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De las películas que he visto en las calurosas noches de este verano antes de irme a la piltra a sudar la gota gorda (“La cabeza alta” de Emmanuelle Bercot; “La favorita”, del realizador griego Yorgos Lanthimos o “Berlín occidente”, del genial Billy Wilder), todas ellas excelentes, me quedo, y de largo, con la española, “Entre dos aguas”, del cineasta gerundense Isaki Lacuesta (“La noche que no acaba”, “Murieron por encima de sus posibilidades”), y Concha de Oro del Festival de San Sebastián 2018, Y ello, por dos razones básicamente: porque habla sin tapujos de mi tierra, Andalucía, y porque muestra, sin trolas ni cuentos, el drama social endémico que padecen en esta región los/as más desfavorecidos/as, y no solo ellos/as.

La película, que es la continuación de la “Leyenda del tiempo” rodada por Lacuesta en 2006 por su admiración al cantante de flamenco Camarón de la Isla, recupera los personajes de su anterior filme para construir una historia en la que se mezclan la realidad y la ficción. Una historia en la que Isra y Cheíto (magníficamente interpretados por los hermanos en la vida real, Israel Gómez Romero y Francisco José Gómez Romero) son, precisamente, dos hermanos gitanos que han tomado dos caminos muy diferentes en la vida. Isra, el de la pequeña delincuencia y Cheito orienta su supervivencia trabajando de panadero en la Armada. Ambos están casados y son padres de tres preciosas niñas. Sin embargo, los dos arrastran el trauma que les produjo la muerte violenta de su padre, se supone en un arreglo de cuentas. Isra, que además fue testigo de aquel terrible suceso a los 12 años, parece el más afectado por ello, hasta el punto de haber pasado un largo tiempo en la cárcel por delinquir con el tráfico de drogas, perder la confianza de su mujer y no hallar, pese a repetidos intentos, un “trabajillo en el que me traten bien”.

Luchar, siempre luchar

Es con Isra, principalmente, con quien Isaki Lacuesta quiere que viajemos a lo largo de más de dos horas de metraje. Así, con la premisa del documental para dar mayor veracidad al relato, somos testigos de una realidad andaluza de sobrexplotación, paro (más del 45% de jóvenes andaluces/zas de menos de 25 años no tienen empleo) y miseria no demasiado divulgada por los medios de comunicación burgueses. Lo que lleva a Isra, “pico de oro que ya no canta”, a una situación de gran desesperación, y que el director de “La próxima piel”, plasma bellamente en una entrañable secuencia en la que la compañera de un íntimo amigo intenta darle ánimos para que los deseos de quitarse la vida no le persigan más. A lo que, abatido, Isra le contesta que “en este lugar (la isla de San Fernando, donde pasa la historia) la única alternativa que tenemos nosotros es la de la droga, la muerte o la cárcel”. Y así, errando entre dos aguas, las de la legalidad y las de la delincuencia, Isra sabe pertinazmente que su existencia está ligada definitivamente al futuro de sus tres hijas; por las que, sin más remedio, tendrá que coger al toro por los cuernos y luchar, siempre luchar.

Rosebud