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Tras las protestas y los cambios cosméticos que pueda asimilar el sistema, ¿qué hacer con la lógica económica que lo conduce a seguir produciendo, sin parar un segundo, desigualdad y excrecencias?

La muerte del afroamericano George Floyd a manos del oficial de policía blanco Derek Chauvin figura ya, con todo derecho, entre los acontecimientos sociales y políticos de mayor alcance en el par de décadas que lleva este siglo XXI. Supongo que muy pocas personas –o casi ninguna, tal vez– hayan podido imaginar una ola de protestas comenzando en Estados Unidos, extendiéndose luego como la clásica imagen de la chispa que incendia la gasolinera (tan repetida en el imaginario hollywoodense), cruzando por encima del océano y repitiéndose entonces en decenas de ciudades de América Latina y Europa.

Figuras famosas de toda índole (políticos, actores, cantantes, futbolistas, entre otros) se han sumado al clamor en contra del racismo en Estados Unidos, lo mismo que contra las actuaciones violentas de la policía del país a la hora de lidiar con individuos de las comunidades negras. Ahora mismo, cuando estoy terminando el presente texto, pasan en la televisión imágenes de choques entre manifestantes antirracistas y grupos neonazis en Francia; a continuación, esta vez procedentes de Gran Bretaña, pasan otras en las que actos de apoyo al dolor de la comunidad afroamericana de Estados Unidos igualmente terminan en enfrentamientos tumultuarios.

Hemos visto tanto, y estamos viendo tanto, que resulta difícil procesar los distintos sentidos de cuanto sucede: la frialdad con la cual Chauvin cumplió su presunto «deber», la escalofriante pasividad de sus compañeros policías mientras el detenido Floyd moría asfixiado, las protestas (en términos de cantidad de participantes, diversidad de lugares y fuerza destructiva), la falta de energía del Presidente Trump a la hora de expresar su oposición a cualquier manifestación de racismo, los llamados del hermano de Floyd para que el dinamismo de la protesta sea transformado en alineamientos para la pelea política en las votaciones y la queja (justa) de policías neoyorkinos a quienes les duele recibir muestras de desprecio popular, pues estiman que luchan para que haya tranquilidad en las comunidades y en ello arriesgan sus vidas.

Es una inesperada, y necesaria, nota sentimental que obliga a repensar los acontecimientos; la necesitamos porque es una intervención proveniente de una postura tan enteramente distante de la rabia que opera como la unión de dos cables con la misma polaridad positiva. De hecho, como mismo las lacerantes palabras de Floyd al agonizar, esto –aunque no en aquella circunstancia extrema– también es una solicitud de respeto y atención, una reclamación que merece ser respondida. En este sentido, es enteramente lógico imaginar que no sólo un elevado número de miembros de la policía estadounidense que bien no son racistas en modo alguno o que –de modo general– son parte del activismo.  Dentro de este grupo de defensores de la ley algunos se identificarán como «negros» ellos mismos, en tanto otros estarán ofreciendo solidaridad por motivos de conciencia político-social o por ser, ellos o sus familiares, miembros de otras minorías étnico-raciales.

El relato común del cine hollywoodense nos acostumbra a la imagen del policía honesto, inamovible defensor del bien en sus diversas variantes; el corrupto que acepta sobornos, protege a capos mafiosos o él mismo administra los negocios sucios de su demarcación; y el sociópata violento, abusador, misógino, no pocas veces racista descubierto.

En la película cubana Memorias del subdesarrollo tiene lugar la puesta en escena de una variedad más del protector de la ley: la del cuidador de un determinado orden político. Me refiero al momento en el cual, mientras son proyectadas imágenes documentales de los juicios a quienes vinieron en la invasión de Playa Girón, una voz en off interpreta lo que vemos desde coordenadas de pensamiento radicalmente marxistas; desde este ángulo, el personaje que devela el verdadero sentido del acto de invasión no es ninguno de sus líderes visibles, sino exactamente el más oscuro de los enrolados, aquel con el cual nadie quiere sentarse ni reconocerlo como amigo o colaborador: el antiguo policía, acusado de torturas y asesinatos, Calviño.

