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La caída del gobierno federal belga arroja luz sobre un hecho preocupante. El clima político en Flandes se está moviendo rápido y de manera preocupante hacia la derecha. Las ideas que antes sólo expresaba el Vlaams Blok fascista, ahora se banalizan. Los derechos humanos universales pasan a ser cuestionados, el nacionalismo está nuevamente en la agenda y se intenta someter a los movimientos sociales. Son los grandes ejes de una fascización insidiosa y de un proyecto de sociedad elitista.

Un gobierno provisional dirigirá Bélgica hasta las elecciones parlamentarias previstas para mayo de 2019. El anterior gobierno de derecha, compuesto por partidos liberales (MR y Open VLD), nacionalistas flamencos de la Nueva Alianza Flamenca (N-VA) y cristianodemócratas flamencos (CD&V), se había formado en 2014. Los diferentes partidos se unieron en una plataforma "thatcheriana" para impulsar un programa de reforma muy antisocial. Se aumentó la edad de jubilación. Las prestaciones por enfermedad fueron atacadas. Una vez más, los salarios no siguieron el aumento del costo de la vida. A pesar de los acuerdos socioeconómicos, las diferencias dentro de la coalición eran considerables. Mientras que los partidos liberales admiran al presidente francés Macron, los nacionalistas flamencos están mucho más cerca de Viktor Orbán. A pocos meses de las elecciones federales y regionales, los nacionalistas flamencos decidieron desenchufarlo. La razón invocada fue el apoyo del Primer Ministro al Pacto Mundial de las Naciones Unidas para la Migración. Pero esto no debe ocultar una realidad más importante. Con una campaña en línea contra el Pacto de Migración, el mayor partido flamenco se alineó abiertamente con la extrema derecha europea e internacional.

“Cualquiera que quiera imponer sus ideas debe tratar de imponer su lenguaje político al oponente. Y no lo lograrás usando términos defensivos. Las moscas se atrapan con miel y no con vinagre”. Es una cita del joven Bart De Wever, el presidente de la N-VA. Que logró poner en práctica lo que recomendaba. En muy poco tiempo, todos los oponentes y numerosos creadores de opinión política han pasado a utilizar el vocabulario de la N-VA. En poco tiempo, los nacionalistas flamencos han logrado imponer una “hegemonía cultural” en Flandes, y lo hicieron con miel, no con vinagre. Las ideas de De Wever se han vuelto irreversibles, como las de Trump en Estados Unidos, las de Orbán en Hungría, las de Bolsonaro en Brasil y las de Salvini en Italia.

Ideas impensables en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se han convertido en algo común hoy en día. Gran parte de lo que dijo el Vlaams Blok (Bloque flamenco) en los años 90 se propaga hoy como una gran verdad. Solo que empaquetado de una manera distinta, con un nuevo lenguaje, bajo el nombre de “la derecha realista”. Ese proceso se llama “fascización”. La palabra proviene de los años veinte del siglo pasado, justo antes de que Hitler tomara el poder en 1933. En aquella época, un proceso de derechización, de medidas autoritarias, de leyes represivas y de ideas racistas preparó el terreno para la toma del poder por los nazis. Como en la fábula de la rana que se sumerge en agua fría que se calienta lentamente, hasta que alcanza el punto de ebullición sin que nadie se de cuenta. Es un proceso con dos caras. Un proceso en el que, por un lado, se desmantelan cada vez más logros democráticos y sociales. Y en el que la opinión pública se pasa paso a paso a una ideología de extrema derecha. Vamos a mirar ese proceso en tres ejes: (a) el ataque a los derechos humanos universales, (b) el nacionalismo, (c) la eliminación de los movimientos sociales.

El ataque contra los derechos humanos universales

La Declaración Universal de los Derechos Humanos nació después de la barbarie del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, basadas, entre otras cosas, en la doctrina racista de la desigualdad de las personas. El primer artículo versa: “Todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. La Alt-Right quiere socavar esa igualdad y dividir de nuevo a las personas en distintas categorías con distintos derechos.

Cuando el líder del de extrema derecha Vlaams Belang, Filip Dewinter, en el año 2012, cuestionó la Convención de Ginebra sobre el derecho al refugio, Bart De Wever respondió: “Estos son derechos humanos, señor Dewinter. Me parece realmente chocante que lo cuestione”. Desde entonces, Bart De Wever y la N-VA también han adoptado la posición de Filip Dewinter.

Los derechos humanos son universales: se aplican a todos y cada uno. Pero para Bart De Wever y los suyos, solo son aplicables a los ciudadanos de su nación. El presidente de la N-VA considera que el acceso a la seguridad social no es un derecho humano, sino un derecho civil. Un derecho humano es algo que tienes inalienable desde tu nacimiento. Nadie puede quitártelo. Pero un derecho civil tiene que adquirirse, y el acceso a la seguridad social es un derecho civil, dice De Wever. Es un ataque fundamental a los derechos humanos, tal y como se entienden desde la tradición de la Ilustración. Para los pensadores de la Ilustración, todos nacemos con los mismos derechos inalienables; todos somos libres e iguales. Sin derechos civiles, el ciudadano está a la merced del gobierno. El universalismo es inmensamente importante en su pensamiento: son los derechos de las personas, de todas las personas. De Wever y los suyos ahora lo supeditan a una “condicionalidad”, y esta, es una vía muy peligrosa.

