La historia nos habla de Revoluciones triunfantes y de Revoluciones fracasadas. Pero también hay revoluciones que, como la iniciada en México en 1910, cayeron víctimas de la traición de aquellos que un día enarbolaron las banderas de la liberación y la justicia social.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la Revolución originó un caudal creativo que tomaba del indígena ancestralmente ignorado y del proletariado rural y urbano su inspiración y su meta. Se trataba de plasmar en las diversas artes sus aspiraciones, las razones de su rebeldía, su furor y el choque entre tradición y futuro, entre lo nuevo y lo viejo.

Pintores como Siqueiros, novelistas como Mariano Azuela o Luis Martín Guzmán, autores de “Los de abajo” y “La sombra del caudillo”, trazaron el poliédrico retrato de ese tiempo de violencia y entusiasmo, y solo más tarde, cuando la revolución entra en su fase de estancamiento, cuando figuras como Emiliano Zapata han sido convenientemente relegadas a la inofensiva categoría de elemento folklórico despojado de trascendencia política, surge a modo de colección de relatos “El llano en llamas”, el epílogo desesperanzado y pesimista de lo que según Juan Rulfo ha sido esa revolución, y de lo que será en adelante la institucionalización de un poder que lejos de pertenecer al pueblo se ha convertido en patrimonio de una burguesía autocomplaciente y satisfecha de regir su país de acuerdo a los intereses de su poderoso vecino del Norte. Relatos como “Nos han dado la tierra”, “Paso del norte” o el que da título a esta breve obra maestra, ofrecen una visión irrepetible por su valor antropológico, por su apenas esbozado recuerdo de unos ideales sepultados por la realidad y por su extraordinaria calidad literaria que, precisamente por su complejidad, merece ser examinada con detenimiento y hasta con disciplina; la disciplina que requiere el verdadero aprendizaje.

A. Batlen 

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