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Durante la crisis del COVID-19, como era de esperar, las miradas se centran de fronteras para adentro, es algo perfectamente normal teniendo en cuenta el estado de alarma y la masificación de los centros de salud pública, que desbordados, no dan a basto para satisfacer las necesidades de la población susceptible de contraer o que ya ha contraído el virus. Mientras tanto, esas mismas miradas de la prensa nacional, no reflejan la gravísima situación por la que están pasando amplios sectores de la clase obrera en España, confinados en condiciones de enorme precariedad, en pequeños espacios y sin los recursos necesarios para poder satisfacer sus necesidades más básicas, mientras el estado, sin atender esto, responde con la militarización y el estado policial en las calles.

Pero debemos echar un vistazo y prestar atención a lo que ocurre fuera de nuestras fronteras. Ahora mismo la clase trabajadora en los países  que más sufren la violencia imperialista está siendo víctima de numerosas violaciones de los derechos humanos, que con la crisis pandémica, no han hecho otra cosa que aumentar los casos y el nivel de abuso o desamparo. En una crisis como la que estamos viviendo, con la mayoría de personas confinadas en sus casas, salvo aquellas que se ven obligadas a acudir a su puesto de trabajo, independientemente de si es una producción de productos de primera necesidad o si simplemente el estado no obliga al patrón a cerrar la producción, nos encontramos con un panorama internacional en el que cunde la violencia.

Alrededor de 70 millones de personas, se ven obligadas a abandonar sus casas y sus países a causa de las guerras. El 30 de enero, mucho antes de que el estado de alarma entrara en vigor aquí en España, la OMS declaró que el COVID-19 era una emergencia de salud pública internacional, a la vista está que no andaba desencaminada... Hoy por hoy, la pandemia se extiende por todo el mundo, y son las zonas más empobrecidas las que van a recibir el peor golpe. Imaginémonos el impacto que puede tener esta crisis sanitaria en zonas arrasadas por la guerra imperialista, o en los países más  empobrecidos en los que ya padecen desde hace tiempo múltiples enfermedades como el dengue, por ejemplo, que es una plaga que afecta a 110 países (la mayoría africanos) de manera endémica. A esto añadir que al ser países empobrecidos el sistema sanitario deja mucho que desear. En Haití, por ejemplo, que es considerado el país más pobre de todo el hemisferio occidental, se teme por esta pandemia. El coordinador humanitario de la ONU en Haití, Bruno Georges Lemarquis, alerta de que: "Haití tiene un sistema médico frágil, con una capacidad muy limitada que podría verse superada si los contagios continúan una progresión geométrica". Sabiendo como está evolucionando la crisis, no sería de extrañar que este país se vea afectado de manera muy negativa, con numerosos contagios y fallecimientos más allá de las "personas de riesgo".

Otro país que puede verse afectado muy negativamente es Palestina, las fuerzas de ocupación de la entidad sionista de Israel  siguen atacando puestos civiles, hospitales de campaña preparados para combatir el COVID-19 son destruidos por el ejército con tal de mermar la capacidad de Palestina para hacer frente a la crisis y provocar todas las bajas civiles posibles, el país ahora tiene que lidiar con la crisis sanitaria además de con las intervenciones militares de EEUU apoyando al estado sionista y criminal. 

No podemos olvidarnos de Siria, un país con serios problemas, que ya lleva su noveno año en conflicto y desde el 2015 van llegando refugiados/as del país a las fronteras europeas y que ante la negativa de dejarlos entrar se ven obligados/as a permanecer en los infames campos de refugiados. Cerca del 80% de las personas refugiadas viven en países subdesarrollados, muchos de los cuales tienen sistemas de salud con una dudable eficiencia para hacer frente al virus. Muchas familias refugiadas están alojadas en asentamientos sobrepoblados o en refugios urbanos con unas condiciones de vida y salubridad deplorables, sin acceso al agua potable y a un saneamiento digno, además la mayoría de familias no disponen de artículos de higiene personal, suprimiendo así el principal elemento de prevención. La mayoría se concentran en las fronteras de Líbano, Jordania, Grecia y Turquía, siendo este último el país que más refugiados alberga en sus fronteras, cerca de 6,7 millones de sirios y sirias son ahora refugiadas, otros 6,2 millones de personas están desplazadas dentro de Siria, además la mitad de las personas afectadas son niños/as. 

La situación en el noreste y noroeste del país agrava la situación, debido a la guerra que diversos grupos de ocupación al servicio del imperialismo yanki mantienen frente al ejército árabe sirio para intentar desestabilizar al estado sirio y seguir fomentando el polvorín en la zona.

A todo esto hay que sumar los movimientos fascistas que han empezado a actuar en las fronteras europeas saboteando embarcaciones o impidiendo que personas migrantes puedan desembarcar en las costas, con la premisa de que "las fronteras están cerradas". No es de extrañar teniendo en cuenta las políticas de Europa para abordar el problema, el Mediterráneo es considerado como la ruta más letal, se cuentan por miles cada año las personas que pierden la vida tratando de llegar a las costas europeas, principalmente por motivos económicos, ante la negativa de darles asilo.

No podemos olvidarnos de aquellos seres humanos obligados a abandonar su casa y su tierra, destinados a campamentos de refugiados que bien podrían considerarse campos de concentración, donde el exterminio no viene dado por fusilamientos o cámaras de gas, sino que la causa de las muertes es la omisión de socorro, la apatía, la indiferencia, el abandono... Millones de seres humanos que ahora dependen de la caridad que los países más desarrollados quieran ofrecer a través de las ONGs, esa ayuda que sale, en su mayoría, directamente de los bolsillos de la clase obrera, que presa de una carga de conciencia inoculada a través de las campañas lacrimógenas de estas organizaciones se ve empujada a donar lo que buenamente pueda, sin ser consciente realmente de si esa ayuda llegará o no a su destino, o si será suficiente. Mientras tanto millones de personas se ven atrapadas en tierra de nadie, esperando que les abran las puertas para poder labrarse un futuro, lejos de las guerras y la miseria que han provocado los mismos tiranos que no les permiten pasar sus fronteras y los condenan a vivir en unas condiciones inhumanas, dejándolos a su suerte y convirtiéndose en sus verdugos por partida doble.

Ante toda esta situación el socialismo es el único camino, se viene demostrando desde que empezó la crisis y no ha dejado de hacerlo.

Son las políticas socialistas las que salvan vidas, las que se preocupan de hacer llegar los recursos humanos y materiales a aquellas zonas más afectadas por el virus. Aquellas políticas en las que lo humano sea el recurso más valorado, por delante de lo económico o lo rentable. Hoy más que nunca se demuestra la importancia de un proyecto revolucionario que cuestione las actuaciones de las organizaciones mundiales como la UE o la OTAN, que lejos de obrar en favor de superar esta crisis minimizando las pérdidas humanas, se centran en proteger a las grandes fortunas y a los monopolios, provocando así otra crisis que tendrán que pagar los/as de siempre, quien produce la riqueza y quien sufre la opresión, la clase obrera necesita un proyecto internacionalista, de hermandad entre los pueblos que asegure y afiance la supervivencia del ser humano independientemente de su país de origen o su cultura.

Socialismo o Barbarie.

Sergio Vega