Compartir

Uno de los sectores donde se muestra la verdadera cara del capitalismo es en el de las residencias. Concebidas como negocio y no como servicio público, sirven para “retirar “ de la vista general a las personas que ya no son susceptibles de ser explotadas y, por tanto, son tratadas como mercancía “desechable” y, a su vez, consecuencia de lo anterior someten a las trabajadoras de dichas residencias a condiciones laborales discriminatorias, precarias y altamente estresantes. La lucha de dichas trabajadoras por mejorar sus condiciones no sólo las dignifica a ellas, sino que contribuye a mejorar la vida de las personas a quienes cuidan. En el capitalismo decrépito, de valores egoístas y salvaje individualismo, las compañeras de residencias de Gipuzkoa son un soplo de aire fresco y ejemplo de combatividad.

La administración foral mira para otro lado, al igual que quienes no están de alguna manera implicados. Las personas mayores no interesan y aunque, probablemente, la mayoría vamos a necesitar estos servicios, es más fácil hablar y publicitar la igualdad salarial y la no discriminación, que ver lo importante que es ir mejorando las condiciones laborales y la calidad del servicio en primer término y, desde luego, reivindicar unos servicios sociales públicos y de calidad. Es especialmente sangrante la situación en un territorio donde esos servicios eran públicos, y se han privatizado.

5.000 trabajadoras estaban citadas por ELA a 19 días de huelga en marzo, el 60% del sector. Venían de 16 días de huelga entre septiembre y diciembre del año pasado. Son un colectivo, ante todo, feminizado, 99% compuesto por mujeres contratadas a tiempo parcial, y muchas jomadas partidas, con inmensas cargas de trabajo. Contratadas por empresas privadas cuyo único objetivo es hacer negocio con los cuidados. Ese es su día a día..., pero desde hace unos meses también están en una nueva pelea con su convenio. Porque todo lo que han logrado ha sido peleando según nos cuentan Lourdes y Ana.

No es una lucha de hoy, la suya arrancó un lejano 2001, cuando vieron que les aplicaban un convenio de limpieza, cuando la mayoría eran auxiliares y enfermeras. De los sindicatos existentes en Euskal Herria obtuvieron una respuesta, la de ELA. De ahí, y de una reunión en el bar Erle de un familiar de Lourdes, a horas intempestivas, comenzó la aventura con el sindicalismo y las luchas obreras. Lejano también el miedo al jefe, miedo de las represalias por organizarse, miedo de poder perder el trabajo, de sufrir algún tipo de amenazas...., a fin de cuentas aprendieron que su miedo era de ir a luchar por aquello que entendían que debían de luchar. Que la patronal quiere hacer caja y lo ponen complicado, prácticamente cada 2 años han estado de huelga para poder firmar un convenio digno. Por eso no extraña que su convenio sea bastante mejor que el general, y que afirmen que lo que tienen se lo han ganado luchando. Y cuentan con todo ese aprendizaje colectivo que les permite enfrentar la situación actual impuesta por la última reforma de la negociación colectiva. Necesitan blindar las condiciones laborales alcanzadas y negociar tanto el convenio sectorial como todos los convenios de empresa que tienen.

Dicen estar asqueadas y aburridas de no tener respuesta alguna por parte de la patronal -encerrada en la congelación salarial para los años 2017-2018, y sin garantizar la firma del convenio sectorial ni los de empresa ya existentes- ni la diputación Foral de Gipuzkoa – responsable del 90% de las plazas que se ofertan y financiadora al 90% de dichas residencias guipuzcoanas-. Pero también afirman que saben lo que es estar movilizadas todos los días, dejar de tener vida familiar, perder dinero…, pero ganar fuerza, seguridad, empoderamiento, creer en lo que haces y luchar hasta ganar.

Quieren y luchan no sólo por unas condiciones dignas de trabajo, sino que reivindican unos servicios de cuidados de calidad, públicos, universales y gratuitos. Y sabedoras de que merece la pena pelear siempre nos dicen que si hace falta, esta vez también, llegaran a la huelga indefinida.

L. J.