Compartir

Cuando vivía y trabajaba en Francia tenía que patearme con frecuencia buena parte del territorio del país vecino (construíamos centrales y subestaciones eléctricas), y cada vez que pasaba cerca de Collioure, un pueblecito pesquero de apenas 3.000 habitantes perteneciente a la comarca del Rosellón, me prometía que alguna vez tendría que ir allí a visitar la tumba del gran poeta republicano Antonio Machado. Y aquella promesa la cumplí un día de un canicular mes de agosto. Aquel día me dirigí al antiguo cementerio de la localidad del sureste francés donde, en un rincón reservado para los pobres, fue enterrado el insigne poeta el 23 de febrero de 1939, a los 63 años de edad. Cuando llegué al lugar el crepúsculo del atardecer envolvía la sepultura invadiéndome de melancolía.

Mirando el humilde enterramiento presidido por varias banderas republicanas y muchas flores rojas esparcidas sobre una gruesa losa gris, recordé los últimos días del poeta, cuando - como dice Serrat en su entrañable poema - “viejo, y cansado, a orillas del mar bebiose sorbo a sorbo su pasado”: los años infantiles en su Sevilla natal, en los que con sus padres y abuelo paterno, convencidos republicanos, pasó aquel periodo tan decisivo en su formación ideológica; los de su ingreso en la Institución libre de Enseñanza del pedagogo y filósofo Francisco Giner de los Ríos, tan determinantes en su educación intelectual y en la personalidad del poeta; los recuerdos exaltantes del encuentro en Soria con Leonor Izquierdo, el amor de su vida que la muerte le arrebató prematuramente; los de su toma de partido por el pueblo: “Y en todas partes he visto gentes que danzan o juegan, cuando pueden, y laboran sus cuatro palmos de tierra…” y contra la monarquía: “Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra República de la mano”, escribía entusiasmado a través de su apócrifo, Juan de Mairena, el 13 de abril de 1931. Igualmente los años terribles de la contienda que en nada debilitaron las convicciones republicanas y antifascistas del poeta, así como las semanas desgarradoras de la huida dolorosa hacia la frontera francesa, con su madre, Ana Ruíz, extenuada, su hermano José y la familia de este. Barajando allí la posibilidad de un exilio que nunca se produciría a la URSS, donde, según el poeta, encontraría “amplia y favorable acogida”.

Del pueblo llano

¿Y a este preclaro poeta que dio su vida por la IIª República, de la que este 14 de abril se cumplen 88 años de su proclamación, el felón Pedro Sánchez, el lacayo de Donald Trump, el que ha sido incapaz de relanzar la querella argentina contra 20 altos cargos franquistas acusados de crímenes contra la humanidad ni imponer una ley de Memoria Histórica que obtenga verdad, justicia y reparación para las víctimas del fascismo, este “socialista” de pacotilla, ha creído oportuno desplazarse hace unas semanas a Collioure para, en inveterado oportunista y dándoselas de progre, depositar en su sepultura una corona de flores con los colores de la bandera monárquico-franquista? ¡Qué desfachatez, qué cinismo! ¡Qué manera de violentar la historia! Primero los fascistas falseándola durante 40 años y ahora, en esta democracia timorata, el representante de turno, este lameculos del golpista Juan Guaidó, pretendiendo convertir al poeta sevillano, en un discurso insustancial e hipócrita, en adalid del consenso político. Machado debe revolverse en su tumba. En suma, recuperar al Machado que conviene al capital. Pero el poeta de “si mi pluma valiera tu pistola de capitán, contento moriría”, que Machado dedicó a Enrique Lister, jefe en los ejércitos del Ebro, no es recuperable. Pertenecerá eternamente al pueblo llano, aquel que luchó heroicamente contra el fascismo nacional e internacional, y al que hoy quiere acabar con tanta afrenta.

José L. Quirante