayoría social en dichas regiones subalternas del planeta, sino también a la degeneración de las condiciones materiales de la clase trabajadora en los países capitalistas más avanzados. ¡Y todo ello a pesar del riesgo que supone para la supervivencia de la actual base económica la ascendente tensión social que se deriva! No obstante, este sistema económico no tiene otra opción más que huir hacia adelante, pues, como hemos esbozado, tanto la concentración y centralización del capital como el descenso tendencial de la tasa de ganancia están en sus genes, y, por tanto, su crecientemente dañino impacto social es inevitable. ¡Qué más quisiera el capital poder neutralizar o mitigar tal impacto social negativo, como hizo en el pasado (véase más arriba), con el fin de garantizar su conservación a lo largo de su desarrollo histórico, esto es, la paz social! Esta discusión realza lo que debería suponer una obviedad: los problemas que padecemos la mayoría social no proceden, en esencia, de una mala o torpe gestión del sistema económico, sino del propio sistema económico.

Concluimos que se avecinan años duros pero apasionantes. Se puede prever que la decadencia y descomposición aceleradas del actual modo de producción en su fase última o imperialista desatarán en este siglo unos altos niveles de tensión social sin precedentes resultantes de una agudización de las contradicciones sistémicas sin parangón para las generaciones contemporáneas. A su vez, esto llevará potencialmente a un punto de no retorno que, de saberlo aprovechar la clase trabajadora internacional, podría alumbrar, frente a alternativas dantescas, una nueva base económica donde el criterio rector de la rentabilidad quede reemplazado por el de la satisfacción de las necesidades humanas basada en la igualdad, la racionalidad y la justicia social.

Iván López Espejo