Esa condicionalidad se crea bajo la política del miedo. El temor de que Occidente sea “inundado” por los refugiados, y que el pacto de la “migración ilegal” aumente este “flujo”. Todo eso es falso, como está suficientemente probado. Pero De Wever sigue diciendo que los refugiados no son refugiados sino “cazadores de fortuna”, y que socavarán “nuestra seguridad social”. Increíble, proveniente de un partido del gobierno que durante casi seis años no hizo más que desmantelar la seguridad social. Y además, es mentira. El pacto migratorio no modifica la actual legislación belga sobre migración. Sin embargo, la verdad ya no importa. Se trata de crear una imagen de miedo, un chivo expiatorio en la parte inferior de la escala social para que no se mire al fraude y los negocios de la parte alta de la sociedad. Con el miedo se alimenta el racismo, atizado por políticos de odio como Theo Francken (N-VA, anterior Secretario del Estado para Asilo y Migración) y multiplicado a través de las redes sociales por fascistas como Dries Van Langenhove (de la organización Schild & Vrienden [Escudo y Amigos]). Para ellos, el racismo debe convertirse en la “nueva normalidad”, y crean distintas categorías de personas, que esos sí van a tener un “acceso” distinto a los derechos humanos.

El ticket de entrada al club de los Flamencos

Al organizar una prolongada crisis política, la N-VA quiere demostrar una vez más que Bélgica, con sus diversas comunidades y regiones, es “ingestionable”. Pone un palo en la propia rueda y luego se queja de que la bicicleta ya no marcha. En los próximos meses, el nacionalismo volverá a aparecer en la agenda, no solo contra los migrantes, sino también contra “los valones”.

De acuerdo a sus propios estatutos, la N-VA sigue luchando por una nación flamenca independiente. La N-VA opina que esa “nación flamenca” es un “hecho objetivo” que está por encima de todos los antagonismos de clase y por encima de todos los individuos. Ya no hay contradicciones entre los banqueros ricos y los asalariados de bajos ingresos, entre las multinacionales que evaden impuestos y los trabajadores productores, entre los ricos y los pobres. No, todos son parte “orgánica” de la nación flamenca, que, por supuesto, está dirigida por la “élite”. “El VOKA [Grupo de Empresarios Flamencos] es mi jefe”, dijo De Wever en su día. Lo que significa: el VOKA es el jefe de todos. Y todos han de identificarse con esa nación flamenca y con esa élite flamenca. Mientras tanto, la N-VA también quiere encargarse la enseñanza y el muy derechista Theo Francken quiere convertirse en el Ministro de Educación de Flandes, para deshacerse del principio de igualdad y remplazarlo por una nueva visión educativa elitista.

Según Bart De Wever, existen “características objetivas de grupo”. Como por el hecho de que alguien por nacimiento sea flamenco, por ejemplo, o que hable neerlandés. Pero para él la “experiencia subjetiva” es lo más importante. Los flamencos y los recién llegados no sólo han de hablar neerlandés, sino, ante todo, deben “verse flamencos” y respaldar “el orden moral de la comunidad”. La diferencia con el Vlaams Belang es que, según la N-VA, los forasteros pueden convertirse en miembros del gran club flamenco, pero sólo si abrazan completamente el “orden moral” de la Flandes capitalista. Por ejemplo, la N-VA difunde su nacionalismo como “humanitario y civil”, a diferencia del nacionalismo “étnico y racista” del Vlaams Belang. Pero en la realidad la distinción es mínima.

Hoy, esto se puede constatar en la Hungría muy nacionalista de Viktor Orbán, el amigo político de Theo Francken (N-VA) y el gran ídolo del fascista Dries Van Langenhove (Schild & Vrienden). Orbán forjó su régimen en “la comunidad orgánica húngara”, al igual que los nacionalistas flamencos. Pero al fin y al cabo, queda claro que los trabajadores húngaros solo pueden seguir el ritmo de los grandes empresarios húngaros y alemanes. A petición de éstos, Orban introdujo la llamada “ley de esclavos”, que hace posible exigir 400 horas extra de trabajo al trabajador al cabo del año. Los empresarios tienen tres años para pagarlas, o, probablemente, no pagar nada. La protesta contra esa ley de esclavos está creciendo. Y esa protesta destruye a su vez las ilusiones sobre una “comunidad orgánica sin contradicciones de clase”.

Poner fuera de juego a los movimientos sociales

En un régimen de extrema derecha, los movimientos sociales se prohiben o se restringen. Nada debe interponerse en el camino del sueño de una “comunidad orgánica”, y ciertamente, no se quieren oiroír voces organizadasíticas. El gran ogro para la derecha internacional Alt-right es el “Mayo del 68”.

