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¡Damas y caballeros, ya llegó a la ciudad el Gran Circo del Clima! Durante las dos primeras semanas de diciembre Madrid instaló en el recinto ferial IFEMA un circo de los de antes, un espectáculo en cuyo escenario los payasos que van de listos pasan por encima de los que se presuponen tontos, un circo de esos en los que los animales maltratados por sus amos sufren y mueren tras las rejas de sus jaulas. Así fue, ese lamentable espectáculo se estableció en Madrid durante las dos primeras semanas de diciembre, tomando forma con el nombre de CUMBRE DEL CLIMA (COP25).

Hasta hace tan solo unas semanas se creyó que sería Chile, país designado tras la renuncia de Brasil, el lugar donde tendría lugar la Cumbre; sin embargo los organizadores, amedrentados por las luchas y protestas emprendidas allá por la clase trabajadora, acabaron por situar a Madrid como el lugar donde definitivamente tendría lugar esta pantomima climática.

A primera vista estas cumbres pudieran parecer la reunión de una serie de países (más de 200 en esta ocasión) para solucionar un problema compartido, así es como lo retratan los grandes medios del sistema. No, no nos dejemos engañar, basta con meter un poco la cabeza para comprender que el objetivo real nada tiene que ver con esa causa.

El imperialismo hila fino hasta en los pequeños detalles, el propio nombre de Cumbre del Clima pretende centrar supuestamente la atención sobre el efecto de los gases contaminantes en la atmósfera, su relación con el clima y el consecuente calentamiento global, dejando por tanto de lado otras variables fundamentales para comprender y atajar los problemas medioambientales que amenazan la sostenimiento de muchas de las especies que poblamos el planeta, variables que ratifican que la supervivencia del propio Ser Humano está en la cuerda floja. Pero cuidado, para los organizadores ese aspecto mejor ni tocarlo, a ver si vamos a querer entender esta cuestión también desde las ciencias sociales y vaya a resultar que seamos los marxistas quienes tengamos las claves para superar el problema.

Entrando más en el detalle, qué se puede esperar de esta serie de encuentros en las que unos países les compran a otros sus derechos para contaminar (regulación del mercado de emisiones de carbono, así lo llaman los grandes monopolios internacionales), qué se puede esperar de unas cumbres inventadas por el sistema capitalista para garantizar la hegemonía medioambiental del bloque imperialista dominante sobre el mundo en desarrollo, imponiendo medidas restrictivas para la emisión de gases que poco les afectan a ellos pero que lastra el progreso de lugares como China o India entre otros, de manera que el imperialismo, con EEUU a la cabeza, no sólo sale ganando tras cada cumbre sino que, a su vez, pretende culpabilizar a los países en desarrollo y al tercer mundo del creciente deterioro del medio.

Mientras tanto el sistema, de nuevo sin dar puntada sin hilo, crea a Greta Thunberg, la sitúa en Madrid y recita el discurso que le escribieron en clave de reprimenda pero que, en verdad, no pretende más que descargar otra nueva dosis de anestesia sobre la opinión pública y seguir dando tiempo al capitalismo para pudrir las raíces del mundo. Lo de Greta y las ONGs que le hicieron de palmeros daría para escribir una tesis en psicología, sin duda, pero también deberían hacernos reflexionar sobre porqué el movimiento ecologista, en general, adolece del mínimo carácter de clase y de combatividad. Volvemos así con el marxismo como elemento clave en lo teórico: mientras que quienes mantenemos la conciencia revolucionaria no incidamos con determinación en este campo y lo entendamos como un frente más de lucha poco podremos esperar.

Por fin acabó la cumbre en Madrid y nos han querido hacer creer que con infructuosos resultados. Falso, para ellos fue perfecta, todo sigue igual.

Javier Martorell