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La primera obra pictórica del expresionismo que supuso una onda expansiva fue “El Grito”, de Munch. Toda una metáfora de la soledad, la impotencia, la angustia, que genera el individualismo. La culminación de la pintura expresionista será, sin duda, la grandiosa obra de Oswaldo Guayasamín. Una obra que representa la denuncia del holocausto imperialista del siglo XX a través de los alaridos humanos, las sombras de los heraldos negros de la historia universal de la infamia.

Existen excelentes estudios monográficos sobre Guayasamín por parte de Camón Aznar. En 2012 se publicó en Ecuador el libro “Guayasamín::el poder de la pintura”, escrito por Pablo Cuvi.

Guayasamín provenía de una humilde familia ecuatoriana, su padre indígena y su madre mestiza. Conoció al pintor mexicano Orozco, al que le debe su incursión al muralismo. Entabló amistad con Neruda, García Márquez entre otros.

La fisiología humana que expresa, se caracteriza por seres descoyuntados por el sufrimiento, en numerosas ocasiones percibimos un mosaico como un puzzle de formas óseas inconexas, ojos que se vacían en la mirada aterradora, tonalidades frías y tenebrosas, la expresión desgarrada de las manos, desproporcionalidad de las proporciones, sufrimientos descomunales de personajes anónimos. En sus autorretratos refleja la visión de un mundo de genocidios y masacres, de opresión y explotación. En los retratos a Fidel expresa la dignidad humana frente a la barbarie imperialista.

En pleno siglo XXI sus pinturas cobran una enorme importancia ante los genocidios en Afganistán, Iraq, Libia, Siria y Yemen,…, un siglo y un mundo funesto, condenados a una ilimitada devastación.

M. Ángel Rojas