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Señoras y señores, mesdames et messieurs, ladys and gentleman, acabamos de asistir por partida triple, y en algunos casos hasta por cuádruple lance, al gran circo electoral que el capitalismo organiza periódicamente para convencer al pueblo (¡Uy!, perdonen, quise decir ciudadanía) de que, aunque a veces “las cosas” vayan mal, siempre tenemos la posibilidad de mejorarlas introduciendo un papelito en una urna cada equis años, y así poder elegir al partido político más idóneo para realizar la loable tarea. Sí, porque aquí no hay partido único, no. Aquí, en España, y no sólo en este país bellacos dictadorzuelos, aquí se elige de manera fetén, sí, sí, muy fetén.

Esto no es Venezuela ni Cuba, no, no. Aquí hay mogollón de partidos, ahora, eso sí, cada organización con influencia en la opinión pública, y en cada cita electoral, procurando no poner nunca en entredicho el sistema económico imperante (el capitalismo, claro), y haciendo lo imposible (tarea encomendada básicamente a los medios de comunicación encargados de lavar el cerebro de la gente) para que el pueblo en su conjunto (vale, la ciudadanía) adhiera a ese mandato más alegre que unas castañuelas. Después todo es coser y cantar. Bueno, casi. Unos años son unos los que gestionan el capitalismo, y otros años, pues otros. Y así va la vida en la sociedad burguesa: mientras los ricos se hacen cada vez más ricos gracias a las políticas económicas elaboradas por esos unos y otros, auténticos vasallos a su servicio, las clases populares, los/as currantes/as, vivimos con la ilusión de que algún día “las cosas” vayan mejor para nosotros/as. Pero cuando se descubre el engaño, es decir cuando se comprueba con el paso del tiempo que lo prometido a los/as trabajadores/as no es deuda, y que los de siempre se inflan hasta las cejas empleando artimañas inimaginables, entonces aparecen los desencantos y las crisis políticas que conducen a nuevas consultas electorales. Y vuelta a empezar con más de lo mismo, como ha ocurrido estos días en el Estado español: una socialdemocracia con corbata y otra con tejanos raidos, y una derecha made in spain, la franquista de siempre: la camuflada desde la Transición en sus versiones rancia y moderna y la que con orgullo patrio e impasible el ademán entona ya el “cara al sol”. Pero todas dispuestas a realizar los chanchullos necesarios para mantener el tinglado capitalista y sus poltronas, y hacer creer a la plebe todo lo contrario.

Superar el capitalismo

Y en circunstancias tan pintorescas, ¿quién puede acabar con tamaño esperpento? Solo los comunistas con la clase trabajadora concienciada y organizada – guste o no - podrán hacerlo. Solo así se podrá zanjar tanto cambio para que todo siga igual. Porque el cambio real no está en trucar el collar del mismo perro glotón, sino en superar el capitalismo para construir una sociedad por y para los/as trabajadores/as: el socialismo-comunismo. Solo cuando el movimiento comunista ha sido fuerte en nuestra historia contemporánea, el capital ha cedido en voracidad, y hemos conseguido los derechos sociales y laborales que conocemos hoy. Ahora que es débil, nos los están robando. Lo demás son pamplinas para marear la perdiz, y de ese modo perpetuar el poder capitalista, es decir el que exige explotar a la clase obrera y demás capas populares para asegurar su tasa de ganancia. Explotación que, además, es origen de toda injusticia social. Comprender esto, es decir entender que la solución para los/as trabajadores/as no está en reformar un sistema corrompido e infecto sino en superarlo, es empezar a cambiar realmente ya. El camino para conseguirlo será intrincado, pero a él nos presiona una sociedad inicua dividida en clases, y como decía Carlos Marx: “la lucha de clases es el motor de la historia”, mucho le pese a azules, naranjas, pardos y morados. Sin duda ninguna, la lucha continúa.

José L. Quirante