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Quiero recordar que Manolo Valle recogía en la tercera parte de El signo de los cuatro que Dashiel Hammett abandonó la escritura porque ya había dicho todo lo que tenía que decir. Es cierto que la postura contraria, considera que la repetición una y otra vez de la misma obra, se encomia como una especie de estigma del genio. Martin Scorsese claramente se apuntaría a la segunda idea.

El irlandés es una adaptación de I heard you paint houses (Oí que pintas casas, expresión en clave para decir que asesinas a sueldo) de Charles Brandt. Ambas cuentan la historia de la relación de la mafia  con el sindicato de transportistas en la época de Jimmy Hoffa a través de Frank Sheeran, el irlandés. La película de Netflix dedica más de tres horas al ascenso de este personaje en el sindicato y en la mafia, como ambas se convierten en un momento en lealtades enfrentadas, y finalmente la decadencia solitaria en una residencia de ancianos. Lo curioso es que esta historia real o, al menos, basada “en hechos reales” repite los temas de Casino y Uno de los nuestros, pero también Toro salvaje o El lobo de Wall Street y de otras cuantas de Scorsese.

Las historias de Scorsese requieren el desembarco de alguien ajeno en un mundo cerrado, un outsider. Un irlandés en el reino de la mafia italiana, como lo fue también De Niro como judío en Casino. Este personaje que procede en general de la clase trabajadora se ve arrastrado por la vorágine de la lógica interna que le atrae y en el que cae casi por casualidad. Esta distancia le permite narrar, puesto que se adopta el punto de vista del extraño, con una mínima distancia el funcionamiento del mundo en el que se inserta. Se lo explica a él y a nosotros.

El extraño asciende en el mundo que lo ha recogido hasta una posición relevante, pero siempre subsidiaria. Siempre está en deuda, estar sujeto a una lealtad moral cuya traición finalmente será el conflicto central de la película. En El irlandés a Frank Sheeran lo aprisionan dos lealtades: Russell Bufalino, miembro de la mafia, y Jimmy Hoffa de quien será mano derecha en el sindicato. Recordad que el eje narrativo es el viaje en coche con Russell en el que asesina a Hoffa.

La lealtad es puesta a prueba porque el amigo se pierde en una ambición excesiva. En este caso, Hoffa quiere recuperar el control del sindicato al salir de la cárcel, cuando la mafia ha eliminado los intermediarios en el control de los fondos de pensiones que maneja la organización (la necesidad de capital financiero de la mafia queda en sombra, aunque daría para mucho).

La pregunta que asedia a los protagonistas de Scorsese es: ¿Debo mantener mi lealtad a quien me lo ha dado todo y perderme con él o traicionarlo y salvarme? Las películas de Scorsese repiten una y otra vez la misma pregunta, pero, y esto es lo interesante, para responder siempre igual: la traición porque al amigo lo ha perdido el exceso, la hibris.

La locura ambiciosa del mentor, del amigo, hace que pierda la noción de mesura -su lugar en el mundo- y esta pérdida justifica la traición del amigo. Scorsese, recordad el final de El lobo del Wall Street o, incluso invertido, La última tentación de Cristo, condena el exceso, la ambición desmedida. Diría que, como define el socialismo pequeñoburgués el Manifiesto, condena los excesos de la dinámica del capitalismo y la competencia, porque lo perfecto sería el áurea mediócritas de aquel que participa en la dinámica pero sabe exactamente cuál es su lugar.

JARM