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En 2015 Thomas McCarthy dirigió una película valiente y comprometida sobre el tema de la pederastia en el seno de la Iglesia católica: “Spotlight”. Y aquella magnífica encuesta llevada a cabo por un reducido equipo de reporteros de investigación del Boston Globe, que constituye el nudo gordiano del filme, levantó en la jerarquía eclesiástica y en otros estamentos del estado de Massachusetts ampollas como melones. Hoy es el director de cine francés François Ozon (París, 1967), autor de películas tan dispares como “8 mujeres”, “En la casa” o “Joven y bonita”, quien toma el relevo de tan escabroso asunto contándonos en “Gracias a Dios” una historia también real que corta el aliento del espectador y zarandea fuertemente los cimientos de la institución católica gala.

En esta oportunidad François Ozon, motivado personalmente por el escándalo que supuso en Francia la salida a la luz en 2015 del “affaire Bernard Preynat” y de su protector, el cardenal de Lyon Philippe Barbarin, es decir del sacerdote que abusó sexualmente en la diócesis de Lyon de más de 70 niños entre los años 1980 y 1990 y del hombre más importante de la Iglesia católica francesa, decidió investigar lo ocurrido, escribir un guión a la altura del drama y hacer una película como portavoz de las víctimas. Por supuesto, venciendo antes numerosas coacciones de la propia Iglesia.

Romper silencios

La película, como en la cinta de McCarthy, muestra con destreza y brillo cinematográficos los sucesos referidos, pero en esta ocasión bajo un punto de vista más hiriente si cabe: el de las personas agredidas y violadas sexualmente por el criminal clérigo lionés. Unas víctimas que no pudiendo olvidar después de más de 30 años lo que les pasó cuando eran niños y estudiaban en colegios privados católicos, deciden crear la asociación “La Palabra Liberada”, con objeto de romper silencios, comprender lo sucedido y exigir responsabilidades y justicia a las más altas instancias eclesiásticas del país vecino. Es la acción que emprenden Alexandre, François y Emmanuel, los protagonistas del filme. Los dos primeros pertenecientes a la clase alta y media francesa; con buenos trabajos y familias estructuradas, y en el caso de Alexandre, católico practicante y muy involucrado en la Iglesia. El tercero de ellos es alguien más dañado, no tiene ocupación, tampoco pareja, y los abusos a los que ha sido sometido lo han traumatizado profundamente. Los tres, con sus familias respectivas, constituyen el núcleo central de un filme coral mezcla de drama y thriller que, aunque algo sobrante de metraje, gracias a un guión redondo, una música envolvente y una interpretación sin fisuras contribuye a romper la omertá que rodea estos escándalos de la Iglesia católica. Una ruptura del silencio que ha conducido a que el Tribunal Correccional de Lyon condene a seis meses de prisión – exentos de cumplimiento- al cardenal Philippe Barbarin por un delito de ocultación, y a que este año sea juzgado el cura pedófilo.

Sin duda, la película más madura de la carrera cinematográfica del “enfant terrible” del cine francés, y merecido Oso de Plata - Premio del Jurado - en la Berlinale de este año.

Rosebud