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Esto es una recomendación: The Deuce es imprescindible. La serie parece centrarse en la transformación de la prostitución y la consolidación y expansión de la industria cinematográfica del porno. Pero es mucho más. David Simon, creador también de The Wire, Treme o Generation Kill, consigue narrar de forma creíble las transformaciones sociales del centro de Nueva York. Junto a las prostitutas y sus trayectorias vitales, aparecen los garitos nocturnos y la mafia, las luchas homosexuales por su reconocimiento o la colusión de intereses entre el partido demócrata y el capital inmobiliario, la corrupción policial. Durante la tercera temporada incluso llega a proponer una lucha intestina de la clase dominante en el Estado por las rentas del suelo.

De la gran cantidad de aspectos y matices de la serie me gustaría destacar dos: la pertinencia del concepto formación social y la distinción, que le hurto a Žižek, entre violencia objetiva y subjetiva. Ambos los veremos a partir de la evolución del personaje de Lori Madison.

La serie arranca con la llegada de Lori Madison, aparentemente ingenua, a Nueva York. Es seducida por un proxeneta negro que la prostituye casi inmediatamente. La diferencia de Lori Madison, con otras prostitutas y otros chulos, estriba en que no cae presa del idealismo de una entrega “por amor”, sino que desde el principio usa su sexo para la mejora de su posición relativa. Lori, desde esta conciencia pragmática, mantiene una trayectoria vital ascendente. En la primera temporada descubre que la pornografía produce más beneficio que la prostitución y que su posición le permite una negociación mejor con su empleador. Mientras otras putas sufren la violencia del proxenetismo que incluye palizas, navajazos o la obligación de trabajar padeciendo fiebre, ella mejora ostensiblemente su estatus hasta ubicarse en una posición de fuerza que le permite despedir a su chulo por una representante.

Lori, durante la segunda temporada, disfruta las ventajas de ser una estrella del porno. Sus compañeras en las calles de Nueva York han corrido otra suerte. Alguna consigue abandonar la prostitución, otras, la mayoría son derrotadas y, en un proceso de centralización y concentración del capital, confinadas en burdeles (la serie muestra hasta la construcción y las dimensiones de los habitáculos donde se prostituyen). Los chulos negros de la primera temporada son sustituidos por capataces al servicio de la mafia que adelanta el capital fijo: la exclusión se produce porque la reunión de las prostitutas en un único espacio abarata los costes de circulación y excluye al pequeño empresario. Lori Madison no está encerrada en un cuartucho angosto para optimizar los beneficios, goza de fiestas y cocaína. El éxito profesional de Lori se contrapone a la explotación del resto de ellas. No es exactamente que Lori no padezca una explotación sexual y laboral, sino que su posición y su trayectoria le permite, subjetivamente, eludir la violencia estructural de la obtención de plusvalía de su sexualidad.

Es la tercera temporada la que disuelve las violencias objetiva y subjetiva cuando muestra la decadencia de Lori. Las prostitutas pasan del burdel al hotel, reducen el capital constante pero también pasan de un tipo de control del capital a otro. Lori, sin embargo, que ha decidido abandonar la pornografía por el embrutecimiento de las escenas (gangbang, bukake…): la violencia objetiva es percibida ahora sí subjetivamente por Lori. Lori no encuentra camino de salida como actriz, stripper o en formas tradicionales del porno. Finalmente, tras el último revés, Lori vuelve a la calle de Nueva York donde se prostituía -en la que la prostitución continúa-, recoge a un cliente en un coche y cuando, termina su trabajo, se descerraja un balazo en la cabeza.

JARM