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Hace unas semanas, en plena campaña electoral por las legislativas, un miembro del gobierno en funciones de Pedro Sánchez, José Guirao, ministro de Cultura y candidato del PSOE al Congreso por Almería, manifestaba que el mayor reto al que nos enfrentamos reside en “impedir que siga empollando el huevo de la serpiente del fascismo”. ¿Cómo es posible entonces que lo que Jorge Dimitrov (dirigente de la IIIª Internacional) define como “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, chovinistas e imperialistas del capital financiero” sea enarbolada por esos socialdemócratas - en el caso de Venezuela – como el banderín de enganche en defensa de la democracia?

Menos infundios panda de lacayos del perverso Imperio. Juan Guaidó, Leopoldo López y demás botarates al servicio del führer de la Casa Blanca sólo son abortos de una sibilina y maloliente gestación ofidia: el fascismo. Es de eso de lo que se trata en Venezuela desde el intento de golpe de estado del pasado 23 de enero, y no de otras elucubraciones mediáticas. Por eso lo que actualmente está en juego en la patria del libertador Simón Bolívar, y no sólo en su territorio, es más trascendente para la clase obrera y los pueblos de todo el mundo que la defensa - evidentemente justa y necesaria - de su independencia y de su soberanía. Se trata de mantener la llama viva de la esperanza para que este mundo no sea devorado, y con él los derechos sociales y laborales de los/as trabajadores/as, por un capitalismo agónico - es verdad - pero cada vez más depredador, y por un imperialismo feroz a su servicio. Y esa esperanza de la que hablamos la simboliza hoy, entre otros, los pueblos de Cuba, Venezuela, Nicaragua, Siria, Vietnam y Corea del Norte, que no se doblegan y resisten heroicamente las constantes amenazas y sanciones de quienes se pretenden los amos del universo: Estados Unidos y sus satélites. Una resistencia que recuerda la de la Unión Soviética al nazismo y su posterior derrota de la que este año se celebra el 74 aniversario. Porque ciertamente nos encontramos de alguna manera como en los terribles años que precedieron aquella conflagración mundial: un poderoso y militarizado país (EE.UU. en este caso) que, aunque desgastado, agrede al mundo empleando políticas fascistas y racistas, y un enjambre de numerosos países gobernados ya por la extrema derecha. Un panorama político que exige de los/as revolucionarios/as, y no sólo de ellos/as, un compromiso de lucha tenaz y consecuente en defensa de la aludida esperanza si no se quiere retroceder en las ideas transformadoras todavía más de lo que ya ocurrió tras el derrumbe de la URSS en 1991.

Embrollo funesto

Así pues, en tan arriesgado y peligroso contexto para la clase obrera y otras capas populares, el “papelito” jugado por España en la crisis venezolana, es decir por el gobierno que se autoproclama (vaya palabrita) socialista, no tiene desperdicio alguno. Primero exigiendo la dimisión del presidente constitucional Nicolás Maduro en un plazo de ocho días y apoyando a golpistas chapuceros, después intentando liderar (seguramente por aquello de la “madre patria”) la posición europea en contra de los intereses políticos y económicos venezolanos y, algo más tarde, “hospedando” en la embajada de España en Caracas al terrorista Leopoldo López quien participó en el golpe de Estado contra Chávez en 2002 y, en 2017, desde la prisión en la que cumplía condena por los altercados que en 2014 costaron la vida a 43 personas, llamando al levantamiento de los militares contra el gobierno legítimo de Venezuela. ¿Y ahora, en este embrollo surrealista y funesto parido por los discípulos de míster Pompeo, estos siervos de los yanquis pretenden hacernos creer que quieren impedir la horrible incubación del huevo de la serpiente? Sin duda, demasiadas trolas que manducar.

 

José L. Quirante