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“Queridos burgueses, perdonen las molestias, por favor, ¿podríamos vivir todos/as dignamente?”. Con estas palabras escritas en una pancarta, mezcla de ironía, protesta, ingenuidad y súplica, denunciaba un manifestante su pobreza en medio de los boatos Campos Elíseos durante la imponente manifestación de los “chalecos amarillos” el pasado 1 de diciembre. Un día en el que el descontento del pueblo francés se radicalizó frente a la brutalidad de las fuerzas policiales del gobierno ultraliberal del presidente Emmanuel Macron. Como cada sábado, y así desde el 17 de noviembre, comenzaba un nuevo acto de protestas y, desde bien temprano, París respiraba ya aires de revuelta social. Miles de “chalecos amarillos” (un movimiento transversal que se ha puesto el chaleco fosforescente de los conductores para hacerse ver) provenientes del mundo rural y urbano, y pertenecientes a diversas categorías sociales: obreros, artesanos, campesinos, profesiones liberales, etc., ocuparon la famosa avenida parisina decididos a pedir alto y fuerte la anulación del incremento de las tasas sobre los combustibles, la electricidad, el gas y otros impuestos previstos para el 1 de enero de 2019. Igualmente exigían el aumento de los salarios y del mínimo interprofesional.

Macron retrocede

De pronto, y ya cuando caía el ocaso, la tensión llegó a su cenit. Las CRS (Compañías Republicanas de Seguridad), la élite de las fuerzas policiales galas armada hasta los dientes, decidieron repeler a los manifestantes cada vez más resueltos a clamar sus reivindicaciones. En unos instantes París, y en especial los Campos Elíseos, se convirtió, como en mayo del 68, en un verdadero campo de batalla que se prolongó hasta el amanecer. Al final centenas de heridos, detenidos y apaleados; comercios saqueados; coches y edificios incendiados, y el cruel sentimiento de un poder impasible a las demandas populares. Hizo falta el anuncio del acto IVº para el 8 de diciembre para que el gobierno de Macron comenzara a retroceder. Primero por boca de su primer ministro, Édouard Philippe, y después, el miércoles 5 de diciembre, por la del propio presidente, Emmanuel Macron, anulando la tasa al carburante, decretando la congelación de las tarifas de la electricidad y el gas, suprimiendo impuestos a los jubilados que cobren menos de 2.000 euros mensuales y aumentando 100 euros el salario mínimo. Medidas consideradas insuficientes por la mayoría de los “chalecos amarillos” que siguieron exigiendo en las calles francesas el sábado 15 de diciembre, y en un Paris sitiado por más de 8.000 policías (90.000 en toda Francia), sus reivindicaciones faro: aumento del poder adquisitivo, restablecimiento del Impuesto Sobre la Fortuna (ISF), tributo que pagaban las personas con un patrimonio neto imponible superior a 1,3 millones de euros, y que suprimió Macron en 2018, y por último la organización de un Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC) para ejercer la democracia participativa frente a la gestión tecnocrática del Estado. Un Estado capitalista que, hasta el momento en que son redactadas estas líneas, permanece sordo e impertérrito a tales demandas.

Algunas consideraciones

La primera de ellas es que estamos ante un levantamiento popular al margen de los partidos políticos y los sindicatos debido a la inoperancia de estas organizaciones ante los continuos expolios perpetrados durante más de 40 años por gobiernos capitalistas de derecha y de “izquierda” contra la clase obrera y demás capas populares. Otra consideración es que, como consecuencia de la compleja composición sociológica del movimiento y de su pretendido apoliticismo, esta rebelión carece de una estructura orgánica y de una estrategia capaz de señalar al verdadero culpable de la situación en la que se halla el pueblo francés actualmente, es decir el capitalismo. Un pueblo que tras haber dado 7 muertos en esta lucha sigue reclamando lo más sustancial: comer, vestirse, curarse, educarse y participar en la gestión del país. Porque la clase trabajadora gala ha dicho ¡Basta! y ha echado a andar.

José L. Quirante