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Es 13 de febrero. Empiezo a redactar esta crónica y veo en la tele que tengo en el escritorio a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, en el Congreso de los Diputados. La señora se desgañita en defensa de los Presupuestos Generales del Estado 2019. Con su gracejo andaluz afirma sin rubor ninguno que “son las cuentas que nuestro país necesita”, y además que “dan respuesta a grandes retos y viene a solucionar los problemas cotidianos de la gran mayoría de los ciudadanos”. Y se queda tan pancha. Unidos Podemos, por boca de su portavoz, Alberto Garzón, toma la palabra a continuación, y después de suplicar fallidamente a los nacionalistas catalanes y hasta el mismísimo Puigdemont que voten los presupuestos, le dice a la ministra que “hay entendimiento”, y hasta habla de “una música similar”. Pese a esos escarceos amorosos, yo me aburro terriblemente y apago el difusor de mentiras. Sigo escribiendo como si nada. Al cabo de un buen rato veo por internet que los manidos presupuestos han sido tumbados finalmente por el Partido Democrático de Cataluña (PDeCAT) y por Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Aseguran los nacionalistas catalanes que porque Pedro Sánchez “no ha tenido coraje para hablar de la autodeterminación de Cataluña”. A lo que el presidente del gobierno español ha respondido que él platica de todo pero “dentro de la Constitución y las leyes”, que fuera, res de res. La burguesía centralista y los “barones” del PSOE hacen palmas con las orejas y felicitan a su pupilo.

 

Satisfacer a sus amos

 

Tampoco están muy descontentos de su postura respecto a la cuestión venezolana. Aunque a decir verdad fue un poco tardón en la sentencia. Le hizo falta un tironcito de orejas del Tío Trump, una manifestación de los neofranquistas en Madrid junto a la gusanera venezolana que allí reside y una soberana patada en el trasero de los ineludibles “barones” para que, 13 días después de que el impostor, Juan Guaidó, se autoproclamara presidente de Venezuela, y concluido el grotesco ultimátum de 8 días para que Maduro celebrase “elecciones limpias”, Pedro Sánchez reconociera el 4 de febrero al fantoche designado por los yanquis como el mandatario legítimo de ese país latinoamericano. Y a partir de ahí, “todo” ha sido coser y cantar. Al sociata, que nadie había elegido, no lo paraba ni dios. El pobrecillo no sabía qué hacer para satisfacer a sus poderosos y venerados amos. Que si Maduro es “un tirano”, que si es “un dictador”, que si esto que si lo otro. Impresionaba ver lo bien que se le daba, en este asunto, el papel de leadership de la decadente UE. Qué ufano debió sentirse esos días pavoneándose de aquí para allá con “la flor y nata” del capitalismo europeo. Seguro que el muy bribón se creyó en algún momento que estaba haciendo historia, sí: Trump mangoneando su “patio trasero latinoamericano” y él haciendo de sirviente. Hasta que el sueño se acabó, y ¡zas! Los independentistas catalanes, que ellos, como saben, sí dieron un “golpe de Estado” en Cataluña y quieren hacer trizas España, le dejaron sin currelo y ha tenido que volver al tostadero.

 

Por mi parte yo seguí enfrascado en mi crónica para ver si la remataba a tiempo. Atento cuando escribía al “caballo de Troya” de la “ayuda humanitaria” de los promotores del deleznable muro con Méjico, y seguro de la fuerza y convicción revolucionarias del gobierno y pueblo bolivarianos para que no suceda lo que ocurrió en Chile en 1973, se respete la soberanía de las naciones y, con el apoyo de la inmensa mayoría de los países del mundo, otra vez, como en Cuba y en Vietnam, el vil Imperio vuelva a morder el polvo. Porque, que lo sepan, “solo el pueblo pone, solo el pueblo quita”.

 

José L. Quirante