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Los símbolos son una construcción social (ideológica) que condensan una gran cantidad de energía en su capacidad de cohesionar, con un mínimo de recursos formales, el bloque social al que representan. Un símbolo tiene tal capacidad de identificación social que hace innecesaria la explicación de su contenido. Por otra parte, esos símbolos de alto arraigo tienen una enorme servidumbre de su materialización gráfica, pues la misma se construye como resultado de un siempre complejo y denso proceso social que articula intensamente la relación entre el continente y el contenido.

Un ejemplo inmediato con una señal de tráfico: STOP. Parada, preferencia del otro, prohibido pasar, ….. Este indicador, vinculado en su origen a la hegemonía anglosajona, no necesita mayores explicaciones, su alta socialización hace que, aunque no se esté en posesión del carnet de conducir, se conozca de forma suficientemente precisa su significado. En ello no hay discusión.

En otro terreno, el político-ideológico, pasa algo similar con la identidad comunista: una bandera roja, con la hoz y el martillo en amarillo, acompañadas de la estrella de cinco puntas, también amarilla. Baste una imagen icónica, como es la del soldado soviético colocando esa bandera en lo alto del edificio del Reichstag al final de la Gran Guerra Patria, para tener un ejemplo concreto de su alto valor simbólico.

Esa bandera roja, así configurada, con su expresión de la alianza de obreros y campesinos que fue determinante en la victoria y desarrollo de la Gran Revolución Socialista de Octubre, acompañada de la estrella que identifica el internacionalismo, también tan determinante en dicho proceso revolucionario, es el símbolo mundial del comunismo. En ella se condensan las pasadas luchas heroicas por la emancipación de la clase obrera, y también su vinculación y continuidad con las actuales.

La lucha ideológica de la burguesía internacional ha focalizado un insistente trabajo propagandístico, en todos los ámbitos, para desvirtuar esa identidad emancipadora de la bandera roja con la hoz y el martillo. Con su permanente campaña anticomunista ha tratado de asimilarla a “dictadura, y violencia”, con el objetivo de alejar a la clase obrera de la misma. Hoy, la prohibición de símbolos comunistas en determinados países de la UE, así como la reciente resolución anticomunista de su Parlamento, expresan la lucha ideológica de clases en este ámbito de lo simbólico.

Pero en los últimos años, y en algunos casos desde más tiempo atrás, la burguesía se ha encontrado con un campo de alianzas fuera de su propia clase social para esta tarea anticomunista. Desde el mismo interior de determinadas organizaciones comunistas, o llamadas comunistas, se está realizando un proceso de “deconstrucción” de la alta fuerza simbólica de la bandera roja con la hoz y el martillo.

El PCPE también tuvo en su interior un grupo de esta orientación ideológica, afortunadamente ya fuera de la organización.

Los banderas blancas”.

Con un supuesto pretexto de modernización de los símbolos se procede, primero a poner la hoz y el martillo en blanco, y no en amarillo, también la estrella que las acompaña se vuelve blanca. Luego le sigue la bandera, que se vuelve también blanca. Y, más tarde, la hoz y el martillo empiezan a aparecer recortadas, ocultas, no se ven ya enteras, se esconden o parece que se hunden en el mar de los tiempos, tendiendo a su desaparición.

Así nos encontramos con una “bandera vacía”, con una hoz y un martillo también “vacíos” y, cómo no, con una estrella de cinco puntas también “vacía”.

Las organizaciones que toman esa deriva muestran, así, ante la clase dominante su renuncia a la historia, a la tradición revolucionaria, y a los principios ideológicos del marxismo-leninismo. Buscan, quieran reconocerlo o no, su aceptación por parte de la clase dominante, su redención ante la burguesía, en la medida que ya no se reclaman de lo que fueron los bolcheviques, su dictadura del proletariado y sus gestas heroicas. Sino que se “modernizan”, y aquella historia y aquellos principios no son ya más que recuerdos del pasado, y no contenidos del presente.

Además la elección del blanco como nuevo color del símbolo, en esta sociedad cuya superestructura ideológica está tan determinada por la religiosidad cristiana, indica, todavía más, un sometimiento superior. El blanco es el color de la “pureza”, de quien no hace lo prohibido, de los trajes de novias, del sometimiento incuestionado a la ideología dominante. Es la expresión de la rendición. Justamente eso es lo que están comunicando quienes realizan este proceso de “deconstrucción” del símbolo histórico del comunismo internacional.

En cualquier trabajo de diseño no solo se expresan aquellas ideas que el sujeto trata de explicitar voluntariamente, sino que, inevitablemente, se cuelan otras subjetividades que el sujeto tiene interiorizadas en su conciencia (subjetividad) y que se incorporan inevitablemente al objeto diseñado, determinándolo en su objetividad.

Oportunistas de todo tipo, en los últimos años, han promovido este tipo de “deconstrucciones” de los símbolos revolucionarios en nuestro país, y los usan hoy de forma habitual en sus actividades. La práctica política de estos sujetos, absolutamente ajena a los principios de la ética revolucionaria, no son una casualidad, sino la expresión de su conciencia oportunista en la realidad concreta de la lucha de clases en España. La representación simbólica que usan es la expresión clara y directa de la ausencia de toda conciencia revolucionaria en su propuesta política. Esta simbología blanquecina es como una resonancia magnética de alta precisión que detecta, y deja en evidencia, primero el grado el grado de oportunismo de sus promotores, y a continuación el revisionismo y la traición a su clase.

Carmelo Suárez C.

Secretario General del PCPE