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Nadie en su sano juicio negará la máxima latina que de siempre se ha dicho que debía presidir la práctica deportiva. Un cuerpo sano con una mente culta pudiera llegar a ser la referencia social indiscutible del desarrollo más correcto y equilibrado de la personalidad. Un objetivo que, como ya señalamos en el primer artículo de esta nueva serie de UyL queda abandonado a todas luces por el ejemplo diario de la inmensa mayoría de las personas/productos que produce el deporte profesional de élite, que dan muestras permanentes y ostentosas de un alto grado de alienación derivado de su desprecio a la formación cultural y el compromiso social. Personas que podrían llegar a ser un ejemplo constructivo para millones de jóvenes para los que son un modelo, se construyen mediáticamente como unos verdaderos cretinos abrazados a la ostentosidad y el consumismo. Ejemplos los tenemos en todos los deportes que mueven cifras millonarias y, como consecuencia de ello ocupan la inmensa mayoría del tiempo en los medios de comunicación: fútbol, motos, coches, NBA, golf...deportes que salvo el primero no practicaremos jamás el 99% de la población pero del que es imposible no estar al tanto porque diariamente se nos hace tan presente como el Corte Inglés en Navidad.

Pero no queremos hablar de ello, pues salvo ejemplos documentados que nos permitan situar la gravedad de lo que hasta ahora solo hemos denunciado como percepción social; en esta sección queremos hablar del otro deporte, el que practicamos muchas personas que jamás cobraremos un duro por hacerlo. En el pasado número de UyL vimos un ejemplo en positivo de esa práctica deportiva con el Orihuela, pero hoy lo veremos en negativo, en la estulticia de quien no siendo profesional se comporta como tal y, consecuencia de ello, arruina su vida destruyendo su salud y el bolsillo y, en muchos casos, las amistades y la familia.

Hablamos de la necesidad urgente de desmercantilizar la práctica deportiva aficionada y rebajar completamente la competitividad que se ha instalado en ella. Hoy en en esta sociedad en la que imperan los valores de la competitividad y el consumo a todos los niveles, en los últimos años se ha impuesto un modelo de masificación del deporte que atenta claramente contra la salud de quien lo practica. La referencia social que se ha impuesto es que se hace deporte para competir y no se compite a consecuencia de hacer deporte y encontrarse en condiciones de poder abordar determinados retos. Se corre para llegar a hacer una maratón como sea y cuanto antes y no se hace la maratón porque por años de práctica deportiva te apetece elevar tu nivel de superación. Un modelo viciado que no marca límites por definición y para el que todo vale. Quienes hacemos deporte socializándonos con otros compañeros y compañeras, sabemos que la afirmación de que no existen límites lo que significa es que siempre hay un reto mayor que enfrentar y que para conseguirlo todo vale. Empastillarse con lo que se tenga a mano sin importar el precio o la salud, destinar el dinero que no se tiene para comprar los mejores aparatos y pagar inscripciones y viajes a competiciones cada vez más selectivas, abandonar a la familia, amigos e incluso obligaciones laborales por las horas dedicadas a entrenar como absoluta prioridad vital. Hoy para un porcentaje nada despreciable de las personas que hacen deporte de forma aficionada, su práctica se ha convertido en una droga de múltiples caras que, impulsada por esta sociedad decadente, ha pervertido hasta lo que pudiera parecer más sano e inofensivo.

Miremos a nuestro alrededor y recordemos casos que conocemos y/o nos han contado, y veremos ejemplos sangrantes de jóvenes, sobre todo en los barrios obreros, a los que se les revienta el corazón por no soportar el tratamiento sin control médico que venían tomando para cumplir con el canon estético de mazas con músculos sobredimensionados, o el de la persona que pide un préstamo para comprar una bicicleta de 10.000 € o el del idiota que destroza su familia y rompe con sus amigos porque lo primero es entrenar.

Se impone una reflexión social que, a modo de intervención de masas, sitúe esta crítica al modelo capitalista del deporte aficionado. La militancia revolucionaria, una vez abandonado el modelo estético, igualmente burgués, de aspecto decadente en espacios pretendidamente bohemios llenos de humo de tabaco y alcohol, tenemos el deber de confrontar con las imposiciones mercantiles e ideológicas que, paso a paso y sin olvidar ningún deporte, nos impone el sistema.

Para otro artículo abordaremos la privatización de los espacios deportivos y cómo la reivindicación de lo público a la hora de hacer deporte se convierte también en un espacio de confrontación política con el sistema.

Recordémoslo siempre, cuando el deporte no es un factor de sociabilidad sana y salud, lo mejor es dejar de practicarlo.

Paco Monllor Salens