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Érase una vez un concurrido cruce de dos vías perpendiculares. A diario, una gran cantidad de vehículos y personas lo transitaban. El cruce no contaba con ninguna clase de señalización (no había semáforos, ni pasos de peatones ni otras señales de tráfico). Todo transeúnte y conductor era libre de atravesarlo como le placiese. El cruce era la anarquía: los conductores de los vehículos competían entre sí por pasarlo a la mayor brevedad. En consecuencia, aparte de los naturales atascos, los accidentes, algunos de ellos mortales, estaban a la orden del día: colisiones por doquier, conductores y acompañantes heridos, peatones fatalmente atropellados...

Un buen día, cansados de estos evitables incidentes, un grupo de vecinos se organizó para remediar la situación. Gracias a ellos, se instaló en el cruce la señalización apropiada para regular el paso de un modo racional y eficiente. A partir de ese instante, junto con la desaparición de los atascos, el número de accidentes cayó drásticamente. Es cierto que los transeúntes y conductores perdieron la libertad de atravesar el cruce como les placiese. Sin embargo, acabaron cediendo de buen grado dicha libertad a cambio de sufrir un menor estrés, de dejar de poner en riesgo su integridad física (y la de los demás) así como de asegurarse no quedar atrapados en ningún atasco. ¡Y todo ello directamente derivado de, gracias a la señalización, la no necesidad de competir por pasar el cruce a la mayor brevedad! Desde luego, parece que el cambio por el que apostó este grupo de vecinos es una mejora con sentido, ¿verdad?

Imaginemos ahora que el tráfico de ese cruce representa el proceso económico de nuestras sociedades. Así como, antes de la señalización, los conductores de los vehículos competían libremente por atravesar el cruce, los capitalistas compiten libremente por su ganancia. Así como, antes de la señalización, todos los transeúntes, conductores y acompañantes deseaban atravesar el cruce para llegar a su destino a la mayor brevedad y en buen estado, los diferentes actores económicos desean tener acceso al consumo (productivo e/o improductivo) para satisfacer sus necesidades y aspiraciones. Así como, antes de la señalización, los atascos y accidentes estaban a la orden del día, el proceso económico de nuestras sociedades es fuente de desigualdad, pobreza, etc. Por tanto, si la instalación de señalización para regular de un modo racional y eficiente el tráfico del cruce tiene todo el sentido del mundo, también tiene todo el sentido del mundo «señalizar» el proceso económico, esto es, planificarlo (centralizadamente) de un modo racional y eficiente para garantizar a todos los individuos el acceso al consumo en igualdad de condiciones tal que las necesidades sociales sean satisfechas. Y, por supuesto, no debemos olvidar en la ecuación la variable medioambiental.

En el proceso económico no es suficiente con que la producción tenga un nivel agregado particular. Sin embargo, es preciso que la producción final contenga, en determinadas proporciones, los elementos materiales que permitan la reproducción de la fuerza de trabajo. En relación a esta problemática, en el Libro II de El Capital, Marx introdujo los esquemas de reproducción. Mediante el análisis científico propuesto por estos, sería posible llegar a conocer en qué condiciones se puede garantizar que existe un equilibrio entre los diferentes sectores de una economía. Matemáticamente, la solución de equilibrio es una entre infinitas posibilidades. En consecuencia, alcanzar la situación de equilibrio en el modo de producción capitalista, el cual se caracteriza por la libertad económica y se rige por las leyes de la anarquía de la producción, no es más que una quimera. En otras palabras, la situación de equilibrio económico sólo puede lograrse conscientemente a través de la planificación económica.

Históricamente, los oportunistas, reinterpretando en un primer momento a Marx, concluyeron que era posible gestionar el modo de producción capitalista garantizando su reproducción equilibrada con objeto de mejorar las condiciones de vida de la mayoría social. Lamentablemente, la gestión socialdemócrata a lo largo de la historia ha producido el desmoronamiento de esta interpretación y prueba de ello son las recurrentes crisis de sobreproducción.

La corriente ortodoxa de pensamiento económico seguramente recurra a la ley de Say (que, dicho sea de paso, no es ninguna ley científica) para negar la discusión construida en este breve artículo. Por el contrario, la ley de Say establece que la oferta crea su propia demanda, siendo el equilibrio, por tanto, inherente al modo de producción capitalista. Desafortunadamente, esta «ley» olvida, entre otros, un elemento fundamental: el dinero es susceptible de ser atesorado, pudiendo así existir oferta sin demanda. Otra cosa diferente sería que las economías modernas estuviesen basadas en el trueque. En definitiva, de nuevo, la existencia de crisis de sobreproducción demuestra que afirmar que la oferta crea su propia demanda es una aberración.

En conclusión, garantizar el equilibrio en una economía libre, esto es, dependiente del conjunto de decisiones individuales, es inviable. Necesariamente existirán en tales condiciones desequilibrios desencadenantes de crisis de desequilibrio de mercado. Hoy día, en la era del big data, de las arquitecturas de altas prestaciones, del aprendizaje máquina y la inteligencia artificial, etc., tenemos sobradas herramientas para elaborar complejos modelos y sistemas que nos permitan una planificación exitosa de la economía incorporando todos los sectores (agropecuario, industrial, servicios, etc.). En nuestras manos está acabar con los «accidentes» de las crisis de desequilibrio, la pobreza y la desigualdad. En nuestras manos está regular el tráfico de ese cruce que es el proceso económico. Si socialmente nos dotamos de reglas para convivir, ¿cómo no escoger las mejores para algo tan crucial para el ser humano como el proceso económico?

Iván López Espejo