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El 28 de abril se conmemora el Día Internacional de la Seguridad y Salud en el Trabajo. Suele pasar sin pena ni gloria en los medios de propaganda masivos y se queda reducido a la propaganda de algunas organizaciones sindicales, cuando el derecho a la salud y seguridad en el trabajo es uno de los derechos básicos de la clase trabajadora. Nos matan y no es noticia. Ni siquiera lo es cuando nos usan de combustible humano para la maquinaria capitalista de mantener la tasa de ganancia a costa de nuestras vidas en estos momentos de crisis sanitaria.

Conviene hacer un recorrido de los 25 años de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales. Hoy nos encontramos en una situación de privatización creciente de los servicios de Prevención, a la par que con una precarización de las condiciones de trabajo, que condiciona la prevención a la consecución de los beneficios empresariales. En un panorama laboral de pérdida de derechos laborales, el conjunto de la clase obrera se enfrenta a la inestabilidad en el empleo, cambiantes trabajos de baja remuneración, así como una formación y supervisión deficientes, complicado con jornadas laborales largas e irregulares.

La estadística de accidentes de trabajo en el avance enero-diciembre de 2019 del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social ha contabilizado 542 accidentes mortales en jornada laboral y 153 in itinere, en total 695, cerca de dos fallecimientos cada día. Asimismo, se registraron 635.227 accidentes, de los cuales 5.245 fueron graves, lo que representa unos 14 accidentes graves cada día. Los sectores económicos con una mayor mortalidad siguen siendo la construcción; el transporte y almacenamiento; la industria manufacturera; el comercio y reparación de vehículos; y la agricultura, ganadería, silvicultura y pesca. La clase obrera se deja la salud en el puesto de trabajo por un precio cada vez menor para que las empresas se apropien de la riqueza generada.

Si en la actual lucha de clases los y las trabajadoras se enfrentaban a un aumento progresivo de pérdida de derechos y de precarización que producía un deterioro de la salud en el puesto de trabajo, en la presente coyuntura causada por la pandemia por COVID-19, la clase obrera ha recibido un duro golpe tanto en lo que respecta a su salud como a sus condiciones económicas. No dejaremos aquí de aplaudir a los y las profesionales de la sanidad y de reconocer que se encuentran en primera línea enfrentando la emergencia sanitaria, la mayoría de veces sin las medidas de protección y los EPIS adecuados. Más no nos detendremos ahí y aplaudiremos también al conjunto de la clase obrera que sostiene no solo el sistema sanitario sino la sociedad en su conjunto. De hecho, personal de tantos servicios que se han privatizado dentro de los todavía reconocidos como hospitales públicos siguen siendo un elemento central para la salud pública. Trabajadores y trabajadoras de servicios de limpieza, mantenimiento, lavanderías, cafeterías de personal reciben nuestros aplausos y reconocimiento en la lucha contra el COVID-19. Asimismo, reconocemos la labor de los y las trabajadoras de sectores clave como la agricultura, alimentación, transporte que son los que se encuentran normalmente en los puestos de mayor riesgo de sufrir accidentes laborales. Además, la inseguridad y la precariedad ha arrastrado a grandes masas de trabajadores y trabajadoras a un presentismo en tiempos de COVID-19 que sin duda ha participado en expandir la pandemia no solamente al ámbito laboral sino también al conjunto de la sociedad. Todos y todas, junto con el personal sanitario, trabajan con un riesgo notablemente incrementado por la infección a COVID-19.

Se ha puesto de manifiesto que, por un lado, el sistema capitalista presenta graves deficiencias para gestionar la crisis sanitaria y sólo es capaz de hacerlo a costa de darwinismo social y de represión y militarización social, así como que, por el otro, la clase obrera necesita gestionar por y para sí los elementos clave de la sociedad para satisfacer sus necesidades. Durante este tiempo, la izquierda a la que le ha tocado ejercer de consejo de administración del capital, con el PSOE y Unidas Podemos al frente, han tratado de salvaguardar los intereses de las empresas, dando un mediático y ornamental toque social a las medidas que se han ido sucediendo.

Pero la realidad se impone y la privatización de la sanidad y de los servicios públicos esenciales mata. Y ha matado básicamente al pueblo trabajador. Ahí están los datos para extraer un análisis del carácter clasista que tienen los números de muertes.

Cabe señalar el inicio de la privatización de la sanidad a mano de la ley 15/97, que hoy por hoy siguen apoyando PP, PSOE y Unidas Podemos, entre otros y la reforma del artículo 135 de la Constitución Española, PP y PSOE de la mano, estableciendo que el pago de la deuda pública es prioritario frente a cualquier otro gasto para desnudar en estos pocos datos el carácter de clase del estado. Ahora nos acordamos de los recortes en sanidad y cómo los servicios de atención al paciente se encontraban al límite o por encima de sus capacidades, por lo que se han visto desbordadas por la pandemia o para evitar su total colapso sencillamente se ha dejado morir a las personas sin ningún tipo de atención.

En consecuencia, es una necesidad acuciante que trabajadores y trabajadoras tomemos conciencia de que la salud es parte de la lucha de clases y que sólo organizándonos podremos garantizar nuestra vida y derechos. Siempre en la perspectiva de superar al decrepito sistema capitalista, para alcanzar una sociedad verdaderamente socialista. Nos va nuestra vida en ello. Y las de generaciones futuras.

Ana Muñoz.