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En el último plano de la película “El Gatopardo” (1969) de Luchino Visconti (1906-1976), el príncipe Salina desaparece en las sombras de un lúgubre callejón, abandonando así el escenario de la vida, que será dominado a partir de entonces no por gatopardos sino por hienas y chacales. Es el Risorgimento italiano en la Sicilia del siglo XIX, donde la burguesía toma el poder y el representante de la aristocracia decadente transige, no sólo porque se siente envejecer, sino porque es consciente de que su tiempo, su época, se acaba.

Hoy esas hienas y chacales, representantes corruptos y voraces del capitalismo más abyecto, muestran, ellos y el sistema que encarnan, signos irreversibles de decadencia. Ciertamente su época también se está acabando. Y no se trata de una aseveración sin fundamento, sino el resultado dialectico de las contradicciones intrínsecas del capitalismo. En su seno lleva clavada hasta los tuétanos su autodestrucción. Su modo de producción basado en explotar y expoliar el Planeta Tierra (seres humanos y Naturaleza) para satisfacer insaciables intereses privados está llevando a la Humanidad al borde del abismo. ¿Exageración? ¿Demagogia?

Socialismo o exterminio

Con la pandemia de la Covid-19, probablemente fruto de oscuras pruebas bacteriológicas (¿sabremos algún día la verdad de lo ocurrido?), se han podido detectar delictivas miserias del inicuo sistema capitalista. Por ejemplo, la incapacidad del llamado “primer mundo”: EE.UU., Francia, España, Italia, Reino Unido, Alemania, etc, a la hora de prever y afrontar con eficiencia la catástrofe que padecemos; las políticas criminales de privatizaciones y recortes en la sanidad pública; las centenas de miles de muertos en todo el mundo (460.000 cuando escribo estas líneas), muchísimos de ellos evitables con medios humanos y material sanitarios suficientes; por ejemplo también los millones de trabajadores despedidos por poderosas multinacionales (en EE.UU. ya más de 40 millones); los monumentales endeudamientos de los Estados capitalistas “rescatando” a bancos y empresas privadas que deberemos rembolsar. Pero no son sólo esas resoluciones indignantes las que atizadas por la pandemia prueban la descomposición del sistema capitalista. También que EE.UU., modelo capitalista en el que se miran muchos países, entre ellos España, priorice la producción en detrimento de la vida de sus ciudadanos (cuando redacto, más de 121.000 muertos), en su mayoría ancianos, negros y latinos, fallecidos y enterrados en condiciones ignominiosas; o que la UE, mostrando su verdadero careto, ignore la tan cacareada solidaridad europea. Igualmente el hecho de que bloqueos asesinos, hambrunas galopantes (también en España) y guerras imperialistas perduren en estas circunstancias, o que la vejada Naturaleza haya podido respirar mejor cuando durante los confinamientos le hemos echado menos mierda que de costumbre. Todas poderosas razones como para hacernos pensar que algo huele a podrido en la horripilante dictadura del capital.

Será pues a la clase obrera que la burguesía ha producido, y que en este patético ocaso capitalista ha demostrado que SIN ELLA NADA FUNCIONA, a quien corresponderá construir el futuro acá y acullá. Que nadie lo dude.  Primero echando por tierra la falaz pretensión de que los pirómanos de hoy apagarán los fuegos de mañana, y al mismo tiempo arrojando a las sombras del lúgubre callejón de la Historia a la sanguijuela capitalista para en su lugar izar el SOCIALISMO, es decir una sociedad del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Porque de no ser así, y se prolongara la agonía del sistema de producción capitalista, correríamos el riesgo de que aquello que dijo Rosa Luxemburgo en su día de “Socialismo o Barbarie”, podría mutarse en “Socialismo o exterminio”, como ya denunció Fidel Castro en 1992 en la Cumbre de Río cuando dijo: “una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer, la especie humana”. ¡Impidámoslo!

José L. Quirante