Para la poderosa voz crítica que habla en este punto de la película, el represor está colocado en las antípodas del territorio de belleza, disfrute y glamour en el que permanentemente habita el estamento burgués cuyos intereses cuida; el otro componente de ese «cuidado» está en que no puede ser reconocido públicamente (la persecución, tortura, mutilación y asesinato como prácticas habituales) porque algo así resultaría horroroso hasta lo insoportable. De esta forma, el personaje existe y es, incluso, condición imprescindible para que nada sacuda a ese estamento que goza de esa dimensión de belleza, disfrute y glamour (a fin de cuentas, goce del poder), mas ni el personaje ni sus acciones pueden ser mencionadas como lo que son; así, en un maridaje monstruoso, aquel cuya presencia se teme más (el revolucionario, el agente de cambio, el «trastornador») tiene que ser controlado, reprimido, dañado o muerto por el torturador oscuro al que luego no se puede mencionar.

¿Qué va a ocurrir cuando siga transcurriendo el tiempo y, por ejemplo, se verifiquen reformas en Departamentos de Policía de Estados Unidos y hablemos menos de George Floyd? ¿Qué hay después o más allá de un Departamento de Policía o de varios? ¿Quién es Derek Chauvin y qué hay que hacer para formar, e impulsar a que actúe como lo hizo, a una persona semejante? Imaginando una comparación amarga, ¿habrá Chauvin(s) para hispanos, musulmanes, comunistas? ¿Existirán Chauvin(s) transnacionales, exportables, comercializables, listos para ser empleados en invasiones u ocupaciones en el Tercer Mundo? ¿Cuántas otras cosas no están sucediendo mientras se desarrollan las protestas? ¿Qué no estamos viendo con claridad?

Hay una cosa más en la interpretación del agente de la ley como sujeto político que nos propone Memorias del subdesarrollo, un complemento imprescindible para que la estructura revele su dinámica interior, su entraña; esto otro, la real tragedia que anima el conjunto, es la imposibilidad del sistema para no producir desigualdad, rabia, excrecencias. En esta mirada, el racismo no es coyuntural ni episódico, sino estructural y continuado (bajo las más diversas formas), y, más allá de la violencia puntual contra una persona afroamericana, la pregunta (y las consecuencias de la respuesta) deben apuntar al orden global. Si cambiamos protocolos y comportamientos en los departamentos de policía (por ejemplo, ese uso de técnicas de estrangulamiento que hasta el Gobierno francés ha prohibido para sus agentes), ¿qué hacemos con la producción de desigualdad (nacional y global) característica del sistema?

Trump, defensor sin elegancia, de categoría vulgar, de un mundo donde lo primordial es el flujo interminable del dinero, divide a quienes protestan en ciudadanos buenos y radicales que dañan la propiedad y merecen por tanto recibir toda la fuerza de la máquina del Estado. En un artículo reciente, Barack Obama valora la situación de otra manera, pues acepta que hay –detrás de esos estallidos de violencia– una gran cantidad de razones derivadas de la larga historia de opresión y exclusión sufrida por los afroamericanos. La recomendación de Obama es mantener la protesta pacífica en las calles y transformar esa energía en organización y activismo para capturar los votos que posibiliten cambiar estructuras mediante victorias electorales de candidatos con plataformas nuevas.

Después de esto, lo máximo que el sistema puede asimilar desde una perspectiva de cambio interno, todavía quedan dos preguntas: ¿qué hacer con la lógica económica que conduce al sistema a seguir produciendo, sin parar un segundo, desigualdad y excrecencias?; ¿qué ocurre cuando extraemos los hechos de su contexto micro-localizado en una esquina de Minessota y los proyectamos en el escenario global de las relaciones económico-político-militares de Estados Unidos consumidor y los países del tercer mundo proveedores? Además de todo lo que percibimos a primera vista, ¿qué más hay en el sociópata Chauvin, sus compañeros cómplices pasivos y la víctima Floyd?

Son preguntas que tienen que ver con relaciones de propiedad, distribución e intercambio desigual, esclavitud, migraciones, invasiones, revoluciones, protesta, fragmentación, silencio de los medios, manipulaciones políticas, países pobres y países ricos, opresión, alianzas, muertes cercanas y lejanas, hambruna, guerras civiles, subdesarrollo, drones, vigilancia cibernética y mucho más, o todo.

Porque en el asesinato de Floyd, como en una semilla, está contenido todo, y el primer paso para que la atrocidad nunca se nos olvide va a ser mantener vivas las preguntas; es decir, la memoria y la conciencia.

Víctor Fowler | Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.