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Autoría imagen: Valentos SG  

Hace poco alguien compartía un tuit en que manifestaba sorpresa -una sorpresa irónica, obviamente- ante la coincidencia entre el fin del estado de alarma y el inicio de la temporada turística estival. Desgraciadamente, no es casualidad, y resulta descarada la manera en que el capital se ha olvidado de todos los muertos y nos los ha hecho olvidar también a nosotros con su propaganda. Salimos tranquilamente a los bares, entramos a las tiendas, pero el virus sigue cobrándose vidas aunque ya no nos asusten desde los medios, porque necesitan que salgamos a consumir. La ministra Irene Montero ha declarado que “el estado de alarma ha terminado”, pero admite que continúan la emergencia sanitaria y los rebrotes, ¿entonces por qué se han levantado las restricciones con tanta convicción?

Resulta curioso cómo podemos permanecer cuanto tiempo queramos todos juntos en un Zara, por ejemplo, y aún no disfrutar de las salas de estudio, ni de las bibliotecas, y con casi toda seguridad, tampoco de unas clases presenciales el próximo curso.

En esta última temporada de estudio, las y los estudiantes nos hemos visto obligados a acostumbrarnos repentinamente a nuevos métodos, a clases por videoconferencia, a estudiar en casa -con condiciones a veces mejores, a veces peores- y ahora que los gobiernos del capital han decidido bajar la guardia respecto a las medidas de seguridad para combatir a la COVID-19, los primeros a los que han tratado de contentar han sido los empresarios, en especial aquellos de la patronal hostelera, que no podían consentir bajo ningún concepto no llenarse los bolsillos este verano a costa de la explotación de trabajadoras como las Kellys, quienes hace unos días denunciaban en televisión la falta de protocolos y materiales de protección frente a este periodo turístico de convivencia con el virus.

El capital tiene unas prioridades, y desde luego no está entre ellas la oferta de un ocio sano y gratuito para el pueblo; nunca lo ha estado, y esta alarma ha servido de excusa perfecta para reducirla. Desde la Juventud Comunista de los Pueblos de España siempre hemos denunciado esta situación, especialmente con la llegada del verano, cuando los que pueden se van de vacaciones y el resto se queda en ciudades o pueblos que no ofrecen nada más allá de consumir -o apostar-.

Conviene estar atentas y atentos a partir de ahora, tener presentes las experiencias anteriores, y saber que de una crisis la clase obrera nunca sale mejor parada, a no ser que se organice, luche y le arrebate el poder a los que juegan con nuestras vidas y se enriquecen con nuestra precariedad. No sería extraño que, tras esta crisis, servicios tan básicos como el disponer de una sala de estudio donde desarrollar nuestras actividades estudiantiles o laborales, o una biblioteca donde poder coger un libro y sentarnos a leer un rato, nos fuesen arrebatados. El capital cada vez avanza más hacia la barbarie, y solo nosotras y nosotros, los que tenemos en nuestras manos, al fin y al cabo, el mando del mundo, podemos cambiarlo.

María Sánchez-Saorín