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Cuando María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, más conocida en su casa a la hora de comer como Isabel II de España, tomó las de Villadiego y se exilió en París en 1868 forzada por una “Revolución Gloriosa” cansada de corrupción, desigualdad social, vacío de poder y otros delirios lujuriosos de su graciosísima majestad, empezó en España, entre el himno de Riego y los gritos de ¡Mueran los Borbones!, el primer intento del capitalismo hispano por dotarse de un régimen político democrático.

Una ardua tarea que tras el “Sexenio Revolucionario” del general Prim y del monarca importado de Italia, Amadeo I de Saboya, se materializó finalmente en la I República española del 11 de febrero de 1873. Una nueva forma de gobierno de impronta liberal de casi dos años de duración. El tiempo suficiente para poder comprobar que medidas como la separación de la Iglesia y el Estado, la abolición de la esclavitud de aquellos tiempos y las reformas en favor de las mujeres y los niños trabajadores, no las digerían los generales golpistas Martínez Campos y Pavía que, enarbolando la cruz y la espada de los aristócratas y caciques que representaban, acabaron violentamente con aquellas pretensiones.

La II República

Sin embargo, un 14 de abril de 1931, como bellamente expresó el poeta Antonio Machado, “la primavera traía a nuestra República de la mano”. Era la II República de una España en plena efervescencia popular. Hace ahora 89 años. El mundo se quedó perplejo. París, Londres, Moscú, y también Washington, no daban crédito a sus ojos. No tanto para España, que tras la sustitución del general Primo de Rivera por un intento fracasado de volver a la “normalidad constitucional” en la figura del general Berenguer, dejaba atrás 7 años de dictadura militar y un monarca, Alfonso XIII, zarandeado y maltrecho. “El Africano”, como también llamaban a este enemigo del pueblo, tragó como pudo la victoria del voto republicano en las elecciones municipales del 12 de abril de aquel año, y como hizo su libidinosa yaya, la mentada reina Isabel II, agarró sus bártulos y se las piró, no para exiliarse en Francia como la susodicha, sino en la Italia fascista de Benito Mussolini.

La lucha continúa

Se abrió entonces para la clase obrera y otros sectores populares un tiempo de esperanza emancipadora. La que intentó terminar con el atraso secular de España, las injusticias sociales y el no reconocimiento de las nacionalidades existentes en el Estado español. Pero seguramente era pedir demasiado a dos bienios marcados por avances y retrocesos sangrientos, e igualmente por un victorioso Frente Popular, el 16 de febrero de 1936, que no pudo  llevar a cabo su programa antifascista y antioligárquico debido al golpe de Estado fascista de julio de ese año. Después ya sabemos: tres años de cruenta Guerra Civil, cuarenta de feroz dictadura y otros tantos de obligados silencios y olvidos para mayor gloria del sistema monárquico-capitalista.

Hoy la lucha continúa por objetivos similares a los que pretendieron alcanzar aquellos/as combatientes/as republicanos/as. Con una particularidad por nuestra parte, la de enmarcarlos en la construcción revolucionaria de una República Socialista de Carácter Confederal. Y en ello estamos.

José L. Quirante