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Una cosa es la realidad material, la realidad siempre es material, y otra la ficción, que forma parte de la realidad a la que pertenece: la ficción pertenece a la realidad. Como la realidad, no es inocente porque no es neutral, porque nada es neutral.

Cuando surge la corriente literaria del Realismo en el siglo XIX y su prolongación en el siglo siguiente, el marco teórico de la historiografía literaria se centra en la verosimilitud frente a lo inverosímil. Siglos antes, la alegoría y la metáfora abrían territorios ignotos por descubrir. La literatura posibilita un impresionante horizonte de posibilidades a través de una fuente inagotable como es la imaginación. La explotación nos oprime en la realidad y nos coloniza a través de la imaginación con fantasiosas utopías o distopías. Lo distópico, hoy puesto en valor: la moda de temporada.  A lo largo de la historia literaria encontramos precedentes que luego aparecen en la realidad, solo recordar a Julio Verne o a Borges que a través de su biblioteca infinita vislumbra el universo ilimitado de internet.

La ciencia ficción con mayúscula, recordamos la extraordinaria obra La máquina del tiempo de  Wells o El mundo feliz de Huxley, nos sitúan los conflictos con una gran maestría literaria. La maquinaria de inventar no tiene límites, algo que es magnífico, pero tan solo una advertencia: hay que tener cuidado con la ingeniería de la llamada posverdad.

La ciencia ficción con minúscula de Asimov, por ejemplo, donde el mundo a través de la ciencia cambia pero no su legado opresivo, o el caso conspiranoico de Orwell se convierten en best seller por la inocente industria editorial y sus masivas fábricas de municiones.

La fantasía no es inocente, en ella residen los conflictos terrenales. Cortázar concebía la ficción como una parte más de la realidad. García Márquez consideraba que la realidad supera a la ficción.

Miguel Ángel Rojas