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Recibimos un menú escolar donde las raciones son distintas según el sexo. Ellas van a comer menos en el cole, y nos preguntamos si hay base científica para esa diferencia en la ingesta calórica.

Marga Sevilla. Profesora Titular de Nutrición.

La alimentación y la actividad física son claves en la Salud de las poblaciones, especialmente en el sector infantil. Los posibles desajustes (sobrepeso, sedentarismo, obesidad infantil, etc…) constituyen verdaderos problemas de salud pública. El objetivo de este artículo es transmitir a la sociedad que no está científicamente avalado establecer una diferencia o distinción en los menús escolares por sexos. Las decisiones alimentarias referidas a los menús escolares deberían ser tomadas sobre bases científicas, y no impuestas de forma arbitraria por empresas de catering, cuyos intereses son absolutamente ajenos a la salud de nuestra infancia.

Hasta la fecha no se cuenta con estudios epidemiológicos que sugieran que los patrones alimenticios infantiles (sin diferencia del sexo), sean los responsables de las diferencias epidemiológicas existentes entre hombres y mujeres adultos en materia de enfermedades crónicas no transmisibles y/o de otra índole. Por ello no existe una base científica a partir de la cual establecer estas modificaciones infantiles en función del sexo.

Si bien existen diferencias genotípicas y fenotípicas entre sexos, estas diferencias tienen su máximo en la pubertad (con la adquisición de caracteres sexuales secundarios). Por todo esto, resulta poco coherente establecer patrones alimenticios con diferencias por sexo en edades tempranas (antes de los 10 años), ya que la tasa metabólica de ambos sexos tiende a ser diferente sólo en etapas posteriores de la vida.

De establecerse un patrón alimenticio diferenciado por sexo, éste debería establecerse en edades posteriores a los 10 años y debería tener en cuenta no solo este aspecto (sexo), sino también las actividades sociales, laborales y rutinas de ejercicio del individuo. Esto, indiscutiblemente, se traduce en un abordaje alimenticio inclusivo y no únicamente en una generalización: “menos alimento a la mujer por tener mejor tasa metabólica y menos requerimientos”. Esta última aseveración es una falacia, puesto que es bien conocida la necesidad de mayor cantidad de nutrientes específicos en la mujer en las distintas etapas de su vida, por ejemplo, mayores necesidades proporcionales de hierro.

Tenemos que destacar que en España son del orden de dos millones de niños/as y adolescentes los que acuden a diario a comedores escolares, según el Instituto Nacional de Estadística, y el personal sanitario tiene una labor muy importante que realizar y que no consiste, precisamente, en hacer diferencias por sexo sino hacer ver a la sociedad que según el estudio Exernet, la mejor cohorte en estilos de vida, y según el eurobarómetro, el 65-70% de la población no hace ningún tipo de actividad física. Tenemos que pensar cómo implementar y cómo hacer para que las/os niñas/os aprendan desde la infancia que lo más importante es el binomio control de la dieta y la vida en movimiento. Entonces pensemos en patios invertidos, en implementar 10 descansos activos en el cole, en establecer un menú de precisión,…y no en perder el tiempo con una diferencia por sexos ridícula, y sirva de ejemplo que, en algunos de dichos menús, los niños varones de entre 3 y 6 años ingieren 11 gramos más de lentejas a la riojana ecológicas con hortalizas que las niñas. Dejemos de perder el tiempo en estas diferencias ridículas y encima falaces. Necesitamos una oferta alimentaria en los centros escolares que tenga como único objetivo elaborar menús que permitan prevenir problemas de salud verdaderamente epidémicos, como es la obesidad infantil. Además de cuidar que esas propuestas permitan planificar una oferta alimentaria compatible con la gastronomía próxima, y teniendo en cuenta las recomendaciones que permitan la promoción de la salud de niños/as y adolescentes.

Marga Sevilla. PROFESORA TITULAR DE NUTRICIÓN