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Desde que el 23 de enero, día en el que en medio de una plaza de Caracas y subido en un banco destartalado el pelele Juan Guaidó se autoproclamó “presidente encargado” (¿?) de la República Bolivariana de Venezuela, han transcurrido – hasta el momento en que redacto esta crónica - más de dos meses. Exactamente 74 días con sus respectivas noches. Desde entonces, en nuestro país, que por boca de su presidente del gobierno reconoció rápidamente al golpista venezolano amamantado por el Tío Sam, se han oído tantos disparates, estupideces y mentiras que, además de dar ganas de llorar, uno/a se pregunta si nos toman por imbéciles.

¿Cómo dar crédito a un fascista como el presidente norteamericano, Donald Trump, que cada vez que abre el pico es para reivindicar muros, bloquear países que no le son afines o lanzar bombas para expandir su imperio? ¿Cómo digerir que un país que trata a los independentistas catalanes de “golpistas” por el hecho de querer votar, sostenga sin parpadear al petimetre de Guaidó y a su sucia ralea que pretenden violentar el derecho internacional, la soberanía de un estado independiente y el mandato de un presidente elegido democráticamente? Pero ¿en qué mundo vivimos? Sin duda en esa fase superior del capitalismo, con su rostro criminal y en crisis moral y material aguda. En la República Bolivariana de Venezuela lo ha intentado casi todo para conseguir la caída del régimen chavista: el bloqueo económico y comercial; la organización de manifestaciones violentas y actos terroristas; el robo de los activos (más de 7.000 millones de dólares) de PDVSA, la empresa petrolera venezolana; el bloqueo en Londres de las reservas en oro (más de 1.200 millones de libras) pertenecientes a Venezuela; diversos intentos de magnicidio, etc., etc. Sólo le falta el empleo de la fuerza militar imperialista. Sin embargo, para desesperación del Imperio y ejemplo en el mundo, Venezuela, gracias a la estrecha y revolucionaria unión cívico-militar, sigue resistiendo.

Plan de la Patria 2019-2025

Una resistencia firme y decidida que se ha consolidado y plasmado en un nuevo “Plan de la Patria”, una Ley Constituyente publicada el pasado 8 de abril en la Gaceta Oficial bolivariana, y que representa el programa de desarrollo económico y social del Gobierno de Nicolás Maduro para los años por venir. Según palabras del Mandatario venezolano, “un Plan Nacional para los próximos 30, 40, 50 años, y cuyos objetivos principales son: la independencia nacional; el socialismo bolivariano; un país potencia en lo social, lo económico y lo político; una nueva geopolítica internacional y preservar la vida en el planeta; todos ellos entendidos como alternativa al modelo salvaje del capitalismo”. Algo que, seguro, ha debido levantar dolorosas ampollas en la refinada epidermis del actual inquilino de la Casa Blanca, así como en las no menos delicadas de sus más próximos colaboradores, conocidos todos por sus probadas cataduras democráticas: Mike Pompeo, Secretario de Estado, partidario incondicional del espionaje masivo y de una CIA “más agresiva, brutal, despiadada e implacable”; John Bolton, asesor de Seguridad Nacional y resuelto defensor del uso de la fuerza militar para resolver las crisis en el extranjero; Elliott Abrams, traficante de armas en el escándalo Irangate, y hoy “emisario especial” para obtener recursos financieros que permitan el derrocamiento del presidente constitucional de Venezuela, y Marco Rubio, senador republicano, hijo de padres cubanos, emigrados en 1956, y partidario de endurecer las sanciones económicas contra la patria de Bolivar.

 

Sin embargo, aunque todas las opciones estén sobre la mesa, si estos iracundos halcones intentan la que tanto enarbolan, morderán el polvo de la derrota mientras el pueblo bolivariano permanezca unido y movilizado con su presidente y sus fuerzas armadas revolucionarias. Otros más fieros que ellos también cayeron en países de imborrable recuerdo.

 

José L. Quirante