Compartir

(Este artículo complementa y continúa el artículo previo sobre la ideología neoliberal: “Caminará sobre cadáveres”, del UyL- marzo )

A Frank Underwood, he de reconocer que sólo aguanté la primera temporada de House of cards, no se le conoce más intención que el ascenso político: su monomanía por la que pisotea cadáveres. La acumulación de poder durante la serie es absurda porque no conlleva ningún sentido político, siquiera de dominación. O, dicho de otro modo, el sentido es puramente subjetivo, individual: empieza y acaba en el hecho de desear y obtener poder. House of cards es un remake de una serie británica, dicho sea de paso. E insisto en que lo terrorífico es su capacidad de seducción.

Una cosa parecida ocurre con el personaje que interpreta Benedict Cumberbatch en Brexit (película de HBO). Cumberbatch interpreta a Dominic Cummings, el director de campañas electorales, supuesto artífice de la victoria de la salida de la UE en el referéndum británico. En ningún momento de la película sabemos por qué Cummings quiere abandonar la UE; en ningún momento, salvo cuando aparece ridiculizada la extrema derecha racista, ningún personaje argumenta realmente cuáles pueden ser los motivos racionales, sentimentales, de clase o inducidos por alienígenas para permanecer en la UE o salir. Y lo verdaderamente importante es que, en el film, no importa.

Contra lo que dicen algunas críticas, Brexit no requiere el debate de motivaciones, exige y narra el combate de Cummings, el cerebro de la campaña electoral, contra todos. Cummings ha de enfrentarse sucesivamente a una panda de mediocres incapaces de reconocer su determinación y sabiduría contra el “lugar común” y el “sentido común”. Exactamente igual que los personajes de Ian Rand. Los diputados conservadores, que son descritos en la película como mediocridades, tratan de obstaculizar la superioridad intelectual y ética del héroe. La ética, en esta construcción ideológica, es la capacidad de sacrificarlo todo y a todos por la Idea. Tan enemigos son los rivales como los compañeros de viaje prisioneros del sentido común.

Una vez vencidos los compañeros, Cummings arremete contra otro enemigo cuyo jefe de campaña fue su superior en las filas conservadoras y de donde Cummings marchó por ser esclavos del sentido común. De hecho, esta es la acusación principal que les hace: son previsibles y hacen las cosas como siempre se han hecho. La misma acusación es usada para atacar al resto de defensores del Brexit: son previsibles, hacen lo que se supone que se debe hacer.

El campo de batalla es la opinión pública y, como en cualquier guerra, los métodos son cualquiera que pueda tener utilidad. Al héroe neoliberal, Cummings, dado que su ética es el no sometimiento de la Idea a la mediocridad de la opinión común/general, le está permitido cualquier cosa. Todo es legítimo por la victoria de la Idea.

Así le está permitido el uso de una empresa de gestión y control de datos para analizar, bombardear y manipular a sectores específicos de la población británica. Es verdad que Brexit pasa de puntillas por el procedimiento. Primero bombardean con publicidad, supuestamente neutra, al objetivo propagandístico; después, y según los datos recogidos por sus respuestas, les envían propaganda política perfectamente individualizada. La película siquiera indaga sobre la graciosa paradoja que crea: la consigna de la campaña con la que Cummings pretende manipular a la población es “take back control” (recupera el control). Una broma macabra que enseña, sin embargo, la íntima relación entre propaganda empresarial y propaganda política. Y enseña también las limitaciones de nuestro combate en las redes. Y lanza una pregunta que ya no podemos soslayar más: ¿cómo los enfrentamos en Internet? ¿Y fuera de las pantallas?

Jesus A.Ruiz Moreno