Durante la ola de democratización de mayo de 1968 y la década de 1970, nacieron iniciativas en la base de la sociedad. Comités de vecinos, colectivos de médicos, bufetes de abogados, clubes juveniles, frentes culturales, organizaciones de mujeres, movimientos por la paz, organizaciones antirracistas, movimientos ambientales y comités de acción eran fuentes de creatividad democrática. Desde la base se creó un ambiente amplio y diverso, parte esencial y necesaria de vida democrática. Son estos movimientos de emancipación los que están bajo ataque hoy. Decreto tras decreto se busca encapsularlos en el sistema, impedir sus los aspectos autónomos y críticos. Para la N-VA, el movimiento asociativo debe incorporarse a la “creación cultural flamenca”. Las organizaciones de la sociedad civil deben convertirse en embajadores de la “formación de la comunidad flamenca” y aquellos que no lo hagan serán mantenidos al margen. Basta mencionar el despido de Alona Lyubayeva, oficial de diversidad flamenca, porque el mero hecho de ser demasiado crítica con la política de la Ministra de Igualdad de Oportunidades, Liesbeth Homans (N-VA).

La extrema derecha siempre odió los movimientos de emancipación que defienden la igualdad. El anticomunismo ha sido históricamente la columna vertebral de todos los movimientos de extrema derecha, desde Hitler en Alemania hasta Pinochet en Chile. Hoy sigue siendo igual, basta escuchar el discurso del presidente brasileño de extrema derecha Jair Bolsonaro, que quiere formar un Brasil “bastión contra el comunismo”. De la misma manera, la N-VA ataca al PVDA como “desperdicio residual de la historia” y las pandillas de extrema derecha como “Schild & Vrienden” se lanzan a la caza de organizaciones estudiantiles como Comac. Lo que se pudo observar en el chocante reportaje de la VRT. Marxistas, defensores de Mayo del 68 y luchadores por la igualdad, todos deben hacerse un lado por la gran “comunidad del pueblo flamenco”.

Esto también se aplica a los sindicatos. Los sindicatos combativos y críticos siempre han sido un adversario para el nacionalismo flamenco. “La huelga hace daño, el trabajo trae beneficios”, este fue, durante mucho tiempo, el eslogán del Vlaams Blok, en predecesor del Vlaams Belang. Como la N-VA. Pero ésta va un paso más allá y quiere deshacerse del papel sindical en el diálogo social. La medida para hacer que las personas trabajen hasta los 67 años, saltarse el índice de precios, la ruptura de la seguridad social, la caza a los enfermos crónicos, todas estas medidas las aprobó el gobierno con la N-VA sin una verdadera consulta social. La N-VA tiene en mente un modelo sindical completamente diferente. Les gustan los sindicatos corporativistas que se preocupan por la productividad de los empleados y que siempre tienen en mente los “intereses de la empresa” (léase: de los accionistas). No es coincidencia que Ben Weyts, ministro de la N-VA, haya hablado de concluir acuerdos con “sindicatos de empresa”.

La N-VA en la estela de Steve Bannon

Con su campaña contra el Pacto sobre Migración de la ONU, la N-VA se colocó en la posición de la extrema derecha internacional sobre la migración. No es una coincidencia o un “error de comunicación” que N-VA haya utilizado imágenes de las campañas de la extrema derecha alemana.

Pocas personas saben que la lucha contra el Pacto sobre Migración empezó con el Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Trump abandonó las negociaciones en 2017. “Está fuera de toda la lógica imaginar que la migración se pueda arreglar sin una discusión internacional”, respondió el entonces portavoz de las Naciones Unidas. Pero a la extrema derecha no le importa. Para ella, lo importante es crear una crisis migratoria cueste lo que cueste, al margen de cualquier hecho o solución.

El ex líder de campaña de Donald Trump, el multimillonario Steve Bannon, moldeó un nuevo disfraz a la extrema derecha, a la que bautizó como “Alt-right”. Bannon está organizando a la extrema derecha en Europa y quiere utilizar el Pacto sobre Migración para hacer campaña en toda Europa. Con el permiso del presidente del Parlamento flamenco, Jan Peumans (N-VA), se premitió que el Vlaams Belang organizase una reunión en el Parlamento flamenco el 8 de diciembre. Entre los invitados: Steve Bannon y la dirigente francesa de extrema derecha Marine Le Pen.

Bannon declaró estar comprometido con un “levantamiento populista de derechas en todo el continente, comenzando con las elecciones al Parlamento Europeo de la próxima primavera”. La esperanza de Bannon es que la extrema derecha gane un tercio de los escaños en el Parlamento Europeo en 2019, lo que no es imposible. Cabe destacar que la N-VA también arroja gasolina al mismo fuego y se mueve en la corriente de la campaña de Bannon contra el Pacto sobre Migración.

Herwig Lerouge / Peter Mertens