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La principal arma ideológica de la burguesía en su ataque contra el Antiguo Régimen fue el concepto de crítica. La crítica, es decir, la emisión de un juicio basado en la reflexión individual, excluye cualquier justificación ajena a la propia actividad humana. Por supuesto, elimina la posibilidad de que lo ordene dios. La crítica, así concebida, es tremendamente eficiente para atacar las nociones centradas en el linaje y la subsiguiente división de clases legitimada en el mandato divino o el lugar natural. La Ilustración con la crítica configura una distinta forma de justificar la desigualdad por el trabajo propio y el mérito. En el capitalismo, cada cual obtiene lo que invierte, es decir, lo que merece. La desigualdad es un efecto del distinto esfuerzo de cada cual.

Por eso, siempre que el capitalismo recurra a la ciencia ficción en momentos de crisis para la legitimarse recurrirá a la distopía religiosa. Cuando la lucha de clases o la miseria azuza, arrecia el combate contra la religión. Así es, magistralmente, en El cuento de la criada.

El cuento de la criada diseña una sociedad teocrática que pretende devolver una pureza moral perdida (curiosamente protestante y puritana) a través del ejercicio del poder político. La serie conoce a la perfección los mecanismos que la ideología burguesa opuso a las sociedades feudales o feudalizantes: la decisión individual es anulada, la razón es sustituida por los ritos, las posiciones sociales son estancas y decididas de acuerdo a peregrinas lecturas de textos sacros y la libertad de comercio se condena. Y es aquí donde debemos anclar la mirada antes de aceptar sus argumentos precipitadamente y caigamos en su cepo.

Un último apunte ideológico y comercial de la serie: en la segunda temporada elimina las referencias al totalitarismo ecologista de la religión en el poder que rezuma en la primera, en la que la opresión sobre la mujer es semejante a la opresión contra la contaminación.

El episodio séptimo de la segunda temporada se sitúa justo en la frontera de la contradicción. En este episodio, mientras Serena, la esposa del comandante, y Offred toman decisiones durante la convalecencia del comandante, es decir, cuando la esposa y la criada ejercen vicarias el poder; Moira, la amiga lesbiana y negra de la protagonista, en el pasado arcádico con el que juega la serie decide alquilar su vientre, gestar subrogadamente un bebé, para una pareja inglesa que no puede tener hijos. Le pagarán 250.000 dólares. La justificación de Moira en ese pasado utópico es que así podrá pagar su crédito universitario e invitar a café a sus amigos hasta el fin de los tiempos.

Lo reescribo: en el futuro distópico las mujeres son obligadas a procrear religiosamente; en el presente la mercantilización de la capacidad reproductiva es celebrada por como ejercicio de libertad.

Porque la clave de El cuento de la criada no es que muestre un futuro distópico gobernado por puritanos de sexualidad perversa, sino que ese futuro no es otra cosa que el feudalismo. Afirma que la realidad del capitalismo más salvaje, ese que convierte la capacidad de gestación de una mujer en una mercancía, es la utopía que debemos conservar ante el totalitarismo teocrático.

Lo extremadamente inquietante de El cuento de la criada no es la posibilidad de una sociedad teocrática que controle políticamente la natalidad, sino la legitimación sin ambages de una sociedad que no sólo permite, sino que empuja a la venta mercantil de la capacidad de reproducción de las mujeres. Cuando el pasado 8 de marzo las representantes de Ciudadanos hablaban de un feminismo liberal, entiendo esto: que la religión feudalizante no regule lo que el capitalismo exige.

JARM