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Si el trabajo sindical nunca es sencillo, el de estas compañeras es difícil de catalogar, porque sólo desde el más absoluto convencimiento en la defensa de los derechos colectivos, desde la entrega y el sacrificio se puede entender lo que puede costar organizar a trabajadoras que cada una está en un domicilio, y sólo se ven algunas de ellas y en contadas ocasiones, en la oficina cuando van a por material, sus equipos de protección.

Este servicio trata de ayudar a las personas que tienen alguna discapacidad o simplemente son mayores, evitando su traslado a una residencia y permaneciendo en sus domicilios donde tienen un cierto arraigo en el barrio, en los comercios, etc. Lo que era un servicio de gestión pública y municipal, en el año 97 pasó a gestión privada, con lo que ello supone de perdida de condiciones para las trabajadoras y por ende también para las personas usuarias de dicho servicio, es decir, nuestros mayores, esos a los que algunos quieren lejos y a ser posible enterrados.

De ser 150 trabajadoras han pasado a sólo 100 y tener más o menos 1000 usuarios, es decir, tienen que visitar a más de 10 personas necesitadas de ayuda en su domicilio por trabajadora. Y decimos bien, por trabajadora, ya que en la plantilla sólo hay dos hombres, que tienen claro que hay que hablar en femenino en esta profesión, donde la gran mayoría son mujeres con una edad que ronda los 55 años, por lo que casi todas padecen de lesiones muscoloesqueleticas.

Son mujeres con miedo a perder su empleo, vulnerables ante un empresario que las contrata a tiempo parcial, con dificultades para organizarse. Por ese motivo, sólo la labor constante de algunas compañeras, llamando por teléfono a cada una de ellas, esperando en las oficinas para poder conocerlas y hablar, consigue, a lo largo de los años, que estas mujeres se sientan grupo y peleen por mejorar sus condiciones de trabajo.

La jornada de estas trabajadoras empieza cuando llegan a casa de la persona que necesita la ayuda domiciliaria, y sólo le contabilizaban el tiempo que están en cada uno de los domicilios, por eso las tienen con jornadas reducidas. Una de sus victorias ha sido que se les reconociera el tiempo de desplazamiento de casa a casa como trabajo efectivo, aunque este reconocimiento ha ido en detrimento de los usuarios, a los que se les ha reducido el tiempo de asistencia.

El trabajo es de hormiguitas, poco a poco y con constancia, solicitando los permisos reconocidos en el estatuto de los trabajadores, reclamando céntimos en las nóminas de sus compañeras, exigiendo que se les retribuya legalmente cuando están de baja o de vacaciones. Y así, han ido consiguiendo el aprecio de sus compañeras y el respeto de la dirección de la empresa, que saben que sus incumplimientos acaban en la Inspección de trabajo y en los juzgados.

Ahora, ya se sienten con fuerzas para convocar concentraciones, como la realizada en defensa de su convenio en noviembre pasado, o para reclamar la equiparación al de discapacidad de ámbito de Comunidad, tanto en jornada como en salarios, su reivindicación no sólo es justa, también es equilibrada en el tiempo, ya que piden la reducción de jornada y la equiparación salarial en tres años.

A finales de febrero y principios de marzo continuarán las negociaciones del convenio. Nos avisan de que sin acuerdo habrá movilizaciones. Han estado solas, pero ahora, saben que una más una no son dos, son cien mujeres con una sola voz, la de la dignidad.